Ella se relajó lentamente, su respiración volviéndose más tranquila con cada palabra que él susurraba. Los versos del Cantar de los Cantares fluían como un río de ternura, envolviéndola en un manto de paz.
"Mi amado es mío, y yo soy suya," murmuró él, acariciando su mejilla con delicadeza. "Como el lirio entre los espinos, así es mi amada entre las doncellas."
Ella sonrió en sueños, sus labios formando un susurro inaudible, como si respondiera a sus palabras. La noche avanzaba, y con cada verso, las sombras de sus pesadillas se desvanecían, dejando solo la luz suave del amor que compartían.
El siempre diluiria las pesadillas con dulces versos de amor.. A medida que la noche avanzaba, el susurro de los versos se convirtió en una melodía suave que llenaba la habitación. La luna, alta en el cielo, derramaba su luz plateada a través de la ventana, bañando a la pareja en un resplandor etéreo.
Ella despertó lentamente, sus ojos encontrando los de él. "¿Estabas aquí todo el tiempo?" preguntó con una voz suave y adormilada.
"Siempre," respondió él, con una sonrisa que reflejaba todo el amor que sentía. "No hay lugar en el mundo donde prefiera estar."
Ella se incorporó, apoyándose en su pecho, y juntos contemplaron la noche estrellada. "Cuéntame más," pidió ella, deseando que la magia de sus palabras nunca terminara.
Él tomó su mano y comenzó a narrar historias de tiempos antiguos, de amores que superaron todas las adversidades. Cada palabra era un hilo de oro que tejía un tapiz de sueños y esperanzas, envolviéndolos en un abrazo cálido y reconfortante.
"Nuestro amor es como las estrellas," dijo él finalmente. "Brilla más intensamente en la oscuridad y guía nuestro camino, sin importar cuán lejos estemos." En ese instante la luna arrojó un brillo etéreo en sus rostros mientras él continuaba su relato. Ella escuchó cautivada y sus preocupaciones se desvanecieron con cada palabra. La habitación se llenó del suave aroma de lavanda, un aroma reconfortante que siempre la había calmado. "Tus ojos", susurró, trazando la delicada curva de su mejilla, "brillan como las estrellas de la mañana. Contienen el universo dentro de ellos, y estoy perdido en sus profundidades". Ella sonrió, su corazón se hinchó de afecto. "Y tú", respondió ella, "eres mi estrella polar, que me guía a través de las noches más oscuras".
Ella sonrió , sintiendo que cada palabra era una promesa de amor eterno. Y así, bajo el manto de la noche estrellada, sus corazones laten juntos, encontrando la paz y el consuelo de un amor puro y limpio que compartían entre los dos.
A medida que la noche se hizo más profunda, cayeron en un sueño pacífico, con sus cuerpos entrelazados. El Cantar de los Cantares había tejido una vez más un tapiz de sueños, un santuario donde el amor era eterno y el miedo desconocido.*
M. D. Álvarez
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