Un día, no la vio y se preocupó. Fue en su busca; su territorio era muy amplio y no la hallaba. Su incertidumbre iba en aumento. Descubrió un gran lobo negro merodeando por el territorio de ella; algo le había pasado. Nunca hubiera permitido que aquel lobo solitario se colara tan campante por su territorio. La encontró tendida al borde de un riachuelo, con contusiones y zarpazos.
La acompañó a un terreno más alto y fue en busca de aquel gran lobo negro. Lo halló en las inmediaciones de una lobera; su lomo se erizó y su espada se arqueó, dándole la apariencia más grande y aterradora.
El lobo negro pareció no darse cuenta de su presencia hasta que oyó su gruñido. Se volvió y pareció sorprendido de que aquel lobo joven le hiciera frente. No se arredró y cargó contra el joven lobo, el cual lo esquivó de un salto, haciendo que el lobo negro perdiera el equilibrio. El joven aprovechó para lanzar un gran mordisco a la nuca de su contrincante, zarandeándolo. Le rompió el cuello y le llevó el trofeo a su amada, que, preocupada por él, salió a buscarlo.
Cuando lo vio llegar arrastrando el cadáver de aquel lobo negro, se dio cuenta de que aquel joven lobo la amaba. Corrió hasta él y lo lamió con dulzura y pasión; sería el adecuado para engendrar su camada.
M. D. Álvarez
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