sábado, 2 de agosto de 2025

El águila y la conejita.

Etéreo y sin cuerpo, no podía avanzar al siguiente plano. La amaba y no quería dejarla; su amor en un mundo cruel y despiadado les impedía amarse. Él fue un águila majestuosa y ella era la criatura más dulce y tierna, una linda conejita. Los dos fueron criados juntos.

 La coneja dio calor al huevo que un cazador había encontrado en un nido abandonado. La coneja repartió el calor con sus gazapos y, cuando el cascarón se abrió, el cazador alimentó al polluelo mientras la coneja amamantaba a sus gazapos. 

Cuando terminaba de alimentar al polluelo, lo dejaba con la coneja, que lo acercaba a su barriguita para darle calor. Los demás gazapos lo empujaban y trataban de expulsarlo, solo que la más chiquitina le cedía su sitio. Pero el tierno polluelo la arrimaba con mimo y él se acurrucaba cerquita de ella. 

Cuando crecieron, él se convirtió en una espectacular águila, pero era dócil con su madre de adopción y con la pequeña conejita. Los días de calor asfixiante extendían sus majestuosas alas y proporcionaban sombra a sus amiguitos.

¿Recordáis que os dije que era etéreo y sin cuerpo? Os diré lo que pasó. Mientras protegía a sus amiguitos, no se percató de que un rastrero zorro vigilaba a su tierna conejita. Cuando se lanzó a por ella, el águila se interpuso en su camino, peleó valientemente y clavó sus férreas garras sobre el lomo del zorro, que se revolvió y la atacó, mordiendo su grueso cuello. Pero el águila no aflojó sus garras, muriendo por proteger a su dulce conejita. 

Ella se acurrucó al lado de su férreo amigo hasta que el cazador volvió y, al ver al águila muerta y a la conejita acurrucada a su lado, pensó para sí que la naturaleza del amor es inexplicable.

M. D. Álvarez 

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