El río era caudaloso y ruidoso en su desembocadura; no parecía el manso manantial del que, con trémula calidez, iba mandando un reguerito de suaves hilillos de prístinas aguas. Su nacimiento fue fruto del amor del gran dios tonante y de la brava hija del señor de aquellos lugares.
La descubrió cazando en los bosques sagrados; sabía las consecuencias de tal acción: debía ser castigada, pero él no podía dejar de amarla e ideó cómo saltarse el castigo.
Yació con ella y le susurró unas suaves y dulces palabras que, en aquel justo momento, la transformaron en un precioso manantial de aguas cantatinas.
Cada vez que deseaba estar con ella, descendía sobre el dulce manantial y recitaba las más bellas canciones que la traían de nuevo ante él.
M. D. Álvarez
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