Ella no pudo resistirse; si él hubiera estado con ella, nada le habría pasado, porque él los habría destrozado con solo una mirada aviesa que le hubieran dedicado a ella. Ahora huía de él; no sabía que él nunca le reprocharía nada, tan solo quería cuidar de ella.
Un día, mientras ella dormía, él le trajo las cabezas de aquellos que la habían mancillado como ofrenda de amor y se retiró a una distancia prudencial. Ella se despertó y observó sus ofrendas, y las aceptó; orinó sobre sus cabezas, un gesto que le agradó a él.
Lo vio y lo invitó a compartir su lecho. Él, mansamente, la tomó con delicadeza y mesura; la llevó con mimo y destreza a un éxtasis, haciendo que ella se contorsionara lujuriosamente sobre él, que dócilmente lograba satisfacerla plenamente. Quedaron los dos profundamente satisfechos y dormidos entrelazados.
M. D. Álvarez
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