miércoles, 6 de agosto de 2025

La Promesa de Elle.

—¿Inteligencia mejorada? Venga ya, si solo le he hecho una pregunta y se ha colgado con el cable del ratón. A ver si la siguiente es más eficaz resolviendo una simple pregunta. Protestó él, mientras le traía una nueva sintética, mostrando su enfado con la tan cacareada inteligencia mejorada.

Aquí tienes al último modelo; después de ella no tenemos más que mostrarte, recalcó el técnico.

Se acercó y observó las facciones delicadas y perfectas, aquellos ojos grises y su cabello caoba. Lo descolocado era casi idéntico a su antigua colaboradora.

—¿Qué sentido tiene la vida? —le susurró al oído.

La sintética se ruborizó levemente y lo miró con ternura. Sus ojos se clavaron en los suyos y dijo: —El color de tus ojos da sentido a mi vida.

Él quedó pensativo; aquello mismo le había susurrado su fallecida amiga.

—Buena respuesta —refirió él, mirándola a los ojos de un verde intenso como los de ella. —¡Me vale! —exclamó a los técnicos. —Te llamaré Elle —dijo, saliendo seguido de ella.

La sintética sonrió, y él sintió una mezcla de nostalgia y esperanza. Mientras se alejaba con ella, pensó en las posibilidades de esta nueva colaboración. Quizás, después de todo, la inteligencia mejorada no era solo una promesa vacía, sino una oportunidad para encontrar consuelo y nuevas respuestas en su vida.

M. D. Álvarez 

martes, 5 de agosto de 2025

El tótem.

Le costó mucho darse cuenta de que el único tesoro que tenía que importarle lo tenía al lado. Ni todas las pesquisas ni todas las indagaciones le darían una respuesta tan aplastante como la que le habían dicho por activa y por pasiva sus amigos. que no hay mejor tesoro que el que tienes al lado. 

Ella era paciente; sabía que al cabo del tiempo se daría cuenta de que siempre estaba a su lado, tanto en las duras como en las maduras. Nunca lo dejaría, ni ante el peligro y mucho menos en tiempos de paz.

Mientras el lobo corría, ella no podía evitar sentir un ligero pellizco de celos. El lobo parecía ser el centro del universo de él, y aunque lo entendía, anhelaba ser la única que capturara su atención. Decidió que era momento de mostrarle que ella también podía ser parte de su mundo salvaje.

Con un salto ágil, se unió al juego, imitando los movimientos del lobo. Se lanzó al suelo y rodó, riendo mientras atrapaba la pelota antes que él. Su risa resonó en el aire y, por un momento, la conexión entre los tres se volvió palpable. Él la miró con sorpresa y admiración.

—No sabía que podías ser tan rápida —dijo, dejando entrever una chispa de interés en su mirada.

Ella sonrió, sintiendo que había logrado captar su atención. Era el primer paso para demostrarle que no solo era su compañera en las misiones, sino también en la aventura del día a día. Con cada ladrido y cada risa compartida, se acercaban más a ese vínculo que ambos deseaban explorar.

Continuará...

M. D. Álvarez

lunes, 4 de agosto de 2025

Los precursores.

¿Qué son los precursores? La misma palabra lo dice: el que precede a alguien mejor. Pero podría ser que fuera un original con algún defecto; sería cuestión de pensárselo. 

Ahora tratamos de un precursor formidable, uno que ni siquiera podríais imaginar: el primer ser racional que pisó la faz de un joven planeta. 

Ese sería nuestro precursor. Su sabiduría alcanzaría el conocimiento completo de la creación. Le fue suministrada una compañera a la que trató como a una igual. El nombre de él sería Drolikhar y ella recibió el nombre de Leilit.

Drolikhar ostentó el cargo de regente del mundo y ella, regente del cosmos. Su sabiduría los hacía candidatos a ser los últimos precursores, ya que, si no funcionaba la creación, se extinguiría. Transcurrieron eones hasta que Drolikhar deseó a Leilit. Los dos darían origen a los shurhok, criaturas titánicas y salvajes que poblaron aquel primigenio planeta. 

Drolikhar y Leilit, en su sabiduría, comprendieron que los shurhok no solo eran seres de fuerza bruta, sino también portadores de un equilibrio vital. Con el tiempo, estos titanes aprendieron a coexistir con la naturaleza, respetando los ciclos de vida y muerte. Sin embargo, la ambición de Drolikhar creció; su deseo de crear un legado eterno lo llevó a experimentar con los shurhok, buscando dotarlos de inteligencia.

Leilit, aunque cautelosa, apoyó a su compañero en sus experimentos. Juntos, moldearon a los shurhok con características únicas: algunos eran guardianes del bosque, otros maestros del agua. Sin embargo, la intervención de Drolikhar alteró el equilibrio cósmico y comenzó a gestarse una sombra en el horizonte. Las criaturas que habían sido concebidas para proteger el mundo ahora se volvían impredecibles. Así, los precursores se enfrentaron a su mayor desafío: restaurar el equilibrio antes de que todo lo que habían creado se desmoronara.

Utilizaron el poder ancestral para restaurar el orden de las cosas. Todo lo que nace, muere y se transforma; fue lo único que Drolikhar llevaba grabado a fuego en su magno brazo cuando posó sus áureos pies en el planeta aún virgen. 

Así que los precursores dejaron que los shurhok evolucionaran por sí mismos y sé que algunos diréis que evolucionamos de los shurhok. 

Os daré una mala noticia: esto es tan solo ficción; nada de lo aquí relatado tiene visos de realidad, o quizás yo sea la última y genuina precursora.

M. D.  Álvarez 

domingo, 3 de agosto de 2025

El Cantar de los cantares.

La observaba dormir inquieta; sus ojos se movían de un lado a otro, como buscando algo. Rozó suavemente su cabello para tranquilizarla y susurró dulces palabras para calmar sus sueños. Las pesadillas desaparecían en cuanto lo escuchaba murmurar los más bellos versos de amor, del Cantar de los cantares.

Ella se relajó lentamente, su respiración volviéndose más tranquila con cada palabra que él susurraba. Los versos del Cantar de los Cantares fluían como un río de ternura, envolviéndola en un manto de paz. 

"Mi amado es mío, y yo soy suya," murmuró él, acariciando su mejilla con delicadeza. "Como el lirio entre los espinos, así es mi amada entre las doncellas."

Ella sonrió en sueños, sus labios formando un susurro inaudible, como si respondiera a sus palabras. La noche avanzaba, y con cada verso, las sombras de sus pesadillas se desvanecían, dejando solo la luz suave del amor que compartían.

El siempre diluiria las pesadillas con dulces versos de amor.. A medida que la noche avanzaba, el susurro de los versos se convirtió en una melodía suave que llenaba la habitación. La luna, alta en el cielo, derramaba su luz plateada a través de la ventana, bañando a la pareja en un resplandor etéreo.

Ella despertó lentamente, sus ojos encontrando los de él. "¿Estabas aquí todo el tiempo?" preguntó con una voz suave y adormilada.

"Siempre," respondió él, con una sonrisa que reflejaba todo el amor que sentía. "No hay lugar en el mundo donde prefiera estar."

Ella se incorporó, apoyándose en su pecho, y juntos contemplaron la noche estrellada. "Cuéntame más," pidió ella, deseando que la magia de sus palabras nunca terminara.

Él tomó su mano y comenzó a narrar historias de tiempos antiguos, de amores que superaron todas las adversidades. Cada palabra era un hilo de oro que tejía un tapiz de sueños y esperanzas, envolviéndolos en un abrazo cálido y reconfortante.

"Nuestro amor es como las estrellas," dijo él finalmente. "Brilla más intensamente en la oscuridad y guía nuestro camino, sin importar cuán lejos estemos." En ese instante la luna arrojó un brillo etéreo en sus rostros mientras él continuaba su relato. Ella escuchó cautivada y sus preocupaciones se desvanecieron con cada palabra. La habitación se llenó del suave aroma de lavanda, un aroma reconfortante que siempre la había calmado. "Tus ojos", susurró, trazando la delicada curva de su mejilla, "brillan como las estrellas de la mañana. Contienen el universo dentro de ellos, y estoy perdido en sus profundidades". Ella sonrió, su corazón se hinchó de afecto. "Y tú", respondió ella, "eres mi estrella polar, que me guía a través de las noches más oscuras". 

Ella sonrió , sintiendo que cada palabra era una promesa de amor eterno. Y así, bajo el manto de la noche estrellada, sus corazones laten juntos, encontrando la paz y el consuelo de un amor puro y limpio que compartían entre los dos.

A medida que la noche se hizo más profunda, cayeron en un sueño pacífico, con sus cuerpos entrelazados. El Cantar de los Cantares había tejido una vez más un tapiz de sueños, un santuario donde el amor era eterno y el miedo desconocido.*


M. D. Álvarez 

sábado, 2 de agosto de 2025

El águila y la conejita.

Etéreo y sin cuerpo, no podía avanzar al siguiente plano. La amaba y no quería dejarla; su amor en un mundo cruel y despiadado les impedía amarse. Él fue un águila majestuosa y ella era la criatura más dulce y tierna, una linda conejita. Los dos fueron criados juntos.

 La coneja dio calor al huevo que un cazador había encontrado en un nido abandonado. La coneja repartió el calor con sus gazapos y, cuando el cascarón se abrió, el cazador alimentó al polluelo mientras la coneja amamantaba a sus gazapos. 

Cuando terminaba de alimentar al polluelo, lo dejaba con la coneja, que lo acercaba a su barriguita para darle calor. Los demás gazapos lo empujaban y trataban de expulsarlo, solo que la más chiquitina le cedía su sitio. Pero el tierno polluelo la arrimaba con mimo y él se acurrucaba cerquita de ella. 

Cuando crecieron, él se convirtió en una espectacular águila, pero era dócil con su madre de adopción y con la pequeña conejita. Los días de calor asfixiante extendían sus majestuosas alas y proporcionaban sombra a sus amiguitos.

¿Recordáis que os dije que era etéreo y sin cuerpo? Os diré lo que pasó. Mientras protegía a sus amiguitos, no se percató de que un rastrero zorro vigilaba a su tierna conejita. Cuando se lanzó a por ella, el águila se interpuso en su camino, peleó valientemente y clavó sus férreas garras sobre el lomo del zorro, que se revolvió y la atacó, mordiendo su grueso cuello. Pero el águila no aflojó sus garras, muriendo por proteger a su dulce conejita. 

Ella se acurrucó al lado de su férreo amigo hasta que el cazador volvió y, al ver al águila muerta y a la conejita acurrucada a su lado, pensó para sí que la naturaleza del amor es inexplicable.

M. D. Álvarez 

viernes, 1 de agosto de 2025

El totem. 2da parte.

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. El lobo, aún jadeando por la carrera, se tumbó junto a ellos, su pelaje brillando bajo la luz cálida del atardecer. Ella se sentó a su lado, acariciando suavemente su lomo, mientras él los observaba en silencio, como si por primera vez viera con claridad lo que siempre había estado frente a él.

—Siempre estás ahí —murmuró él, más para sí que para ella—. Incluso cuando yo no lo estoy.

Ella no respondió. No hacía falta. Su mirada lo decía todo: paciencia, cariño, y una firme determinación de permanecer. El lobo levantó la cabeza y la apoyó en su regazo, como si también entendiera que aquel momento era más que un simple juego.

Él se inclinó hacia ella, con una sonrisa que no necesitaba palabras.

—¿Sabes? Creo que he estado buscando respuestas en lugares equivocados —dijo, con una sinceridad que la hizo contener el aliento—. Y tú... tú siempre has sido la única constante.

Ella sintió que su corazón latía con fuerza, no por la emoción del juego, sino por la certeza de que, finalmente, él comenzaba a entender.

—Entonces deja de buscar —respondió ella, acariciándole la mejilla—. Porque ya lo has encontrado.

El lobo ladró suavemente, como si aprobara la declaración. Y mientras el sol se ocultaba tras las colinas, los tres permanecieron juntos, sabiendo que el verdadero tesoro no era algo que se pudiera encontrar, sino alguien que nunca se había ido.

M. D. Álvarez 


Entre la esperanza y el desespero.

Tenía la cita apuntada en el calendario; Angie lo acompañaría para ver los resultados del último tratamiento. Había estado entrando y saliendo del hospital durante cuatro meses. 

William no notaba mejoría, pero la veía tan esperanzada que no dijo nada. No quería que se preocupara, aunque estaba seguro de que lo oía levantarse e ir al baño a vomitar. Le había prohibido levantarse en su estado; no le convenían los sustos, y estaba vomitando sangre.

Al día siguiente, el rostro del médico lo decía todo: no había mejoría, mi cuerpo se debilitaba cada día más. Angie se desesperó; lo necesitaba ahora que estaba en camino un bebé. Sabía la ilusión que le hacía, así que optamos por un tratamiento drástico.

El doctor le hizo firmar un montón de legajos que no comprendía, pero por ella estaba dispuesto a cruzar el infierno si fuera necesario.

M. D.  Álvarez