Lo sacaron de su área de confort, donde él se sentía cómodo. Ahora se sentía vulnerable y desprotegido; su naturaleza impasible lo convertía en un ser visiblemente imponente y espectacular.
Él era patrimonio de la ciudad que protegía y no podía permitir que nada dañara su hogar. Así que se armó de valor e hizo de tripas corazón al enfrentarse con la amenaza que pendía sobre la ciudad.
Con cada paso que daba, el eco de su determinación resonaba en las calles vacías. Recordaba los rostros de quienes amaba y la historia que compartían. La amenaza se acercaba, pero su espíritu ardía con fuerza. No solo luchaba por la ciudad, sino por el futuro de todos.
M. D. Álvarez
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