Ava no las tenía todas consigo; lo amaba y aquel accidente lo dejó en estado de coma. No estaba segura de que la oyera.
Él seguía perdido en un lugar oscuro y aquel pitido lo intranquilizaba hasta que oyó su voz tranquilizadora. Era como si su voz lo calmara. Escuchó atentamente y se dio cuenta de que le estaba leyendo el libro que él le regaló, una lectura hermosa y florida que su voz meliflua deslizaba a sus oídos y penetraba en su subconsciente.
Ella se percató de que había movido la mano y se lo comentó al doctor, que raudo observó que las pupilas estaban reactivas; estaba saliendo de su estado de profunda inconsciencia.
M. D. Álvarez
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