Todas las noches, ella acudía a su habitación, donde él se acurrucaba encogido a su lado. Mientras ella acariciaba su largo cabello negro, susurraba dulces palabras que adormecían su dolor. Era la única forma en que lograba conciliar el sueño, aunque los sueños no eran todo lo tranquilos que ella hubiera deseado; sus ojos no paraban de moverse. Despertándose empapado en sudor, ella permanecía a su lado, velando y susurrándole palabras de amor.
Ella no conocía las graves lesiones que le habían causado, pero lo amaba sin fisuras. No le preguntó; sabía que él le contaría todo cuando estuviera preparado.
Lo amaba no solo como compañero sino como amante todas las noches acariciaba sus cicatrices por lo menos las visibles o las que estaban a la vista.
La habitación estaba impregnada de un aroma a incienso y madera antigua. Las velas parpadeaban en los rincones, proyectando sombras danzantes sobre las paredes. Ella se sentó junto a él en la cama, sus dedos trazando suavemente las líneas de las cicatrices. Cada marca contaba una historia de valentía y supervivencia.
Él finalmente rompió el silencio. "Fui un soldado en la guerra", susurró. "Luché por una causa que creía justa, pero la crueldad del conflicto me dejó marcado de por vida". Sus ojos se encontraron con los de ella, buscando comprensión.
Ella asintió, sin juzgarlo. "No necesitas decir más", respondió. "Estoy aquí para sanarte, para amarte a través de tus heridas". Sus labios se encontraron en un beso cargado de pasión y ternura.
Así, en la penumbra de aquella habitación, dos almas heridas encontraron consuelo y amor. Juntos, enfrentarían el pasado y construirían un futuro donde las cicatrices no fueran un recordatorio de dolor, sino un testimonio de su fuerza y conexión indestructible.
M. D. Álvarez
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