sábado, 31 de enero de 2026

Resolviendo los desacuerdos en el cuarto oscuro.

Encerrados en aquel cuarto oscuro, jugueteaba con la jugosa boca de su novia. Sus deseos eran cada vez más ardientes; los habían encerrado para que limaran asperezas. Mientras la pasión ganaba intensidad, recordaron por qué habían sido encerrados en aquel cuarto: debían hablar de lo que les molestaba del uno y del otro.

"Sabes lo que me molesta de ti", dijo ella, rompiendo el hielo. "Que no te defiendas cuando se meten contigo", añadió con delicadeza..

"Y lo que me molesta a mí es que no soporto que los demás devoren con la mirada tus voluptuosas formas", refirió él con cierto resquemor.

Ella lamentaba que su novio se muriera de celos por las miradas lascivas de los amigotes.

Él le explicó por qué no se defendía contra los abusones. Le dijo que en cierta ocasión vio cómo se metían con un niño pequeño y se interpuso entre aquel niño y los gamberros. Creyeron que podían amedrentarlo, pero, debido a la paliza que les dio, los mandó al hospital. Desde aquel día, no volvió a utilizar la violencia. 

Ella escuchó con atención la explicación y comprendió cuán tierno era con ella, y se propuso matar de celos a los que se hacían llamar amigos de él. 

Dulcemente se aproximó con suavidad hacia él y, con su jugosa boca, se lo comió a besos mientras él se dejaba querer.

M. D. Álvarez 

viernes, 30 de enero de 2026

El hijo de Atenea. 2da parte.

Mientras se alejaba del mausoleo, el corazón del joven latía con fuerza. Las palabras de su madre resonaban en su mente, llenándolo de esperanza y determinación. Era el momento de descubrir quién era realmente y qué significaba llevar la sangre de una diosa.

Los días pasaron y, aunque aún sentía la presión del mundo que lo rodeaba, comenzó a experimentar atisbos de su poder. A veces, cuando se concentraba lo suficiente, podía sentir cómo su mirada podía influir en las criaturas que lo rodeaban. Un día, mientras paseaba por el bosque, un grupo de ciervos se acercó a él con curiosidad, como si reconocieran en él algo divino. Con solo un parpadeo, pudo calmar sus corazones asustados y hacer que se acercaran sin temor.

Sin embargo, no todo era paz. En las sombras, fuerzas oscuras comenzaban a moverse. Los rumores sobre un joven con ojos que podían detener a las fieras habían llegado a oídos equivocados. Una antigua secta que adoraba a seres oscuros estaba decidida a capturarlo para usar su poder en sus propios rituales.

Una noche, mientras se encontraba con la joven de ojos verdes en un claro iluminado por la luna, sintió una presencia inusual. El aire se volvió denso y frío, y un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Sientes eso? —preguntó ella, mirando alrededor con preocupación.

—Sí —respondió él—. Algo no está bien.

De repente, surgieron figuras encapuchadas de entre los árboles. Sus ojos brillaban con una luz siniestra y sus murmullos resonaban como ecos lejanos.

—El hijo de Atenea ha llegado —dijo uno de ellos, su voz grave cargada de desdén—. Venimos por ti.

El joven sintió cómo su sangre hervía al escuchar esas palabras. No solo debía protegerse a sí mismo; también debía proteger a la joven que había entrado en su vida y había despertado en él sentimientos profundos.

—Debemos irnos —dijo él, tomando la mano de ella y preparándose para correr.

Pero antes de que pudieran moverse, los encapuchados levantaron sus manos y comenzaron a murmurar encantamientos oscuros. La tierra tembló ligeramente bajo sus pies y sombras comenzaron a arremolinarse alrededor del joven.

En ese instante, recordó las palabras de Atenea: "Tu valor será ensalzado por los sabios". Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y dejó que el fulgor dentro de él emergiera. Cuando los abrió nuevamente, sus ojos garzos brillaban intensamente como faros en la oscuridad. 

Un estallido de energía pura radiaba desde su ser, empujando las sombras hacia atrás y haciendo temblar a los encapuchados. La luz era tan intensa que iluminó el bosque como si fuera día. Los encapuchados retrocedieron aterrorizados.

—¡Regresen! —gritó el líder—. ¡No podemos enfrentarlo!

Aprovechando la confusión, el joven tomó la mano de la chica y corrieron juntos hacia el bosque profundo, sintiendo cómo la energía aún chisporroteaba en su interior.

—¿Qué fue eso? —preguntó ella mientras corrían.

—No lo sé —respondió él—. Pero ahora sé que tengo un poder dentro de mí que no puedo ignorar.

Al llegar a un claro más seguro, se detuvieron para recuperar el aliento. El joven miró a la chica a los ojos y vio la admiración reflejada en ellos.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella con voz suave.

—Debemos encontrar respuestas sobre mis poderes y quiénes son esos encapuchados —dijo él con determinación—. Y tal vez sea hora de buscar a mi madre nuevamente... pero no solo para pedirle perdón; también para pedirle ayuda.

La noche era oscura pero llena de promesas inciertas. Con un nuevo propósito en su corazón y una compañera a su lado dispuesta a afrontar lo desconocido, se adentraron en el bosque en busca del destino que les aguardaba.

M. D. Álvarez 

jueves, 29 de enero de 2026

El hijo de Atenea.

Desde muy pequeño, no lo tenían en consideración. Quizás su aspecto angelical, con sus dulces ojos azules y su cabellera llena de bucles, hacía que no supieran qué pensar de él. No creían que tras aquellos ojos azules ardía un fulgor tan abrasador que, si lo hubieran descubierto, tal vez su vida habría sido más tranquila y amorosa. A medida que se fue haciendo mayor, su apariencia no cambió mucho; solo su cuerpo se hizo más musculoso y robusto. Su rostro seguía siendo angelical, pero su mirada continuaba teniendo un fuego irresistible.

Un buen día conoció a una preciosa joven de ojos verdes y pelo rizado que descubrió su gran poder al mirarlo fijamente a los ojos.

—¿No te han dicho que es de mala educación mirar tan fijamente a los ojos? —refirió él con aquella sonrisa tan angelical.

—Sabes que tus ojos encierran un secreto —dijo ella con aquella mirada que hechizaba.

Él no podía dejar de mirarlos, como si se perdiera en ellos..

—Eres capaz de detener una manada de fieras hienas con tan solo posar tus garzos ojos sobre ellas —dijo ella, retirando momentáneamente su mirada de él.

Él sintió como si algo se desbloqueara en su mente; sus ojos los había heredado de su madre. Hacía tiempo que no pensaba en ella; debía ir a visitar su tumba. Al día siguiente, se dirigió al mausoleo de su familia, presidido por la efigie de su adorada madre.

Desde tiempos remotos, los dioses se apareaban con mortales; solo una deidad permaneció casta y pura: la venerada diosa de la guerra y la sabiduría, la muy noble Atenea. En el transcurso de los siglos, batalló y peleó ferreamente, sin necesidad de sentir los deseos de ser madre. Pero hubo un día en que algo en su interior la hizo detenerse y escuchar la naturaleza. Se quedó pensativa y observó las poblaciones que habían ido creciendo a pasos agigantados y dejando de venerar a las deidades. Fue entonces cuando algo en su áurea cabeza comenzó a preocuparla: debía escoger si seguir siendo la diosa guerrera, sin tacha y sin hijos, o debía plegarse a las circunstancias de que un día dejaría de existir sin ningún legado.
Buscó por todos los rincones un padre sin igual para concebir un hijo sin tacha. Ninguno de los dioses le parecía adecuado, y ningún mortal sería lo suficientemente fuerte como para engendrar un semidiós.. Así que siguió buscando entre las criaturas de la noche, y he aquí que, bajo un claro de luna, un aterciopelado licántropo se le apareció. Su pelaje era dorado como el oro y sus intensos ojos verdes se asemejaban a las verdes praderas de su amado Olimpo.  
"¡Tú serás mi reproductor!", dijo ella para sí.

Bien entrada la noche, ella hizo brotar una dulce niebla que sumió en un cálido sueño al joven licántropo. Mientras él dormía, ella yacía y amaba con visible pasión a la hermosa criatura de la noche. Nueve meses después nació un ser entre divino y sombrío que encerraba en sus rasgos angelicales un gran poder.

Su divina madre le ocultó su naturaleza divina y oscura por muy buenas razones; debía labrarse un gran porvenir sin hacer uso de sus dones. Pero ante la efigie de su augusta madre, se arrodilló y pidió perdón por no haber sido un buen hijo.

La divina diosa oyó el llanto de su amado hijo y se presentó cual efigie viviente, y le apaciguó diciendo: "Tú jamás serás un mal hijo; eres mi amado retoño, del cual me vanaglorio y me siento orgullosa. Tu porte es semejante al de tu padre y tus preciosos ojos garzos encierran todo el saber de la humanidad. Siempre estaré a tu lado, hijo mío; tu valor será ensalzado por los sabios y tu destino será más grande que todos los dioses juntos. Ahora ve y sé feliz; un día llegará el momento de tu gran despertar."

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 28 de enero de 2026

Triple hélice.

Aquella muestra que le tomaron fue su perdición. Cuando la analizaron, descubrieron que su código genético tenía triple hélice, lo que le confería un gran potencial: era más fuerte, más ágil y más inteligente que el resto de la humanidad. Lo llamaron por teléfono y lo citaron en la consulta del especialista para darle los resultados del análisis.

Al día siguiente, se presentó en la consulta, donde el especialista le dijo que era un sujeto muy interesante para un estudio en el que cada día los sujetos de estudio son sometidos a pruebas de ingeniería genética. Era un nuevo sistema de experimentación que estaba muy bien pagado, le refirió el especialista con cara de ansiedad; parecía querer meter mano a su ADN.

Él le dijo que se lo pensaría y ya le daría una respuesta, y salió con viento fresco, esperando que no lo siguieran. El especialista llamó al grupo de contención para que lo retuvieran, pero para cuando llegó el grupo, él ya había desaparecido. Tocaba mudarse de ciudad, y si te despistas de planeta, quizás ya era hora de volver a su planeta natal, donde nadie ponía en duda su origen.

M. D. Álvarez 

martes, 27 de enero de 2026

Desde las alturas 2da parte.

La pelirroja lo miró con ojos curiosos, intentando descifrar las intenciones del joven licántropo. 

—¿Vigilas a las personas? —preguntó, incrédula—. ¿Eres un guardián o algo así?

El joven lobo sonrió con una mezcla de orgullo y misterio.

—En cierta forma, sí. Mi deber es proteger a los que no pueden defenderse. Hay muchas cosas en este barrio que pueden ser peligrosas al caer la noche.

Ella asintió, sintiendo una extraña combinación de miedo y admiración por él.

—No sabía que había seres como tú por aquí —dijo, su voz temblando ligeramente—. Pensé que solo eran leyendas.

—Las leyendas tienen algo de verdad —respondió él, con un tono suave—. La gente suele olvidar que hay más en el mundo de lo que se ve a simple vista.

Decidieron caminar juntos por las calles poco iluminadas, la pelirroja sintiéndose más segura con la presencia del joven lobo a su lado. Mientras avanzaban, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida en las alturas.

—¿Qué es lo que ves desde allí arriba? —preguntó ella con curiosidad genuina.

—Todo —respondió él—. Las luces de la ciudad brillan como estrellas caídas y los secretos de la noche se revelan en cada rincón. A veces, me siento solo, pero también hay belleza en esa soledad.

La pelirroja se sintió atraída por su forma de ver el mundo. 

—Me encantaría ver eso algún día —dijo ella, soñadora—. Escapar de esta rutina y ver las cosas desde otra perspectiva.

El joven lobo se detuvo y la miró fijamente, como si estuviera considerando algo importante.

—Si quieres, puedo llevarte a mi base algún día —ofreció él—. Desde allí arriba, todo se ve diferente. Prometo que te sentirás libre.

Ella sonrió ante la idea, pero al mismo tiempo sentía un pequeño temor ante lo desconocido.

—Me encantaría… pero tengo miedo —confesó—. No sé si estoy lista para dejar atrás lo familiar.

Él se acercó un poco más, su mirada llena de comprensión.

—Lo entiendo. A veces, dar el primer paso es lo más difícil. Pero recuerda, no tienes que hacerlo sola. Estoy aquí para ayudarte.

La pelirroja sintió cómo su corazón latía con fuerza ante sus palabras. Había algo reconfortante en la promesa del joven lobo: una posibilidad de aventura y descubrimiento que nunca había imaginado antes.

Mientras continuaban su camino bajo el manto estrellado del cielo nocturno, ella supo que estaba empezando a escribir un nuevo capítulo en su vida; uno lleno de misterios y tal vez incluso magia.

M. D. Álvarez 

lunes, 26 de enero de 2026

Promes en las profundidades. 2da parte.

​Ella asintió con la mirada empañada por las lágrimas, confiando ciegamente en el hombre que acababa de desafiar a la muerte una decena de veces. Se colocó la boquilla del regulador y, tras una última bocanada de aire compartido, ambos se sumergieron en el caos de metal y sombras en que se había convertido el pasillo principal.
El barco lanzó un quejido metálico aterrador; la estructura cedía bajo la presión del océano. La succión empezaba a ser violenta. Él la sujetó con fuerza de la cintura, usando su brazo libre para impulsarse contra las paredes que ahora estaban en posición vertical. No quedaba tiempo para seguir el camino convencional; debían atravesar el salón de baile, cuyo techo de cristal era ahora la única frontera entre ellos y la libertad.

​Bajo el agua, el silencio era absoluto, roto solo por las burbujas rítmicas de ella y el latido ensordecedor en las sienes de él. Sus pulmones ardían. El frío calaba hasta los huesos, ralentizando sus movimientos, pero la visión de la silueta de su prometida, iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba desde la superficie, le daba la fuerza necesaria para seguir braceando.
​Justo cuando alcanzaron el gran ventanal, un mamparo estalló a pocos metros, lanzando una corriente de agua turbia que los desorientó. Él la aferró con más fuerza, negándose a soltarla. Con un último esfuerzo sobrehumano, utilizó una pesada silla de bronce que flotaba a la deriva para golpear el cristal. Al tercer impacto, el vidrio estalló.
​El flujo los expulsó hacia el exterior como si fueran parte de una exhalación del propio gigante de acero.
Salieron a la superficie jadeando, rodeados de una oscuridad salpicada por los restos del naufragio. A lo lejos, las pequeñas luces de los botes salvavidas parpadeaban como estrellas caídas. El crucero terminó de hundirse con un rugido sordo, dejando tras de sí un remolino que los zarandeó, pero ambos se mantuvieron unidos, flotando sobre un resto de madera del mobiliario.

​—Te dije que volvería —susurró él, con la voz quebrada por el cansancio y el frío, mientras la estrechaba contra su pecho.

Ella, aún temblando, solo pudo responder apretando su mano. No necesitaban palabras; el horizonte empezaba a teñirse de un rosa pálido, anunciando un nuevo amanecer para ambos.

M. D. Álvarez

domingo, 25 de enero de 2026

Promesas en las profundidades.

Tenía que pensar rápido si quería salvarlos a todos. Dentro de aquel crucero se encontraban al menos 50 personas, entre las que estaba su prometida. Habían sido alcanzados por un torpedo y no había suficientes botes salvavidas, pero él fue distribuyendo a las mujeres y niños en los cuatro botes que habían quedado. Vio con estupor cómo ella no subía al bote, cediendo el sitio a una dulce ancianita. Izó los botes a pulso y los arrojó con mucho esfuerzo, pero cuando estuvieron los cuatro botes en la mar, les dijo que se alejaran si no querían ser succionados por el barco cuando se hundiera.

Llevo al resto del pasaje a la proa, ya que allí quedaría más aire según se fuera hundiendo el barco.

"Espérame aquí", le dijo a ella. "Volveré a buscarte", y se zambulló en las gélidas aguas. Volvió al cabo de 15 minutos; traía una serie de bombonas de buceo y las fue sacando una a una. Él buceaba a pulmón mientras los pasajeros se servían de las bombonas. Ya solo faltaba ella; se volvió a sumergir y la encontró aterrorizada. 

"Tranquila, te dije que me esperaras y ya estoy contigo. Ahora coge el respirador y sígueme, te llevaré sana y salva ahí afuera."

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 24 de enero de 2026

Suprema bondad..

La calma llegaba a raudales, en ondas constantes que ella le otorgaba. En cada beso imprimía una calma inusitada, justo lo que él necesitaba para calmar su visible estado de frustración. No había llegado a tiempo y su furia se desató con todo aquel que le salía al paso. Por eso, sus amigos no se atrevían a cruzarse en su camino si no querían ser fulminados sin mediar palabra.

Ella conocía sus estados de ánimo y, con solo verlo, supo que no podría controlarlo con dulces palabras. Por eso, se acercó con cautela y lo besó plácidamente, con toda la calma del mundo. Con cada beso, ella notaba cómo se iba calmando, hasta que se arrodilló ante ella, abrazado a su vientre. Ella sonrió dulcemente, sintiendo que la frustración de él se iba disipando. Con un gesto delicado, acarició su cabello; lo quería con sus defectos y virtudes.  

—¿Qué sucede, mi vida? —preguntó con un susurro. Él levantó la mirada, todavía perdida en las sombras, pero el mero hecho de verla a ella terminó de disipar sus dudas.  

—No lo sé —dijo en un hilo de voz. No logro contener mi furia; con cada provocación, pierdo más y más mi naturaleza bondadosa, dando paso a una furia indómita.  

—Mi amor, debes recordar lo especial que eres para mí; yo siempre te ayudaré a retornar a tu estado de suprema bondad —respondió con suma dulzura.

M. D. Álvarez 

viernes, 23 de enero de 2026

La cadete.

Sus dotes de paciencia se estaban agotando con aquel grupo de cadetes; no había ninguno que se salvara, bueno, ninguno. No había una joven cadete de familia militar que ponía todo su empeño en acatar las órdenes. La llamó a parte y la informó de que entraba a formar parte de una selección de jóvenes cadetes. Ella saludó marcialmente y se situó tras él.

Él se dirigió al resto de cadetes, que no habían dado ni una. Su rostro serio y enojado los hizo temerse lo peor.  
—Caballeros, he de deciros que no pasáis a la siguiente prueba; seréis carne de cañón —refirió enojado—. Tan solo la cadete Angie logró lo que ninguno de ustedes ha sabido cumplir. Reticente.

—Cadete Angie, acompáñame; le voy a presentar a sus nuevos compañeros —refirió él, comandante del nuevo grupo Punta de Lanza.

Ella sentía admiración por su superior; él no había mostrado preferencias, los había tratado a todos por igual y la había escogido entre los cadetes más preparados. Debió de ver algo en ella que la distinguiera de todos los demás..

Adelante, pasa. A ver, cadetes, os presento a la última integrante del grupo. Sed unos caballeros, que os conozco. Rugió desde la entrada un grupo de diez cadetes de variopintas nacionalidades se cuadraron al oírlo entrar.

Uno de los primeros reclutados la miró de arriba a abajo y esbozó una leve sonrisa que su superior vio. 

—¿Qué le parece tan gracioso, cadete? —rugió a dos centímetros de su cara. 

—Nada, mi comandante, solo que es una mujer. 

—Ya puedes borrar esa sonrisa de tu cara si no quieres que te la borre yo. Ahí donde la ves, esto va también para vosotros: es la mejor cadete que he visto, incluso mejor que ustedes. Así que trátala con la consideración debida, y al que ponga en duda su valía, que venga si se atreve a decírmelo a mí. ¿Queda claro? —rugió, furibundo. 

El resto de cadetes respondió al unísono: —Sí, mi comandante.

Aquella versión de su comandante y líder no la habían visto jamás. Su ferocidad y dedicación al nuevo grupo de aspirantes a formar parte de la élite de soldados iba más allá de lo que se esperaba de él, pero tenía buenos motivos para moldearlos a su gusto. No así, era el mejor entre los mejores.

M. D. Álvarez 

jueves, 22 de enero de 2026

El lobo y la pantera.

Aquella ciclo génesis era un mundo de posibilidades, por lo menos para los de su especie, seres terrenales pero fantásticos. Los mitad lobo y mitad hombre se dedicaban a cazar y correr por los prados; los mitad tigres y mitad hombres cazaban en la jungla, a pesar de los fuertes vientos. 

Os voy a contar una extraña historia entre un hombre lobo y una mujer pantera. Él, bajo lluvias torrenciales, se divertía corriendo y brincando por la estepa y riscos escarpados. Era feliz corriendo en solitario; siempre conservaba su parte humana al respetar la naturaleza y sus criaturas. Su nobleza como lobo lo llevaba a cazar a las criaturas enfermas y, muy de vez en cuando, rezaba a otras criaturas de mayor envergadura, solo para medirse. 

Un buen día, mientras corría feliz, un olor le llegó desde las selvas del sur: un olor a almizcle que lo atraía. Varió la dirección de su carrera y descendió a la gran selva esmeralda. 

Era un territorio virgen para él; debía andar con cuidado, no conocía qué criaturas poblaban aquel lugar, pero el aroma lo atraía con verdadera satisfacción. De pronto, se paró en seco; había visto dos ojos verdes entre la maraña de lianas. El perfume venía de allí. 

Se acercó con cautela y descubrió a una hermosa mujer pantera que lo miraba curiosa, escrutándole como tanteando si tenía posibilidades bajo aquel aguacero torrencial y los vientos huracanados, sopesando la posibilidad de que aquel ser del norte fuera capaz de vencer a los hombres leopardo y hombres tigre para unirse a ella en aquella vorágine de elementos.

M. D  Álvarez 

miércoles, 21 de enero de 2026

Bajo los hielos de Europa. 2da parte.

Mientras se abrazaban, el bullicio de la base Edward se desvanecía a su alrededor. Todo lo que él podía sentir era la calidez de su presencia, un refugio en medio de la frialdad del vasto espacio. Sin embargo, la alegría del regreso pronto se vio ensombrecida por una inquietud palpable.

—¿Qué encontraste allá abajo? —preguntó ella, separándose un poco para mirarlo a los ojos, buscando respuestas en su expresión.

Él dudó por un momento, recordando las maravillas que había visto y las sombras que también había sentido en las profundidades. Sabía que debía ser cuidadoso con sus palabras.

—Encontré cosas increíbles, pero… —su voz se volvió seria—. No todo es lo que parece. Hay más vida de la que imaginábamos, pero también hay algo más… algo desconocido.

Ella frunció el ceño, su preocupación creciendo. 

—¿Desconocido? ¿Te sentiste en peligro?

Él tomó aire y asintió lentamente. 

—Había una presencia extraña. No era hostil, pero tampoco parecía amistosa. Las criaturas que vi eran hermosas, pero había algo en las profundidades que me observaba… como si estuviera siendo estudiado también.

El rostro de ella palideció un poco al escuchar sus palabras. La idea de que no estaban solos en ese océano helado era inquietante.

—¿Y qué haremos ahora? —preguntó ella con determinación.

Él sonrió débilmente, admirando su valentía. 

—Debemos investigar más. No podemos quedarnos con solo lo que vi; hay demasiadas preguntas sin respuesta. Y necesito tu ayuda.

Ella levantó la barbilla, decidida.

—Siempre estaré a tu lado. Desde la guardería hasta aquí, siempre he creído en ti y en tus sueños. Juntos podemos descubrir qué hay debajo de esos hielos.

Así fue como decidieron formar un nuevo equipo; ella se convertiría en su científica asistente y exploradora personal. Comenzaron a planear su próxima misión: equipar una nueva expedición para descender nuevamente a las aguas de Europa, esta vez con tecnología avanzada y un equipo preparado para enfrentar cualquier eventualidad.

A medida que pasaban los días preparando el viaje, él sentía cómo crecía su conexión con ella. Cada risa compartida y cada mirada cómplice reforzaban un vínculo que iba más allá de la amistad; era una promesa de aventura mutua y descubrimiento.

Finalmente, llegaron al día del lanzamiento. Mientras abordaban la nave, él tomó su mano y le dijo:

—No importa lo que encontremos allá abajo, sé que juntos podemos enfrentar cualquier cosa.

Ella apretó su mano con fuerza y sonrió, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo.

—Entonces vamos a descubrirlo. Por Europa y más allá.

Con los motores rugiendo a su alrededor y la inmensidad del espacio frente a ellos, se lanzaron hacia lo desconocido, listos para enfrentar los secretos ocultos bajo el hielo de Europa y explorar no solo las profundidades del océano, sino también los misterios de su propia relación.

M. D. Álvarez 

martes, 20 de enero de 2026

Bajo el hielo de Europa.

Lo recibieron con vítores y alaracas; había logrado regresar de una de las expediciones más peligrosas del mundo: su expedición a una de las lunas de Júpiter, Europa. 

Sus posibilidades eran inmensas; bajo su superficie helada había todo un océano de oportunidades. Él era el único astronauta cualificado para realizar las prospecciones necesarias para descubrir si Europa estaba habitada bajo los hielos. 

Su naturaleza de híbrido le confería unas aptitudes necesarias para zambullirse en las heladas aguas de la blanca Europa. Sus ojos azules tenían la suficiente sensibilidad como para adaptarse a las oscuras aguas. 

Se sumergió en las aguas primordiales de Europa; su denso pelaje lo protegía del frío y su capacidad pulmonar le permitía aguantar la respiración hasta un máximo de una hora. 

Las profundidades tenían una extraña luminiscencia que le permitió observar criaturas hermosas que lo miraban con curiosidad. Una de aquellas dulces criaturas se aproximó hasta casi rozarle, y no esquivó el encuentro. Nadaba a la par de aquella preciosa criatura que lo observaba con cuidado; era como si lo estudiase. Lo acompañó hasta los límites de su reino de agua. Lo vio salir de un salto y sacudirse como un perro para librarse del exceso de agua. Subió a su nave y envió un informe de los hallazgos bajo la superficie de hielo: las maravillosas formaciones de sílice y las hermosas criaturas que surcaban los vastos océanos de Europa. Accionó los motores y regresó con muestras. Aterrizó en la base Edward, donde lo esperaban todos sus amigos, y ella, la única que creía en él, lo había cuidado y mimado desde que lo conoció. Eran amigos desde la guardería; ella lo defendía ante los que lo ninguneaban por su aspecto lobuno.
Corrió a su encuentro y lo abrazó como si no hubiera un mañana.  

—Has vuelto —dijo ella con un hilo de voz.  

—Claro que he vuelto, te prometí regresar y lo he hecho —dijo él con voz profunda mientras acariciaba su mejilla.

M. D. Álvarez 

lunes, 19 de enero de 2026

El despertar del cosmos.

Llevaba eones dormido y sin contacto con sus criaturas; solo ella velaba su sueño y cuidaba de que nada lo despertara ni lo molestara. Conocía el mal despertar de su bienamado. Si se despertaba de buen talante, todo fluiría con calma y sosiego; pero, ay, si se despertaba de mal humor, ella era la única que podía calmarlo. Sin embargo, si no lo lograba, destruiría todo el cosmos que con tanto trabajo y esfuerzo le había costado crear para el deleite de su adorada y deseada esposa, a la que consentía todos sus deseos, por muy complicados que fueran; él se lo conseguía todo, deseaba agradarla y calmarla con atenciones. 

Su última petición fue especialmente divertida; adoraba cuando ella se ponía juguetona. 

—¿Quieres un mundo lleno de color y de criaturas etéreas en simbiosis con tus deseos? —dijo él, viendo la dulce mirada anhelante de ella. 

—Sí, corazón mío, eso es exactamente lo que deseo —dijo ella, acercándose sinuosa y divertida.

Él se puso manos a la obra, aglutinando las más variopintas materias: tierras de tonos celestes y añiles para su mundo, piedras de delicados colores para sus montañas, aguas de tornasolados colores para sus mares y las diversas materias orgánicas de delicados tonos para sus adorables criaturas de hermosas formas etéreas. Ella aplaudía cada logro con verdadero entusiasmo y admiración; sabía que su apuesto compañero le concedería lo que quisiese, pues ella era la única que lograba calmar sus apetitos. Aquella sería una de las muchas noches que ella aplacaria sus deseos carnales.

M. D. Álvarez 

domingo, 18 de enero de 2026

El regreso a casa.

Su cabello negro azabache ondeaba al viento mientras trataba de localizar desde dónde les disparaban. Vio un fogonazo y el sonido hueco de una detonación se ocultó.

—Ya lo he localizado. Espérame aquí, voy a neutralizarlo y regreso. Él fijó la mirada en su compañera; su expresión mostraba una pizca de terror. Ella lo cogió del brazo, tratando de retenerlo, pero él, delicadamente, le dijo:

—Tengo que ir; si no, nos tendrán situados sin poder avanzar. ¿Lo entiendes?

Levantó la manta de camuflaje con cautela para no ser descubierto y la dejó cubriéndola. Avanzó, resguardándose en el terreno abrupto. Debía rodear la colina desde la que aquel francotirador le impedía avanzar. 

El viento estaba de su parte; soplaba en dirección a él, su olor no podría ser detectado por ningún sabueso. Desde el otro lado de la colina, pudo trepar por las rocas hasta el puesto de vigía. Cuando se hubo deshecho tanto del francotirador como de su observador, regresó junto a ella, que, al verlo aparecer, sintió que estaban a salvo.

—Ahora podemos continuar —dijo él con gran determinación—. Estamos a no más de 20 kilómetros del puesto base de nuestro grupo y te juro que no dejaré que nos atrapen —dijo, visiblemente ofuscado por no haber podido salvar al resto de su comando.

M. D. Álvarez 

sábado, 17 de enero de 2026

Entre dos naturalezas.

Tenía un buen corazón; bajo aquella apariencia de lobo gruñón, había un ser apacible, amigo de sus amigos, con una fortaleza inquebrantable y un salvajismo sin cuartel. Pero nunca utilizaría su fuerza y salvajismo contra ninguno de ellos. Aquellos que se atrevieran a meterse con sus seres queridos no sabían la tormenta que se les venía encima.

Un día, mientras disfrutaba de un merecido descanso en el claro del bosque, algo llamó su atención: una joven lo observaba con visible interés. No la había visto por aquellos parajes, pero algo en ella transformaba su feroz exterior en un dulce cachorrillo que, manso como un cordero, se acercaba hacia ella. Era su perfume floral o su magnetismo; sus ojos verdes, como los prados frescos de Escocia, lo cautivaban.

Ella lo miró risueña. "Por fin te muestras tal y como eres", dijo mientras acariciaba sus orejas con delicadeza. "Te he estado buscando por las agrestes crestas y los prados verdes, y ahora te encuentro aquí, disfrutando de una tarde de suave calidez sin atisbo de tu natural fiereza. ¿Cuál es tu excusa, noble híbrido?"

Él sintió un tono de calma en sus palabras y respondió con dignidad: "Me has hallado en mi estado más sereno. No te había visto antes por aquí porque es la primera vez que vengo a descansar de mis deberes como líder de mi equipo."

"Tu nobleza te honra. Tu porte altivo desaparece al contemplar mi naturaleza divina. Eres mi criatura favorita y he de darte mi bendición. Tu parte humana es fruto de mi génesis, pero tu parte salvaje y brutal fue forjada en un aterrador combate donde fuiste separado de mí. Solo cuando tus dos naturalezas están en calma logras ver más allá de tus orígenes", dijo ella con voz suave y melodiosa.

Se fue retriran hacia el oscuro bosque, dejándolo pensativo.

—Espera, ¿cuál es tu nombre? —quiso saber él.

—Mi nombre ya lo conoces; está grabado a fuego en tu corazón —respondió el eco de su voz.

—¿Te volveré a ver? —preguntó él al eco que iba desapareciendo entre la espesura del bosque.

—Siempre estaré en tu corazón, mi noble y dulce licántropo —susurró el eco lejano.

Mientras el eco se desvanecía, él sintió que algo dentro de él despertaba. La calidez del sol sobre su piel era reconfortante, pero el vacío que dejó su presencia era palpable. Se levantó, decidido a encontrar respuestas.

—Si realmente eres parte de mí ser, entonces debo aprender a reconciliar mis dos naturalezas —murmuró para sí mismo, mirando hacia el bosque oscuro donde ella había desaparecido.

Con cada paso hacia la espesura del bosque, el aire se volvía más fresco y las sombras parecían cobrar vida a su alrededor. Una mezcla de temor y emoción lo invadía; sabía que debía enfrentar lo desconocido para descubrir quién era realmente.

Mientras se adentraba en la penumbra del bosque, recordó sus palabras: "Solo cuando tus dos naturalezas están en calma logras ver más allá de tus orígenes."

—¿Quién soy realmente? —preguntó al silencio del bosque.

De repente, un suave susurro como el viento le respondió: "Eres tanto luz como oscuridad; no temas abrazar ambas."

Él sonrió ante la sabiduría del bosque y siguió avanzando, cada vez más decidido a encontrarla y comprenderse a sí mismo en el proceso.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 16 de enero de 2026

El regreso del forastero.

Ninguno de sus antiguos compañeros lo había reconocido. Se había retirado a las montañas para pensar en cómo debía afrontar la pérdida de su brazo izquierdo, pero ella creyó ver algo más en aquel joven con barba poblada pero bien cuidada. Vestía como un leñador y cubría su cabeza con un gorro negro de invierno. Descubrió que se ocultaba en las sombras; no quería ser descubierto y tener que dar explicaciones. Se dio cuenta de que ella lo había descubierto y lo siguió.

—Espera, te conozco —preguntó ella.  
—Tanto he cambiado —dijo él, mirándola directamente. 

Aquellos ojos no podía ser; había desaparecido hacía meses. 

¿Cómo es posible que estés vivo? —dijo ella, corriendo hacia él y abrazándolo. Fue entonces cuando se percató de que le faltaba el brazo izquierdo.

Ella retrocedió un paso, aún sin poder creer lo que veía. Él la miró con una mezcla de tristeza y alivio.

—Fue un accidente —dijo él, señalando el vacío donde antes estaba su brazo—. Pero sobreviví, gracias a la ayuda de unos lugareños.

—¿Por qué no volviste? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos.

—No podía enfrentarme a todos así. Necesitaba tiempo para aceptar lo que me había pasado.

Ella asintió, comprendiendo el dolor y la lucha interna que él había vivido. 

—Lo importante es que estás aquí ahora —dijo ella, tomando su mano derecha—. Y no tienes que enfrentarlo solo.

Él sonrió por primera vez en meses, sintiendo una chispa de esperanza.

—Gracias —susurró—. No sabes cuánto significa esto para mí.

M. D. Álvarez 

jueves, 15 de enero de 2026

Una noche para soñar.

Era su noche y no se la iban a chafar. Ella llegaba de un largo viaje y él le tenía una sorpresa. Antes de ir a recibirla al aeropuerto, hizo una reserva en el mejor restaurante de la ciudad y compró cosas especiales: velas, flores y aceites esenciales.

Se duchó y se puso su mejor traje, aquel que le gustaba a ella, y se dirigió en su Maserati GT rojo a recogerla al aeropuerto. La vio salir; estaba arrebatadora, casi le dio un vuelco el corazón. Ella lo vio; estaba verdaderamente elegante y apuesto. Corrió hacia él, lanzándose al cuello, y lo besó con dulzura. 

—"¿Qué haces aquí?" preguntó ella en un susurro casi imperceptible.  

—"Tengo una sorpresa para ti," respondió él con una alegre sonrisa. —"Pero antes de nada, vamos a casa y te cambias."  

Había comprado el vestido que a ella le gustaba y lo había puesto amorosamente sobre la cama. En cuanto ella lo vio, lo adoró aún más de lo que ya lo hacía. Así que le siguió la corriente, se duchó y se puso aquel espectacular vestido palabra de honor rojo. Cuando salió de la habitación, ella estaba radiante.  

—"Y ahora vamos, tengo una reserva en el Domenicos," dijo casi sin aliento.  

En el restaurante, en el que casi no había sitio pero que curiosamente aquel día estaba vacío, le confesó sus sentimientos hacia ella.  

Ella lo escuchaba con ternura; sabía que era parco en palabras, pero no en hechos. Había logrado sorprenderla y, muy agradablemente, lo vio luchar contra sus miedos y le dijo que ella también lo quería.  

Entre platos de pasta y vino tinto, la noche transcurrió en calma, entre risas y susurros. Los dos confesaron el amor que se profesaban el uno al otro.

M. D. Álvarez 

miércoles, 14 de enero de 2026

Bajo los cascotes.

Sus amigos se asustaron al ver los destrozos de su espalda, pero no se quejó; había evitado que los cascotes cayeran sobre ella. Seguía recostada y dormida, no supo lo cerca que estuvo de morir aplastada. El equipo trabajó como un conjunto, quitando los cascotes de su espalda. Cuando al fin se vio libre del peso, se bajó delicadamente de la cama donde ella seguía dormida. Tenía que trasladarla a otra estancia, así que la cogió con suavidad en brazos y la trasladó ante las miradas atónitas de sus amigos; no comprendían cómo se mantenía en pie.

Mientras avanzaba con cuidado, el peso de su amiga en brazos era un recordatorio constante del sacrificio que había hecho para protegerla. 

—¿Estás bien? —preguntó uno de sus amigos, acercándose un poco.

Él asintió, aunque sabía que las palabras no eran suficientes para transmitir lo que sentía. En su mente, revivía el momento en que los cascotes comenzaron a caer, el estruendo ensordecedor y su instinto de lanzarse hacia ella sin pensarlo dos veces.

Cuando finalmente llegó a una habitación más segura, dejó a su amiga suavemente sobre un sofá desgastado. El silencio era ensordecedor; solo se escuchaba el ligero susurro de su respiración mientras permanecía dormida, ajena al peligro que había enfrentado.

Sus amigos se agruparon alrededor, mirándola con preocupación. Uno de ellos se agachó para verificar su pulso.

—Está viva —dijo, aliviado—, pero necesita atención médica urgentemente.

Él sintió un nudo en el estómago al pensar en lo cerca que habían estado de perderla. Se quedó observando mientras uno de sus amigos buscaba ayuda, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a desvanecerse y dejaba paso a una ola de agotamiento.

De repente, ella se movió ligeramente y abrió los ojos lentamente. Al principio pareció confundida, pero cuando vio su rostro familiar frente a ella, una chispa de reconocimiento iluminó su mirada.

—¿Qué pasó? —murmuró con voz débil.

—Estabas en peligro —respondió él, sintiendo cómo su corazón se aceleraba—. Pero estoy aquí... te prometo que estaré siempre aquí para protegerte.

Ella sonrió débilmente antes de volver a cerrar los ojos, como si supiera que estaba a salvo ahora.

Mientras sus amigos comenzaban a organizarse para buscar ayuda médica, él se sentó junto a ella, sintiéndose más decidido que nunca. Sabía que su conexión iba más allá del simple compañerismo; había algo especial entre ellos que había sobrevivido incluso al caos más aterrador.

M. D..Álvarez 

Su mejor y más leal amigo.

Desde su trono, ella lo observaba todo: tanto lo bueno como lo malo. Tenía un favorito al que adoraba sobre todos los demás; era su mejor y más leal amigo. 

Nunca lo perdía de vista, y aquello no pasaba desapercibido para la corte, que comenzó a murmurar y cuchichear sobre los gustos mundanos de la joven reina. Él era el blanco de sus burlas y asechanzas. 

En cuanto ella descubrió un ápice de molestia por las burlas en el rostro de su amigo, lo llamó a su lado y le susurró unas palabras que lo llenaron de orgullo y determinación: era algo más que su favorito, y todos y cada uno de los que se reían de él serían justamente sancionados. 

Ella sería entronizada en dos días, tras lo cual haría justicia sobre su más que mejor amigo.

M. D. Álvarez 

martes, 13 de enero de 2026

El más mono.

Como desde los noventa, pienso que su look era atrevido e informal. Era el chico más mono de toda la clase; su pelo alborotado y sus inquietantes ojos azules le daban un magnetismo animal que volvía locas a las chicas. 

Sin embargo, él tan solo tenía ojos para una preciosa pelirroja de ojos verdes que no le quitaba los ojos de encima. 

Sus amigos lo consideraban un Don Juan, pero nada de eso; él no había estado con ninguna chica y estaba nervioso. 

Uno de sus amigos le dijo: "Será mejor que te lances, te la quitarán". Se lanzó y la invitó a salir, consiguiéndola.

M. D. Álvarez 

lunes, 12 de enero de 2026

Delicada.

Él solo quería sentirse útil e indispensable, pero ya lo era para ella. Sabía que él la adoraba y quería cuidar de ella. No había nadie más en el mundo que le importara más que solo ella, y se sentía inútil cada vez que ella enfermaba. Su salud era delicada y, más en su estado, él no soportaba no hacer nada, pero ella lo consolaba con mimo. Sabía que la vida hubiera sido diferente si no lo hubiera encontrado; él era su mirlo blanco del que no deseaba separarse..

Cada día que pasaba, él se sentía más ansioso por su bienestar. Se despertaba antes del amanecer, preparaba el desayuno y se aseguraba de que todo estuviera a su alcance. La fragilidad de ella lo mantenía en un estado constante de alerta, pero ahora había una nueva vida creciendo dentro de ella, lo que aumentaba aún más su preocupación.

Una tarde, mientras la lluvia caía suavemente contra la ventana, él se sentó junto a ella en el sofá. Ella acariciaba su vientre con ternura, y él no pudo evitar sonreír al ver cómo esa pequeña vida parecía responder a su toque. "¿Sientes algo?", preguntó con un brillo de emoción en sus ojos.

"Sí", respondió ella, "es como si supiera que estás aquí". 

Él suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad que se avecinaba. "No puedo evitar preocuparme por ti y por el bebé. Quiero hacer más por los dos". 

Ella le miró con esos ojos que parecían comprenderlo todo. "Lo que más necesito es tu amor y tu compañía. Cada momento a tu lado me llena de vida, no solo a mí, sino también a nuestro pequeño". 

Y así, en medio de la tormenta, él comprendió que su amor era el mejor remedio de todos. Decidió que, aunque no pudiera cambiar su salud delicada, podía ser su refugio y el protector del nuevo ser que estaban trayendo al mundo. 

Con cada día que pasaba, la esperanza crecía en sus corazones. La idea de convertirse en padres les daba fuerzas para seguir adelante. 

M. D. Álvarez 

domingo, 11 de enero de 2026

Un celestial.

Con sus puños desnudos, machacó aquellas máquinas que habían enviado a matarle a él y a su pareja. Su furia era incontenible cuando trataban de matar a su novia, y todo por hacerse con un nombre. Él era un celestial; todas las noches volvía herido y ella curaba sus heridas. Aquella vez casi perdió las manos. 

—Mi vida, tienes que tener más cuidado. Si sigues peleando a pecho descubierto, te harás daño —dijo ella, vendando sus doloridas manos.

—"No les dejaré que te hagan daño", dijo él con una determinación férrea. —"Además, mi piel es muy dura y quiero hacerles creer que pueden vencerme para luego ver su desesperación al notar que no consiguen arredrarme y el terror en sus ojos cuando ven mi furia desatada en mi mirada", refirió con resolución. 

Pasadas un par de semanas, sus manos ya estaban recuperadas y la llevó a dar una vuelta por el parque, pensando que, al ser un lugar público, estarían fuera de peligro. Sin embargo, nada de eso los esperaba en un pequeño templete. Él los percibió antes de entrar en el parque y le dijo: "No te separes de mí". Ella le agarró de la mano y lo siguió. Él conocía aquel parque como la palma de su mano; conocía los puntos ciegos y le pidió: "Espérame aquí", dijo, llevándola a uno de esos puntos ciegos. "Vuelvo enseguida". 

Su cabello ondeaba al viento cuando aquellas máquinas se abalanzaban sobre él. Se fue deshaciendo de todas y cada una de ellas, hasta la última que le preguntó:  

—¿Qué eres tú?  

—Yo, un híbrido: mitad humano y mitad divino. No tenéis poder sobre mí, pero yo sí tengo poder sobre vosotros —refirió, aplastándole la cabeza con su puño.

Se lavó el rostro y las manos en una fuente cercana al lugar donde la había dejado. Ella se encaminó al lugar y la cogió por la cintura, acercándola hacia él.  

—Ya estoy aquí y creo que ya no nos molestarán más —dijo, besándola con dulzura.

M. D. Álvarez 

sábado, 10 de enero de 2026

Ternurita. 2da parte.

Los cazadores se miraron entre sí, confundidos por la valentía de la pequeña. Uno de ellos, con un ceño fruncido, dio un paso adelante.

—Esa criatura es peligrosa —dijo con voz grave—. No podemos permitir que ande suelta. Podría atacar a cualquiera.

La niña, sintiendo el miedo en el aire, respiró hondo y levantó la cabeza con determinación.

—No es peligroso si no le hacen daño —replicó, su voz firme a pesar de su juventud—. Él solo quiere ser amigo.

El licántropo se sentó, mostrando su gran cuerpo peludo, pero sus ojos reflejaban un brillo suave y protector. Se acercó un poco más a la niña, como si le diera fuerza.

Los cazadores dudaron. Nunca habían visto a un ser tan imponente tratar con tanta ternura a una niña tan pequeña. El líder del grupo, un hombre de barba gris y mirada dura, frunció el ceño mientras contemplaba la escena.

—¿Y si decide atacarte? —preguntó, pero su voz carecía de convicción.

La chiquilla sonrió y dio un paso hacia el licántropo.

—Nunca lo haría —dijo con confianza—. Él sabe que yo lo quiero. Solo está asustado porque ustedes vienen con armas.

El silencio se hizo presente en el bosque mientras los cazadores consideraban sus palabras. La atmósfera se volvió pesada; el sonido del viento parecía susurrar secretos antiguos entre los árboles.

Finalmente, uno de los cazadores más jóvenes, quien había estado observando todo desde atrás, dio un paso adelante. 

—¿Y si le damos una oportunidad? Quizás no sea lo que pensamos —sugirió tímidamente.

El líder frunció más el ceño, pero algo en su interior comenzó a cambiar. La valentía de la niña había sembrado una semilla de duda en su corazón. 

—Está bien —respondió al fin—. Démosle una oportunidad... pero si algo pasa...

La niña asintió con entusiasmo mientras abrazaba al licántropo con fuerza.

—No pasará nada —aseguró—. Solo necesitamos mostrarles que él es nuestro amigo.

Con eso, se giró hacia el bosque sombrío y comenzó a cantar una canción suave y alegre sobre la amistad y la valentía. El licántropo se unió a ella con suaves aullidos melódicos, creando una armonía inesperada que resonó en todo el lugar.

Los cazadores se quedaron paralizados ante aquel espectáculo inusual: una niña y una bestia salvaje compartiendo un momento de conexión pura. La atmósfera tensa comenzó a desvanecerse mientras las flores en las guirnaldas brillaban bajo la luz del sol filtrándose entre las hojas.

M. D. Álvarez 

viernes, 9 de enero de 2026

Ternurita.

La chiquilla no le tenía miedo; era la única que se atrevía a acercarse a aquel fiero licántropo, la única que osaba ponerle dulces lazitos en las greñas de su cabeza y colgarle guirnaldas de flores a aquella bestia salvaje, que se mantenía mansa con aquella dulce niñita. Era como si la consintiera; era digno de ver. Aquel fiero licántropo lucía encantador con los lazitos y las guirnaldas encima. Ella lo veía monísimo y tierno. Sus amiguitos, aterrorizados, no se atrevían a meterse con ella; parecía que aquel imponente licántropo tenía predilección por aquella chiquilla. 

Un día, mientras la niñita adornaba al fiero licántropo con guirnaldas de flores frescas y hermosos lazitos, notó que él estaba más intranquilo de lo normal y le preguntó con ternura:  

—¿Qué te ocurre, amiguito?

El licántropo soltó un suave gruñido, como advirtiéndole de que algo estaba a punto de suceder. En el bosque había susurros de odio y furia; el licántropo se levantó y se interpuso entre su joven amiguita y el bosque sombrío, donde comenzaban a salir cazadores con la intención de darle muerte.  

La pequeña, con su lenguaje infantil, se plantó entre los cazadores y el licántropo, levantando sus tiernos bracitos, les dijo:  
"Es mi amigo, no le hagáis daño", todo esto ante la cara de estupor de los cazadores, que no daban crédito a lo que estaban viendo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 8 de enero de 2026

El arqueólogo y su chica.

Procuraba mantenerse a distancia cuando ella estaba con sus amigas. Sabía el efecto que ejercía sobre ellas; por eso, se mantenía equidistante. Su aspecto lo hacía irresistible para sus amigas, y ella lo sabía. Por eso, no quería que sus amigas lo conocieran. Una de sus amigas le dijo: "A ver, ¿cuándo nos presentas a ese enigmático amigo tuyo? Que no lo vamos a morder."

Ella sonrió nerviosamente ante el comentario de su amiga, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. 

—"No sé... No es tan fácil,"—respondió, tratando de sonar despreocupada. 

Sus amigas la miraron con burla, como si pudieran ver a través de su fachada. Una de ellas, Carla, arqueó una ceja y dijo: 

—"Vamos, solo queremos conocer al chico misterioso. ¿Qué tal si lo invitamos a salir con nosotras este fin de semana?"

La idea le revolvió el estómago. ¿Qué pasaría si él se sentía incómodo? O peor aún, ¿y si sus amigas se sentían atraídas por él? Sabía que no podía seguir evitando la situación. Así que decidió actuar.

—"Está bien, lo haré,"—dijo finalmente, sorprendiendo incluso a sí misma con su respuesta.

La semana pasó lentamente mientras se preparaba para el encuentro. Se preguntaba qué haría si su amigo se daba cuenta de su nerviosismo. El día llegó y ella decidió usar un vestido que le hacía sentir segura, pero también un poco vulnerable.

Cuando llegó el momento y él apareció en el bar, todos los ojos se volvieron hacia él. Su presencia era magnética; los chicos y chicas no podían evitar mirar hacia su dirección. Ella sintió un nudo en el estómago al pensar en lo que podía pasar.

—"Hola,"—saludó él con una sonrisa encantadora. 

—"Hola,"—respondió ella, tratando de mantener la calma.

A medida que la noche avanzaba y las risas llenaban el aire, sus amigas comenzaron a hacer preguntas sobre él. Ella se sintió cada vez más ansiosa mientras veía cómo sus amigas coqueteaban abiertamente.

—"¿Y tú? ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?"—preguntó Carla con una mirada coqueta.

Él sonrió sin perder la compostura. 

—"Me gusta la arqueologia,"—dijo, echando una mirada rápida hacia ella antes de continuar—. "Buscar rastros de antiguas civilización."

Ella sintió que su corazón latía más rápido; sabía cuán apasionado era por eso. Pero al mismo tiempo, veía cómo sus amigas parecían cada vez más interesadas en él.

Fue entonces cuando decidió intervenir. 

—"¡Deberías mostrarles algunaos de tus hallazgos!"—sugirió con entusiasmo, buscando cambiar el rumbo de la conversación.

Él asintió y sacó su teléfono para mostrarles algunas imágenes impresionantes de unas ciclopeas ruinas halladas en la pequeña issla de Mikonos. Sus amigas quedaron fascinadas, pero ella se dio cuenta de que estaba disfrutando más de la atención hacia él que del tiempo juntos.

Mientras todos admiraban las fotos, ella se dio cuenta de lo importante que era para ella proteger ese vínculo especial que tenían. Así que decidió dar un paso adelante y hablarle a solas más tarde.

M. D. Álvarez 

miércoles, 7 de enero de 2026

Danza nocturna. (R.E.C)

Te puedes hacer de oro, pero literalmente, sus precursores le advirtieron de que si no cumplía con las reglas, su fortuna, tal y como había llegado, podía desaparecer. Todas las noches se escabullía entre las callejuelas en dirección al norte.

¿A dónde irá?, se preguntaban sus amigos. Una noche, deseosos de conocer su secreto, lo siguieron a distancia hasta un gran descampado, donde lo vieron desvestirse y, tal y como vino al mundo, lo vieron danzar de forma frenética y acompañada alrededor de un gran tejo. Cuando terminó de danzar, se hizo un corte y regó las raíces del árbol que ofreció sus frutos de oro.

M. D. Álvarez

martes, 6 de enero de 2026

El oso cavernario. 2da parte.

Mientras su equipo se apresuraba a levantar al oso cavernario, ella no podía apartar la mirada de su jefe, que yacía inmóvil bajo el peso del gigante. Con cada segundo que pasaba, la angustia crecía en su pecho. Finalmente, con un esfuerzo conjunto, lograron desplazar al enorme animal y liberar a su líder.

Él se levantó lentamente, tambaleándose un poco mientras se limpiaba la sangre de la cara. A pesar de las heridas visibles, una chispa de determinación brillaba en sus ojos. 

—No es nada que un buen vendaje y un poco de descanso no puedan curar —dijo con una sonrisa cansada, tratando de calmar a su equipo.

Ella sintió un alivio instantáneo, pero también una oleada de preocupación. Se acercó rápidamente a él y le tomó el brazo.

—¿Estás seguro? Podrías haber muerto allí —dijo, su voz temblando ligeramente.

—No te preocupes por mí —respondió él, mirando profundamente en sus ojos—. Lo importante es que estamos juntos y a salvo. 

El grupo se reunió alrededor de ellos, aliviados pero aún nerviosos por la experiencia. Decidieron hacer un alto para evaluar las heridas y descansar. Mientras preparaban un fuego, ella lo miraba con admiración; había arriesgado su vida por ellos y había salido victorioso.

Más tarde esa noche, mientras el fuego crepitaba suavemente, él se sentó junto a ella. La tensión del día comenzó a desvanecerse, y una sensación de camaradería llenó el aire.

—¿Sabes? —comenzó él—. Nunca he tenido un equipo tan valiente como éste. No solo luchan hombro con hombro; también se cuidan mutuamente.

Ella sonrió tímidamente, sintiendo que esas palabras significaban más de lo que él sabía.

—Lo hacemos porque creemos en ti —respondió ella—. Eres nuestro líder, pero también eres nuestro amigo.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos mientras contemplaban las llamas danzantes. Esa noche, bajo el manto estrellado del cielo, ambos supieron que habían forjado algo más fuerte que solo una relación profesional; habían creado un vínculo indestructible basado en confianza y valentía.

M. D. Álvarez 

lunes, 5 de enero de 2026

El oso cavernario.

Frente a ellos, aquella espantosa criatura buscaba una presa. Él les dijo que no se movieran; tras la cascada estaban a salvo, ya que amortiguaba el sonido y el movimiento. El descuido de uno de sus hombres al dejar caer una de sus armas fuera de la cascada lo llevó a intervenir. Sacando su kukri y dando un portentoso salto, atravesó la cascada, aterrizando sobre el lomo de aquel aterrador y gigantesco oso cavernario. La lucha fue despiadada; él asestó tres fuertes golpes sobre las cervicales del oso, que, desesperado, se puso sobre sus dos patas traseras e intentó aplastarlo contra las rocas. Pero él era muy hábil y saltó a un lado, cosa que el oso aprovechó para abalanzarse sobre él. Con un certero golpe, hundió su kukri en el corazón del oso, que cayó sobre él..

Su equipo creyó que el oso lo había matado y lloraban su pérdida. Hasta que ella se acercó y oyó que alguien decía: –"No os quedéis como unos padmarotes y sacadme de aquí." Ella corrió y tiró de una de las garras, diciendo: "Está vivo, hay que levantar al oso." Arengó a sus compañeros, que fueron a ayudarla. Levantaron al gigantesco oso; bajo él estaba su jefe, empapado en sangre. Ella se asustó. 

"No es mía", dijo él, tranquilizándola.

Continuará...

M. D. Álvarez 

domingo, 4 de enero de 2026

El corazón de un príncipe. 4ta parte.

Cuando dejó de ser un joven mozalbete y pasó a ser un adulto, la primera noche en que la luna asomó por el horizonte, Drakion comenzó a sentir que algo en su interior pugnaba por salir. Su madre, junto al resto de la familia reunidos a su alrededor, le protegían, pero él era distinto a todos; tenía parte humana y parte alhurion. 

Su madre pidió al espíritu de Draian que ayudara a contener el dolor que su hijo estaba sufriendo al sentir su parte salvaje aflorar, desgarrando su tierna piel. El espíritu de Draian se presentó, etéreo y majestuoso, tal y como ella lo recordaba.

—Drakion, escúchame. Tu corazón es grande y fuerte. El dolor pasará y serás el ser más especial de todos, ya que en ti habitan dos energías: la humana de tu adorada madre y la mía —dijo el espíritu de Draian, acercándose a su hijo. Puso su etérea mano sobre su noble cabeza, consiguiendo que el dolor fuera imperceptible. 

Tras desgarrar la suave piel del joven Drakion, surgió un hermoso alhurion de pelaje dorado y ojos de un intenso azul, que se postró ante la figura etérea de su padre. Después, se acercó a su amada madre y juntó su frente con la suya en señal de respeto, tras lo cual se alzó y lanzó un aullido; era un aullido melodioso de aceptación al que se unieron todos los alhurion, incluida su madre.

M. D.  Álvarez 

sábado, 3 de enero de 2026

El corazón de un príncipe. 3ra parte.

Tu nombre será Drakion, de la muy noble casa de los Alhurion. Tu corazón será como el de tu padre: grande y fuerte. Serás noble y sabio como él.  El pequeño había heredado sus hermosos ojos azules y su denso pero suave pelaje.  

Su pequeña tía anunció a los Alhurion la llegada de un nuevo ser de noble cuna, lanzando un aullido de verdadera felicidad, al que se sumó toda la población de su territorio, llegando hasta la región donde el joven Draian había perdido la vida. 

Los moradores de aquella región temblaban de miedo al oír los aullidos y se encerraron asustados en sus fortalezas. Aún recordaban la muerte de aquel ser que no se defendió por amor a una de sus conciudadanas, la cual había desaparecido llevándose las cenizas de aquel Alhurion al norte y no volvió.

Ahora su retoño corría libre con su familia por los tan añorados campos que su padre siempre llevó en su sangre.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 2 de enero de 2026

El corazón del bosque. 2da parte.

Mientras creía que él dormía con una tranquilidad que no había tenido en todo un año, ella se sentó frente al saquito.

—Vamos, ábrelo —dijo él desde el umbral del dormitorio. 

Ella se sobresaltó al verlo; su luz todavía irradiaba un fulgor milenario.

—Creí que dormías —dijo ella.

—Se me hace raro dormir en blando cuando me he pasado todo un año durmiendo a la intemperie sobre el suelo húmedo y hostil del bosque. Tengo que acostumbrarme de nuevo al calor del hogar y a la mullida cama que ahora comparto contigo —respondió él con una sonrisa triste.

Solo él sabía lo que había sacrificado por ella: su destino estaba ligado al corazón del bosque. Si este dejaba el reino tenebroso del bosque, él dejaría de existir y ella sufriría al descubrir su destino...

M. D. Álvarez

El corazón de un príncipe. 2da parte

La joven sintió cómo el peso de la tristeza se aligeraba un poco al escuchar las palabras de la madre de Draian. La aceptación y el respeto que la familia del alhurion le ofrecía era un bálsamo para su corazón herido. Sabía que su amor, aunque truncado, había dejado una huella imborrable en su vida y en la de su descendencia.

Mientras el luto se transformaba en celebración, la madre de Draian se acercó a ella con ternura. “Tu viaje no ha sido en vano. La simiente que llevas dentro es un vínculo eterno entre nuestras razas. Él siempre vivirá a través de ti”, dijo, acariciando suavemente su vientre.

La joven asintió, sintiendo una mezcla de dolor y esperanza. En su interior, la vida comenzaba a florecer, y con cada latido, sentía que el espíritu de Draian estaba presente, guiándola hacia un futuro que aún no podía vislumbrar.

Los días pasaron mientras se quedaba con la familia del alhurion. Aprendió sobre sus costumbres y tradiciones, descubriendo la rica cultura de los alhuriones que había estado tan alejada de ella. Se unió a sus rituales bajo la luna llena, donde danzaban y cantaban en honor a los espíritus ancestrales. En cada celebración, sentía cómo el amor por Draian se mezclaba con el orgullo por su herencia.

Una noche, mientras contemplaban las estrellas desde una colina cercana, la hermana pequeña de Draian se acercó a ella. “¿Cómo lo conociste?” preguntó con curiosidad. 

La joven sonrió al recordar los momentos compartidos. “Era un guerrero noble y valiente, pero también era tierno y comprensivo. Siempre sabía cuándo necesitaba consuelo”, respondió, con lágrimas en los ojos.

“Tu amor es lo más puro que he visto”, dijo la hermana mientras abrazaba a la joven. “Cuando nazca tu hijo, será un puente entre nuestros mundos.”

A medida que pasaban los meses, la joven comenzó a prepararse para el nacimiento del niño. La madre del alhurion le enseñó a tejer mantas y a cantar canciones ancestrales que resonarían en el corazón del bebé. Cada día que pasaba se sentía más conectada con su nuevo hogar y con la familia de Draian.

Finalmente, llegó el día del nacimiento. Bajo el brillo plateado de la luna llena, rodeada por las mujeres alhuriones, dio a luz a un hermoso niño que llevaba en sus ojos el reflejo del cielo estrellado. Al sostenerlo en brazos, sintió que Draian estaba allí con ella, sonriendo desde el más allá.

“Bienvenido al mundo”, susurró mientras las lágrimas caían por sus mejillas. “Eres amado más allá de lo que puedes imaginar.”

La familia celebró el nacimiento como un nuevo comienzo y una unión entre dos mundos. La joven supo en ese instante que su amor nunca había sido en vano; había creado vida y esperanza donde antes solo había dolor.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 1 de enero de 2026

El corazón de un príncipe.

Ella llevaba siempre una cadena al cuello con un casquillo de plata; era un recordatorio de la muerte de su pareja, un aguerrido alhurion. Lo habían sacrificado en contra de sus deseos; no lo querían cerca, al ser una criatura de naturaleza dual. Decían que no se fiaban de él. Lo torturaron y sometieron a vejaciones; ni siquiera luchó cuando le estaban arrancando los grandes colmillos. Él no se resistió.

Pero ella sabía que él era todo corazón y ninguna maldad. Por eso, abandonó el grupo. Uno de los torturadores de su bello alhurion lucía uno de sus grandes colmillos al cuello. Ella no lo consintió y se lo arrancó con furia, guardándolo con tristeza; era lo único que le quedaba de su apuesto compañero.

Se encaminó hacia las tierras del norte a ofrecer las cenizas de su joven amor a los de su raza. Él siempre quiso volver a su tierra y correr libremente por las grandes praderas, pero por amor se quedó con ella. .

Su raza era de una noble estirpe, hijos de la luna y el sol. Al verla llegar, supieron que algo había pasado y mandaron a recibirla a la hermana más pequeña del noble Draian. La pequeña reconoció la urna de su hermano y aulló de dolor; la familia se unió en el aullido y rodeó a la joven que había separado a su miembro más noble para llevárselo lejos.

La madre observó a la joven y descubrió algo que ella no había percibido aún: en su vientre se gestaba un nuevo ser, entre alhurion y humano.

"Serás siempre bienvenida a nuestro hogar. Tú portas la simiente de mi adorado hijo en tu vientre", dijo ella, agachando la cabeza en señal de respeto.

Continuará...

M. D. Álvarez