Los cuatro eran muy buenos amigos; todos hubieran recibido una bala por ella, pero solo uno de ellos era su favorito, con el que dormía todas las noches. Y fue precisamente él quien se interpuso en el camino de aquella fatídica bala. Habían abierto fuego contra ella, que tan solo pasaba por allí. Los antidisturbios la cercaron e impidieron que llegara la ayuda. Ella no conseguía llegar hasta él; no lograba verlo y se abrió paso a empujones hasta donde él estaba tendido, inconsciente. Nadie le taponaba el orificio de entrada. Ella lo sujetó, hizo un ovillo con su chaqueta y presionó. Por suerte, la bala aún estaba dentro. Llamó a los otros dos amigos, que acudieron sorprendidos.
—Este siempre metiéndose en líos —dijo uno jocosamente.
Al punto, ella lo fulminó con la mirada, diciendo:
—Si no vas a ayudar, mejor te largas.
—Llama a una ambulancia —le dijo al otro.
En menos de diez minutos, la ambulancia lo trasladó a un hospital. Ella fue con él, dejando a sus otros dos amigos con cara de "a ver qué ha pasado aquí".
M. D. Álvarez
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