Parecía estar volviéndose loco; no lograba conciliar el sueño. Sus pensamientos alocados lo llevaban a lugares aterradores y dantescos. Solo el cariño y el amor de su esposa lo traían de nuevo a sus amorosos brazos, donde él se cobijaba temeroso y tembloroso.
Ella lo mecía con cariño y amor; temía que en alguno de aquellos encuentros con las sombras no pudiera regresar a ella. Aquella experiencia lo había traumatizado de forma aterradora, pero él era el único al que obedecían las sombras cuando escapaban a la luz.
La criatura a la que debía someter debió de ser aberrante, y la lucha tuvo que ser extenuante e intensa, dejándole a él terriblemente agotado y consumido.
Ella percibió la pérdida de peso de su marido; por mucho que lo animara a comer, él apenas probaba bocado y se iba debilitando cada vez más.
—Mi amor, debes comer; si sigues así, no lograrás volver del siguiente encuentro con las sombras —le apremió ella, con lágrimas en los ojos.
Él se obligó a comer; sabía que si no lograba fortalecerse, no podría volver junto a su bella esposa.
M. D. Álvarez
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