domingo, 12 de enero de 2025

La última base.

Aquel escueto pedazo de papel era lo único que le quedaba de él. Lo encontró sobre la almohada, no se atrevió a leerlo, pues sabía lo que decía: habían discutido. Él quería que dejara de poner su vida en riesgo; él no podía permitir que la dañaran y desapareció. 

Él siempre regresaba. Ella esperó y esperó hasta que un día alguien llamó a su puerta. Era un hombre joven con una barba bien poblada y un gorro azul, pero aquellos ojos los hubiera reconocido en cualquier momento y lugar. Había regresado; traía un petate y su corte de pelo le dejó claro dónde había estado: las fuerzas especiales. Le acarició la cabeza rapada, casi al cero.

—Ya crecerá —dijo él.

Rozó suavemente su barba; era suave.

—Si quieres, me afeito —dijo él con media sonrisa.

—No hace falta —dijo, cogiéndole de la mano y atrayéndolo hacia ella. Lo besó cálidamente y entraron en la casa.

Él comenzó a decir que no podía permitir que... Le detuvo con un gesto; había oído las noticias: la última base enemiga había sido destruida por un grupo de élite. Ya no tendría que ponerse en peligro ni ella ni su comando..

El hombre se sentó en el sofá, aún con el petate a su lado. Miró a su alrededor, como si estuviera redescubriendo la casa. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas, pintando rayas doradas en el suelo de madera. Ella se sentó junto a él, sin soltar su mano.

—¿Cómo ha sido? —preguntó ella, temiendo la respuesta.

Él suspiró y miró al suelo. Las palabras parecían pesarle en los labios.

—Difícil —dijo al fin—. Pero necesario. Hemos logrado cosas increíbles, pero también hemos perdido a algunos buenos hombres. No puedo prometerte que todo esté bien ahora, pero al menos... al menos no tienes que preocuparte por mí en el frente.

Ella asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Había pasado tantas noches sin dormir, imaginando lo peor. Ahora, finalmente, podía respirar un poco más tranquila.

—Te he echado de menos —confesó ella—. Cada día.

Él la atrajo hacia sí y la besó con una pasión contenida. Sus labios se encontraron como si quisieran borrar todo el tiempo perdido. El petate quedó olvidado en el suelo mientras se abrazaban con fuerza.

—No volveré a irme —susurró él contra su cabello—. No si tú no quieres.

Ella sonrió y le acarició la mejilla.

—No pienso dejarte escapar otra vez.

Y así, en la penumbra de la casa, se reencontraron dos almas que habían estado separadas por la guerra. El papel arrugado seguía sobre la almohada, pero ahora ya no importaba. Lo único que importaba era el presente, el calor de sus cuerpos y la promesa de un futuro juntos.

M. D. Álvarez 

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