lunes, 30 de junio de 2025

La galleta. (R.E.C.)

—Vuela, príncipe, vuela —gritó el chiquillo,  lanzando su galleta Príncipe de Bequelar. La galleta voló en un ángulo de 30° efectuando una curva parabólica, pero fue interceptada por un cachorro de lobo que dio un gran salto y atrapó la galleta, devorándola. 

Tras el cachorro de lobo apareció una preciosa niñita que, con sus regordetas manitas, agarró al adorable lobito. El niño, sorprendido, se acercó con cuidado. 

—No muerde —dijo la chiquilla—. Es mi amigo —dijo, acariciando la mullida cabecita del lobito, que, con los restos de la galleta, se deshacía en lametones hacia su dueña. 

—Puedo —dijo el niño, ofreciéndole otra galleta.

M. D. Álvarez 

domingo, 29 de junio de 2025

En lo más profundo de la jungla.

En lo más profundo de aquella gigantesca selva habitaba una extraña criatura que convivía en simbiosis con la naturaleza. Era su guardián; la selva lo respetaba y cuidaba de él. El lugar donde dormía era un pequeño cubil para la gran envergadura que él tenía, pero para dormir calentito, con todo su hermoso pelo, era más que suficiente. 

Un día, él observó a unos exploradores; había uno que le llamó poderosamente la atención por su larga cabellera de pelo rojo. Lo observó con detenimiento, acercándose sin ser visto y oliendo su cabello sin que ella se diera cuenta. Cogía algunas de sus cosas sin que se percataran. Percibió el disgusto de ella al notar que faltaba un pequeño artefacto circular que él se había llevado el día anterior. Al percibir su tristeza, cogió una de sus más hermosas flores cultivadas en el corazón mismo de su selva. Ella se sorprendió al ver aquella maravillosa flor en su mochila; era un tipo de flor que nunca había visto. Se quedó despierta para saber quién le había dejado aquella hermosa flor. Cuando lo vio surgir de la floresta, no daba crédito a sus ojos: era un adorable hombre lobo con el pelaje más maravilloso que ella había visto. 

Se incorporó cuando él se agachaba para dejarle otro presente. Al verse descubierto, quiso huir, pero ella lo agarró de su garra. "No tengas tanta prisa", dijo ella en un susurro; no quería que su equipo lo viera. Ya conocía a la corporación para la que trabajaba: si descubría algo extraordinario, lo cogía y lo destruía para quedarse con lo que merecía la pena.

Por eso, cuando lo vio, su interés científico dejó de ser necesario y lo llevó fuera del perímetro.

—Si te quedas aquí, te descubrirán y no te gustará lo que te harán —le dijo.  —Como si me entendieras — se dijo para sí.  

Pero él pareció entenderla y la invitó a seguirlo. A cada paso que daba la selva parecía recobrar su energía 

M. D. Álvarez 

Excursión.

Manuel decidió saltarse la merienda cuando iba de exploración al bosque que había al lado de su casa, siempre seguido de su mejor amiguita, que lo acompañaba como un perrillo. Ella no tenía hermanos mayores y él se sentía responsable de ella. Por eso, cuando salía de excursión, iba a buscarla a su casa; la encontraba fuera, sentada en las escaleras. Su cara, que era un poema, cambiaba por completo en cuanto lo veía.

Entraba corriendo en casa y gritaba: "¡Mamá, papá! Me voy con Manuel de excursión", y los dos dejaban de discutir y se asomaban al porche a despedir a su pequeña.

M. D. Álvarez 

sábado, 28 de junio de 2025

El amor y el trabajo en el campo.

Con el sudor de su frente, siguió arengando a su pobre caballo para que tirara con más brío de aquel pesado arado y así surcar los mansos prados que esperaban ser hoyados por el majestuoso arado que, como guadaña, iba abriendo en la tierra cortantes surcos donde su áureo portador plantaba las frágiles semillas, hasta que su noble montura se topó con una magna roca. 

Él, sudoroso, se dirigió hacia la gran roca que impedía arar tan bellos y adorables campos y, con un pico que alzó con sus fuertes brazos, golpeó sin piedad la gran roca. Mientras ella lo observaba desde la casa, su amor por ella lograba dejar atrás su honorabilidad y gallardía; solo era tierno y cortés con ella, mientras que para el resto era hosco y temerario.

La vio asomarse al porche y, al llamarlo, él se encaminó con paso lento en dirección al pozo, donde se refrescó y se dirigió a su casa, donde ella lo esperaba con la mesa puesta. Él la cogió por la cintura y la besó dulcemente en el cuello. Mientras separaba la silla de la mesa, la sentó con ternura y se encargó de cuidar de ella. Él cogía el perolo del fuego y le servía con delicadeza un cucharón del más exquisito estofado que ella le había cocinado. Después, se sirvió él, sentándose a la mesa. Disfrutaron de una comida llena de sonrisas y gestos cómplices.

M. D. Álvarez 

viernes, 27 de junio de 2025

El rugido del Shihur.

Sus osamentas adornaban su madriguera, pero aquel bravo Shihur lo perseguía. Se había llevado a su adorada; sabía que seguía con vida, pues los de su calaña no mataban, solo herían para, después, al morir sus presas, despojarlas de su carne y vísceras, y lucir sus gáciles osamentas. 

Mal sabía aquel despiadado Gharuhon que había atrapado a la favorita de aquel joven y gallardo Shihur, que lo seguía de cerca. Su madriguera, llena de huesos, no lo amedrentarían; localizaría a su dueña y daría muerte al desalmado Gharuhon. 

Se sorprendió al ver que la Shihur había desaparecido; aún estando herida, no habría llegado lejos. Nada sabía del joven y aguerrido Shihur; cuando la encontró, no supo lo que le caía encima: el salvaje ataque que ejecutó la joven criatura para defender a su hembra fue brutal y despiadado. 

Daría un ejemplo con los demás Gharuhons: nadie toca a su amada y adorada hembra. Tras despedazarlo, lanzó un rugido salvaje de reafirmación. 

Después, la cogió con cariño en brazos y se la llevó a su guarida, donde la cubrió de besos y atenciones; ella siempre fue su prioridad.

M. D. Álvarez 

jueves, 26 de junio de 2025

Justicia salvaje.

Los pillaron retozando dulce y acarameladamente en plena pradera, donde pensaban que la hierba cubría sus cuerpos. Él la besaba con ternura desmedida, mientras ella lo cubría de caricias e insinuaba sus deseos a su semental, que dócilmente la acariciaba con deseo. 

Los encontraron en plena faena los cazadores, con lividinosos y lascivos deseos. Los separaron y dejaron inconsciente con una piedra al joven aguerrido, que se debatía por proteger a su compañera, dejando mal parados a siete de los veinte cazadores que terminaron de desfogarse con ella de las formas más salvajes. 

Cuando terminaron, los dejaron tirados. Ella, malamente, se arrastró hacia donde permanecía inconsciente su amado, lo besó con dulzura y cubrió la brecha de su cabeza. Cuando él recuperó el conocimiento, se avergonzó por no haber logrado defenderla de aquellos salvajes. 

Ella lo retuvo; sabía que su sangre ardía de furia, los encontraría a cada uno y les haría pagar los abusos a los que habían sometido a su novia. Pero lo principal era llevarla al hospital. 

La cogió en brazos y la llevó hasta donde habían dejado su vehículo. Ella estaba preocupada por su herida, que no dejaba de sangrar. Una vez en el hospital, los médicos la atendieron y a él le cosieron la herida. Cuando estuvieron en la habitación, ella le pidió que se quedara, que no quería estar sola.  

Él permaneció a su lado hasta que se durmió. Lo que tenía que hacer no debía saberlo, pues la conocía y sabía que no aprobaría tal acción.  

Volvió al lugar del crimen y buscó pruebas. Logró encontrar varios indicios de al menos 10 individuos, los rastreó y los castró a todos por haber forzado a su compañera. Faltaban otros 10, pero debía volver antes de que ella se despertara. Los localizaría, de eso estaba seguro; les haría pagar a todos. Nadie se atrevía a tocar a su reina e irse de rositas.

Al día siguiente, ella despertó con una sensación de vacío y dolor, pero también con una determinación férrea. Sabía que su amado no descansaría hasta hacer justicia, pero temía por su seguridad. Decidió que no podía quedarse de brazos cruzados.

Mientras él seguía su rastro, ella comenzó a investigar por su cuenta, utilizando sus contactos y habilidades para localizar a los otros diez agresores. Descubrió que se escondían en una cabaña abandonada en las afueras del pueblo.

Se encontraron en el lugar del crimen, ambos sorprendidos de ver al otro. Él, con una mezcla de orgullo y preocupación, le pidió que se marchara, pero ella se negó. Juntos, planearon su siguiente movimiento.

Con astucia y precisión, lograron infiltrarse en la cabaña y enfrentaron a los agresores. La lucha fue feroz, pero su amor y determinación les dieron la fuerza necesaria para vencer. Al final, lograron acabar con los otros diez violadores. La venganza había sido saciada tanto por él como por ella.

Sabían que el camino hacia la sanación sería largo, pero estaban decididos a recorrerlo juntos. Su amor, más fuerte que nunca, les daría la fuerza para superar cualquier obstáculo.

M. D.  Álvarez 

miércoles, 25 de junio de 2025

El Intrépido.

El temple mostrado desde pequeño le acarreó la fama de arrojado y valeroso. Donde los demás salían corriendo, él plantaba cara y no se arredraba ante nadie, ni por grandes y fuertes que fueran; él no se achantaba. Es más, parecía crecerse ante las adversidades y, por eso, su equipo lo llamaba el Intrépido. 

Sabiendo que con él en su equipo no habría nadie capaz de hacerles frente, venció a todos los enemigos de su mundo, lleno de habitantes que coreaban su nombre. Con cada golpe que él recibía, lo devolvía centuplicado. Incluso cuando todos pensaban que todo estaba perdido, él sacaba fuerzas suficientes como para desviar un monstruoso asteroide que los alienígenas habían lanzado contra su mundo. Ahí casi lo perdieron; si no hubiera sido por ella, ahora estaría muerto. Lo llamó y habló con él por medio del intercomunicador.

—No te escucha, está muerto —trataron de decirle.  

La mirada fue suficiente; siguió susurrando palabras de aliento.

—Sé que me oyes. Tú eres el Intrépido, no nos puedes abandonar. No me puedes abandonar, te necesito, susurró suavemente.

—Te oigo, —dijo entrecortado. —No os voy a dejar, ni al mundo ni a ti. Hace falta más que un descomunal asteroide para deshacerse de mí,— respondió con mesura

El Intrépido sintió que la energía que le había dado su compañera recorría su cuerpo. En ese momento, el peso del mundo parecía menos abrumador, y su determinación se renovó. Sabía que tenía que regresar, no solo por él, sino por todos los que contaban con su valentía.

A medida que se acercaba al asteroide, el caos reinaba a su alrededor. Los alienígenas habían comenzado a celebrar su aparente victoria, pero él no permitiría que eso sucediera. Con cada pulso de su corazón, recordaba las palabras de aliento de ella. La imagen de su rostro iluminado por la esperanza le dio fuerzas.

—Voy a demostrarles lo que significa ser el Intrépido —murmuró para sí mismo.

Con un giro audaz, se lanzó hacia el asteroide. El aire vibraba a su alrededor mientras la gravedad lo abrazaba. En un instante crítico, recordó las técnicas que había perfeccionado en años de batalla. Con un grito de guerra que resonó en todo el planeta, desvió su trayectoria justo a tiempo.

El impacto fue monumental. El asteroide se fragmentó en mil pedazos, como si estuviera hecho de cristal. Los alienígenas quedaron atónitos, sus celebraciones silenciadas por la sorpresa y el miedo. Pero él no se detuvo ahí; sabía que debía acabar con la amenaza de una vez por todas.

Mientras los fragmentos del asteroide caían como meteoritos en el espacio, él se dirigió hacia la nave madre alienígena. La furia acumulada dentro de él era imparable. Su equipo observó desde lejos, conteniendo la respiración al ver cómo su líder se enfrentaba a lo imposible.

—¡Intrépido! —gritó uno de sus compañeros a través del intercomunicador—. ¡Ten cuidado! 

Pero él solo sonrió ante la advertencia. No iba a dejarse amedrentar por nada ni nadie. Con una determinación feroz y un corazón lleno de coraje, atravesó las defensas de la nave enemiga.

Dentro de la nave madre, los alienígenas estaban en pánico. El Intrépido avanzaba con pasos firmes, desarmando a sus oponentes con movimientos precisos y decididos. Cada golpe era una respuesta a los ataques pasados y cada victoria personal un homenaje a aquellos que creían en él.

De repente, en medio del combate, escuchó una voz familiar resonar en su mente: 

—Recuerda quién eres. Lucha por nosotros.

Era ella nuevamente, infundiéndole valor en cada palabra. En ese instante comprendió: no solo luchaba por sí mismo ni por su mundo; luchaba por el amor que lo sostenía y lo hacía más fuerte.

Finalmente llegó al núcleo de la nave enemiga, donde los líderes alienígenas estaban reunidos. Con un grito desafiante y lleno de resolución, levantó su arma y se preparó para dar el golpe final.

—¡Por mi mundo! ¡Por ella! —exclamó, sabiendo que esta batalla no solo definiría su destino sino también el futuro de todos los que amaba.

M. D. Álvarez