martes, 22 de septiembre de 2026

​La espada por el alma

Se arrodilló ante aquella mole y alzó sobre su cabeza la espada Tsurugi, con la que había derrotado a miradas de enemigos, pero ahora tocaba rendirla ante la posibilidad de perder al amor de su vida. Su orgullo y devoción por ella lo obligaban.

No sería un verdadero caballero si permitía que la dañaran.

​La bestia, una criatura de piedra y musgo con ojos de ámbar, extendió una mano del tamaño de un carruaje. El caballero, sin dudarlo, colocó la Tsurugi, la hoja más afilada de todo el reino, en la palma de la criatura. El metal resplandeciente contrastaba con la piel áspera de la mole. Un susurro grave, más una vibración que un sonido, emergió del pecho del gigante:

—Acepto tu ofrenda, joven mortal. El camino hacia tu amada está ante ti —dijo el gigante, echándose a un lado. 

El caballero se alzó y continuó su viaje sin mirar atrás. Al final de su camino se encontraba su amada, su alma.

El sendero terminaba en una pequeña laguna ovalada de plata líquida, un espejo olvidado por la luna sobre el regazo de la tierra. Sus aguas no son transparentes, sino un sueño mercurial, donde el cielo se viste de metal y las nubes se ahogan en azogue. 

Y al otro lado, su dulce diosa, por la que había rendido su fiel Tsurugi, corrió hacia ella, que permanecía inmóvil sobre la mullida tierra. Se arrodilló a su lado, se inclinó y la besó con dulzura. Ella abrió sus verdes ojos y, al verlo a su lado, sonrió y se abrazó a él.

M. D. Álvarez 

Despedida y nuevos comienzos.

—Adiós, mamá, adiós —se despidió desde el porche antes de coger la Triumph para dirigirse a la universidad.

—No se te olvide nada —dijo su madre con una gran sonrisa.

El joven subió corriendo los escalones, abrazó y besó a su dulce madre, que le había preparado un delicioso almuerzo.

—Hasta la tarde, mamá —salió corriendo; tenía que recoger a su chico y dirigirse a la universidad.

Tardó cinco minutos en llegar a su casa. Allí lo esperaba, sentado en el balancín. Se subió a la moto y salieron disparados. Las clases transcurrieron tranquilas; entre medio se comían a besos, con calma.

M. D. Álvarez 

lunes, 21 de septiembre de 2026

​A dos minutos del Infierno.

—No tengo visual del objetivo, susurró al micrófono de su reloj que lo comunica con ella. —Aguanta, llego en dos minutos —dijo, levantándose de su situación.  

Cuando llegó, lo que vio lo horrorizó: la tenían colgada de las muñecas y la golpeaban con puños americanos.

—Eh, vosotros, ¿por qué no os metéis con uno de vuestro tamaño? —gritó furioso.

Los individuos se giraron y sonrieron. Uno de ellos, el más grande, se dirigió hacia él, mientras el otro seguía castigando el hígado de ella. Cuando aquel mastodonte llegó hasta él, levantó el brazo con el puño cerrado, pero cuando quiso golpearlo, él ya había desenfundado su kukri y le había cortado el brazo.

El gigante dio tal alarido que el segundo individuo se giró sin tiempo a percatarse de que él ya estaba a su altura, propinándole un tajo que le cercenó la cabeza.

Después, descolgó con cuidado la cabeza y la depositó en el suelo, y comprobó sus constantes vitales; estaba inconsciente. Utilizó una ampolla de flumazenil que la despabiló al instante.

—Tranquila, tranquila, soy yo. Estás a salvo —dijo él con calma.
Continuará...

M. D. Álvarez 

En galeras

Aquella inmensa galera se proveía de presos de todas partes, así que siempre coincidían enemigos ancestrales que debían lidiar con sus egos para no matarse entre ellos.

Los bancos más solicitados eran los últimos, pues los temas eran los menos gastados. Los presos más fuertes eran encadenados a las traviesas y hacían turnos de 8 horas diarias, con una comida casi siempre fría. Había un preso destacado por su envergadura y musculatura; seguramente él solo podría mover semejante embarcación. Pero si lo ponían junto a alguno de los muchos enemigos que tenía, nada lo detenía, hasta que los despanzurraba. No quedaba contento, así que lo tenían aislado en la bodega; tan solo lo sacaban cuando era estrictamente necesario, y eso era de tanto en tanto. Aquel enorme preso permanecía cabizbajo; echaba de menos a su dulce amor.

Un buen día, la gran galera arribó a un puerto que él conocía. En aquel puerto fue donde lo condenaron a servir en la galera. La trampilla se abrió.

—¡Eh, tú, sube! —oyó cómo el contramaestre lo llamaba.

El gigante subió de un salto, a pesar de las cadenas.

Uno de los grumetes se acercó con una llave, se agachó y soltó los grilletes de los pies y, después, los de las manos.

—Eres libre —dijo el capitán.

Ni corto ni perezoso, saltó por la borda y corrió alegremente hacia su granja, en la que se encontraba su amada recogiendo heno. Ella levantó la cabeza y lo vio aparecer corriendo por el campo de espigas de trigo. Hecho a correr para abrazarlo y besarlo, llevaba tiempo esperando su llegada.

—Mi vida, siento haberte dejado sola —dijo él, cogiéndola en brazos.

—No importa, mi amor, ya estás aquí —respondió ella con mimo.

Ya nunca más se separaron; cuidaron el uno del otro, el trabajo, sus tierras y ella lo cuidó con deleite.

M. D. Álvarez 

domingo, 20 de septiembre de 2026

Su arrullo.

¿Os ha pasado alguna vez que no podéis mantener los ojos abiertos por mucho que lo intentéis? A mí sí, me pasa siempre. Parece que no puedo estar despierto. Me he convertido en un adicto a la cafeína, sin la cual no puedo permanecer despierto.

Lo preocupante es que, si no me tomo mi dosis diaria de cafeína, me podría quedar dormido en cualquier lugar, incluso de pie. Recuerdo una noche en que ella se sintió romántica y, en pleno acto, me dormí con la consiguiente bronca al despertar.

Es una batalla perdida contra el sueño, que siempre, siempre, gana. Ella aún no me lo perdona, pero ¿cómo explicarle que su arrullo era más poderoso que cualquier estímulo?

M. D. Álvarez 

​La herida oculta:

Nadie lo diría, pero en su interior rugía una rabia extrema e irrefrenable. Ella la percibió oculta en la maleza.

—No te ocultes, siento tu presencia a varias millas. Sé que tienes un dolor y frustración inenarrables. Si me dejas, te puedo ayudar —dijo la joven por la que él sentía una devoción extrema.

Sus increíbles ojos azules la observaban todas las mañanas; velaba por ella. Su furia era inherente; con ella debía evitar a toda costa mostrar su lado salvaje.

—Anda, ven, que no te haré ningún daño —dijo ella, levantando la mano a modo de invitación. Él salió de la floresta; era un cachorrito de lobo gris. —Eres una ricura —dijo, agachándose y rascándose la cabezota. Él sintió por primera vez el calor de sus manos. Ella lo alzó y lo acurrucó sobre su pecho—.  “Estás helado. Ven, que te voy a calentar.” Se dirigió hacia su cabaña y lo depositó en una canastilla con una cálida manta se dirigió a la chimenea y la encendió.

—Sabes, a pesar de tu corta edad, tienes un gran dolor, furia y frustración —dijo ella, poniendo un cuenco de leche tibia frente a la canastilla.

El cachorrito la observaba como si comprendiera lo que ella decía; por primera vez, estaba en paz.

M. D. Álvarez 

sábado, 19 de septiembre de 2026

La pala de playa. 2da parte.

"¿Tú... tú eres Marcus?", repitió ella, la voz apenas un susurro, mientras sus dedos rozaban la melena suave y densa del licántropo. 

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no de miedo, sino de una extraña fascinación. Él cerró los ojos un instante, saboreando el contacto, antes de abrirlos de nuevo y mirarla con una intensidad que casi le cortó la respiración. Sus grandes ojos azules, profundos como el cielo azul, la observaban con una mezcla de reconocimiento y algo más, algo primitivo y protector.

—Sí, -volvió a ronronear, y el sonido vibró en el aire, haciéndole sentir la potencia latente bajo su piel. —Soy Marcus. ¿Por qué la sorpresa, Capitana Angie?

Ella dio un respingo al escuchar su nombre, no solo por la revelación de que él la conocía y por su rango, sino por el tono, que era extrañamente… familiar. Como si siempre hubieran compartido ese secreto, esa cercanía. Retiró la mano de su pecho, sintiendo el calor que persistía en sus dedos. 

—No esperaba... esto, -admitió, señalando su imponente figura. —Mi informe decía que el soldado Marcus era un hombre. Un soldado común.

Él ladeó la cabeza, una acción que en su forma humana sería casual, pero en el licántropo tenía una gracia fiera.

 —¿Y qué es un 'soldado común', Capitana? ¿Acaso no soy capaz de cumplir mis órdenes? La zanja está excavada, ¿no es así?

Sus ojos se deslizaron hacia la inmensa trinchera que se extendía detrás de ellos, un testimonio monumental de su fuerza.

Angie se giró para contemplar la obra, sus ojos recorriendo los novecientos metros de longitud y los diez de profundidad perfectamente delineados. Era impecable, un trabajo que habría tardado semanas con un equipo de hombres y maquinaria pesada, y él lo había hecho en un periquete, como bien había dicho. Era imposible negar la evidencia.

Se volvió hacia él de nuevo, la curiosidad superando cualquier atisbo de miedo o prejuicio. —Es... impresionante, Marcus. Pero, ¿por qué no lo dijiste? ¿Por qué la pala de juguete? ¿Por qué la farsa?

Un gruñido bajo escapó de su garganta, una risa grave y resonante. —Órdenes, -dijo simplemente. —Cavar una zanja con la pala asignada. No especificaron si podía usar mis propias 'herramientas'. Sus zarpas se extendieron brevemente, sus garras reluciendo al sol antes de retraerse. —Y la pala... fue un toque de teatro. Una pequeña venganza por la absurda orden.

Angie no pudo evitar una pequeña sonrisa. Empezaba a ver al hombre detrás de la bestia, al Marcus que conocía, con su sarcasmo y su peculiar sentido del humor. 

—"¿Y ahora qué, Marcus?", preguntó, acercándose un paso más, aunque la diferencia de tamaño era abismal. "¿Vas a transformarte de nuevo? ¿Puedes controlarlo?".

—Cada día me resulta más fácil controlarlo —dijo, retornando a su estado humano.  Recogió la mochila que tenía al pie de un gran árbol y se vistió con el uniforme de faena.

M. D.  Álvarez