Ella era una princesa y él era un vulgar guardián que no creía merecer la suerte de haberla conocido. Un vulgar vasallo no debía ni acercarse a la preciosa princesa y, mucho menos, posar sus ojos en ella. Aunque se le hacía duro no mirarla, la adoraba y obligaba a quien osara dirigirse a ella sin su permiso a rendirle pleitesía.
Un buen día, mientras ella se bañaba en un hermoso lago, ella le llamó y le pidió que se metiera en el agua, pues era un día sofocante.
Él dudó un instante, su corazón latía con fuerza. ¿Cómo podía él, un simple guardián, acercarse a su princesa? Pero sus ojos se encontraron con los de ella, llenos de una confianza que lo desconcertó. Con un suspiro, se quitó la armadura y se sumergió en el agua. El lago era cristalino, y mientras nadaba hacia ella, pudo apreciar su belleza aún más de cerca.
Al llegar a su lado, la princesa lo miró con una sonrisa enigmática. "Sabes", dijo ella, "hay algo especial en este lago. Dicen que quien se bañe en él con alguien a quien ama, vivirá una vida eterna juntos".
Su corazón se aceleró. ¿Era posible? ¿Podría él, un simple mortal, ser digno de tal amor? En ese momento, una niebla comenzó a envolverlos, y una voz misteriosa resonó en sus oídos: "Pero cuidado, el amor eterno tiene un precio".
Al disiparse la niebla, se encontraron en un bosque oscuro y tenebroso. Las estrellas habían desaparecido, y la luna estaba oculta tras nubes negras. Un viento frío susurraba entre los árboles, llevando consigo un lamento ancestral.
"Así que han decidido desafiar las leyes de la naturaleza —dijo con una sonrisa burlona el extraño encapuchado—. "Muy bien. Pero recuerden, el amor eterno tiene un precio, y ese precio es la vida", sentenció el misterioso personaje con aviesa sonrisa.
M. D. Álvarez.
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