jueves, 12 de febrero de 2026

Campaña bélica.

Su nuevo comienzo fue el resultado de la propaganda bélica. Se alistó en las fuerzas especiales con el único motivo de proteger a su familia de los corpúsculos aberrantes del sistema caducado en el que vivían. 

Sus primeras órdenes lo llevaron al otro lado del mundo, donde la particular organización mafiosa del país decadente de turno llevaba a cabo terribles experimentos. Sus órdenes eran destruir el laboratorio y robar todos los informes de los experimentos realizados.

Él era tan solo un mandado, la punta de flecha que debía destruir a los enemigos del poder. 

A su regreso a casa, fue recibido como un héroe, aunque él no se sentía como tal; había cometido los peores actos con aquellas criaturas que no tenían culpa de nada, tan solo de ser objeto de experimentación.

M. D. Álvarez 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El dragón y la unicornia.

En un rincón escondido del bosque, donde las flores cantaban con el viento y el sol pintaba el cielo de colores mágicos, vivían dos amigos muy especiales: Sven, el pequeño dragón de escamas doradas y alas púrpuras, y Elora, la unicornia bebé de melena azul y cuerno brillante.

Desde que se conocieron, su amistad creció como las flores que los rodeaban, llena de risas, aventuras y sueños compartidos. Cada mañana, se encontraban en el prado floreado para explorar juntos los secretos del bosque. Sven, con su fuego cálido y protector, cuidaba de Elora, mientras que Elora, con su magia pura y luz, iluminaba el camino cuando el sol se escondía.

Un día, mientras jugaban a esconderse entre las flores, descubrieron un sendero oculto que nunca antes habían visto. Decidieron seguirlo, guiados por la curiosidad y la emoción. El camino los llevó a un claro donde el arcoíris tocaba la tierra y un antiguo árbol susurraba historias olvidadas.

Allí, comprendieron que su amistad era un puente entre mundos distintos, una magia tan poderosa que podía traer armonía a todo el bosque. Con un brillo en sus ojos y un corazón lleno de esperanza, Sven y Elora prometieron proteger ese lugar especial y mantener viva la magia de su amistad para siempre.

Y así, bajo el cielo azul y el manto de flores cantoras, el dragón y la unicornia enseñaron a todos que la verdadera magia nace del cariño y la unión entre los seres más diferentes.

M. D.  Álvarez 

martes, 10 de febrero de 2026

Lengua animal.

Había descubierto una salida, pero estaba muy débil para poder huir. Solo podía hacer una cosa: filtrar por conductos ajenos a sus torturadores un mensaje. Se quitó el anillo de titanio que ella le regaló y, utilizando la lengua de la tierra, llamó a uno de sus hijos. 

Una pequeña ratita surgió por un agujero y se acercó a él, que extendió su mano izquierda. La pequeña criaturita se subió a su mano y lo miró con curiosidad. Él le colocó el anillo alrededor del cuello y le dijo en su lengua animal: "Ve en busca de mi amada y entrégale este anillo; ella te seguirá hasta mí". Le dio parte de la comida que sus carceleros le traían de vez en cuando. 

La pequeña ratita tomó un bocado y salió disparada por el agujero, fue en pos de la joven a la que debía entregar aquel anillo. 

Pasados dos días, el roedor encontró a la joven. Estaba acompañada de dos jóvenes que, al ver al roedor acercarse, quisieron aplastarlo, pero ella se percató del anillo que llevaba al cuello y los detuvo. .

"¿Qué tienes ahí, pequeña?" dijo ella, como si el roedor la comprendiera. Extendió su mano y se subió. Ella cogió el anillo y supo que él estaba en peligro. Dejando al pequeño roedor en el suelo, se dio cuenta de que debía seguirlo. 

El roedor la llevó a unos enigmáticos túneles en la selva. Se adentraron y descubrieron la base secreta donde lo torturaban sin piedad. Aprovecharon el cambio de guardia mientras ella le entregaba el anillo, diciéndole: "Ve y entrégaselo".

El roedor corrió por la base hasta la celda donde él sobrevivía malamente. Al ver a la pequeña ranita que traía su anillo, la cogió con sumo cuidado. El roedor, en su lengua animal, le dijo que sus amigos estaban al caer. 

Él guardaba una chocolatina y se la dio al roedor, que, viendo el gran corazón que aquel joven tenía, se quedó junto a él hasta que fue rescatado por sus amigos. Solo después de verlo a salvo, aceptó la deliciosa chocolatina.

M. D. Álvarez 

lunes, 9 de febrero de 2026

Un comienzo.

Hubo una vez, en los tiempos antiguos, cuando el sol abrasaba la joven tierra, que no podía protegerse de los abrasadores rayos del astro rey. La joven y primigenia tierra comenzó a evolucionar, creando de su abrasada corteza la primera especie de árbol ignífugo, que debía resistir los destructores rayos del joven sol. La primera especie de árbol arcaico, archaic aleppo abiete, cubrió la totalidad de la superficie de su amada madre, atrayendo meteoritos cargados de hielo estelar, que, con su llegada, aliviaron la todavía joven corteza de la tierra. 

Tal cantidad de meteoritos de frío hielo se posó sobre la hermosa y joven tierra que comenzaron a surgir océanos por doquier. La joven tierra, preñada de un áureo rayo de sol, tuvo dolores de parto y comenzó a convulsionar, haciendo que su noble corteza se alzara sobre las prístinas aguas. Sus valles se llenaron de nuevas especies de árboles que colonizaron sus mansos prados cubiertos por un manto de hierba azul.. 

Cuando la joven Tierra dejó de sentir los abrasadores rayos del sol, que por piedad menguó su ardor, sus primeras criaturas comenzaron a surgir de los vastos mares que circundaban su casi totalidad, haciendo brotar altos montes y mansos valles donde adorables criaturas pastaban juntas, por donde antes no había nada. Inmensas junglas fluían cuán marea viviente por valles y hondonadas, todo ello lleno de vida que pululaba por doquier. 

Allí donde la noble tierra alzaba su vista, crecían y nacían nuevas criaturas que adoraban a su progenitora. Hasta que llegamos nosotros, sus últimos hijos belicosos, que en vez de cuidar de ella, la herimos hoyando su sagrado cuerpo. Ella, pacientemente, va fraguando su venganza sobre nosotros, sus últimos hijos.

M. D. Álvarez 

domingo, 8 de febrero de 2026

Bajo el peso del silencio. 2da

Un par de noches después, Arthur se vistió de camuflaje y se pintó la cara con betún. Se ocultó bajo el porche del general y esperó a que el general volviera. Esperó un tiempo prudencial y se coló en la vivienda. Estaba a oscuras y en la habitación del fondo se oían ronquidos. Desembainó su bowie, dejó inconsciente al general y grabó en su frente la palabra "VIOLADOR". Había constatado que Angie no había sido la única; había abusado de otros cinco soldados. 

Después de aquella marca imborrable, no hubo ningún ataque más. El general fue destituido de su rango con deshonor..

Angie supo enseguida que Arthur había actuado llevando la justicia a su manera. En las siguientes maniobras, ella estaba como un clavo esperando sus órdenes. Al terminar las maniobras, ella se acercó cuidadosamente y le dio las gracias.

"No se merecen, era lo mínimo que podía hacer por ti, y más después de enterarme de que había violado a otras cinco soldados," dijo él cortésmente. "Te puedo invitar a cenar," preguntó ella tímidamente. "Sí, claro, pero fuera de la base," refirió él. "Te espero a las 20 en el restaurante Disfrutar," dijo ella sonriendo.. 

En cuanto la vio llegar, le dio un vuelco al corazón; estaba preciosa con aquel hermoso vestido rosa que realzaba su hermosa figura.

—Estás preciosa, Angie —dijo él, besándole la mano.

—¿Ya saben qué van a tomar? —preguntó el camarero.

—La especialidad del chef con maridaje al gusto del sommelier —dijo ella con visible emoción.

—Arthur, no sé cómo decirte esto, pero te va a sonar extraño. Sé que sientes algo por mí y quiero decirte que yo también siento algo muy profundo por ti. Sé que por tu rango no se te permite confraternizar con los soldados, pero necesitaba decirte que... te quiero.

Arthur asistía atónito a la confesión de ella. Cogió la copa en la que el sommelier había servido un Gaja Barbaresco, tomó un sorbo y percibió su sabor intenso y complejo, que en nariz ofrece notas de frutas maduras, dulces y recuerdos florales y especiados, acompañados por un bouquet balsámico. Aprobó la elección, alzó la copa y brindó.

—Por nosotros, que nada nos detenga, dijo con  una amplia sonrisa.

M. D. Álvarez 

sábado, 7 de febrero de 2026

Bajo el peso del silencio.

Siempre estaba para ella; la consideraba más que una amiga, pero nunca se había atrevido a decirle lo que sentía. No podía tener una relación con ella, y menos siendo su superior. Una mañana, en una de las maniobras, ella no llegó al toque de diana. Él se preocupó; cuando terminaron las maniobras, la buscó en los barracones y la encontró saliendo de la prefectura. Su cara no auguraba nada bueno.

—Hola, Angie, te perdiste el toque de diana. ¿Estás bien? —preguntó él, intuyendo que algo había pasado.  

—Mi comandante, no, señor, estoy bien —dijo ella, cuadrándose y saludando marcialmente.  

—Déjate de rangos y de saludos, Angie. Tú no estás bien, acompáñame —respondió él, llevándola a la cafetería.  La sentó en una silla y pidió un té de jazmín; sabía que era su favorito. Él se pidió un café..

—"Ahora me vas a decir qué ocurre", —preguntó con cautela. —"Te he visto salir de prefectura y no tenías buena cara. ¿Qué ocurre? Ya sabes que siempre estoy a tu lado".

—"Lo sé, Arthur, pero esto no creo que lo puedas solucionar" —dijo, ocultando su rostro entre sus manos—. 

—"Puedes pedirme lo que sea, te quiero" —dijo, sujetando sus manos entre las suyas.

Ella lo miró un poco más tranquila. Entre sollozos, le confesó que había sido violada por un general.

Él sintió cómo le hervía la sangre y, con toda la calma de la que fue capaz, le preguntó: —"¿Quién?".

—"Mackinling "—refirió ella, con el rostro oculto entre sus manos.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 6 de febrero de 2026

La unión de dos especies. 2da parte

Los días se convirtieron en semanas, y Luno creció rodeado del amor de sus padres y la magia del bosque. Cada mañana, despertaba con la luz del sol filtrándose a través de las hojas, y su corazón palpitaba con emoción por las nuevas aventuras que le aguardaban. Su madre le enseñaba sobre las plantas y los animales, mientras su padre le mostraba cómo moverse silenciosamente entre los árboles, como un verdadero licántropo.

Un día, mientras exploraba un nuevo sendero, Luno escuchó un extraño murmullo que provenía de una cueva oculta entre las rocas. Intrigado, se acercó sigilosamente y asomó la cabeza por la entrada. Allí, encontró a un grupo de criaturas del bosque que parecían estar en apuros. Eran pequeños duendes con alas frágiles que intentaban liberar a uno de ellos atrapado bajo una piedra.

—¡Ayuda! —gritó el duende atrapado—. No puedo salir sin ayuda.

Luno sintió una oleada de valentía recorrer su cuerpo. Recordando las palabras de Seraphina sobre el poder del amor y la valentía, se acercó sin dudar.

—¡No te preocupes! —dijo Luno—. Voy a ayudarte.

Con todas sus fuerzas, empujó la piedra hasta que finalmente se movió lo suficiente para liberar al duende. Los demás duendes vitorearon y aplaudieron su valentía.

—Eres muy fuerte y valiente, pequeño lobito —dijo el duende liberado, agradecido—. Te debemos nuestra libertad.

Luno sonrió, sintiéndose orgulloso. 

—Solo hice lo que cualquier amigo haría —respondió modestamente.

Los duendes, agradecidos por la ayuda de Luno, le ofrecieron un regalo especial: unas pequeñas piedras brillantes que capturaban la luz del sol y el reflejo de la luna.

—Estas son piedras de luz —explicaron—. Te ayudarán a encontrar el camino en la oscuridad y a protegerte en tus aventuras. Recuerda siempre que el verdadero poder está en tu corazón.

Con las piedras en su poder, Luno regresó a casa lleno de alegría y emoción. Al llegar, encontró a sus padres esperándolo con preocupación.

—¡Estábamos tan preocupados! —exclamó su madre—. Te extrañamos mucho.

Luno les mostró las piedras brillantes y les relató su aventura con los duendes. Sus padres escucharon con asombro y orgullo al mismo tiempo.

—Eres un verdadero héroe —dijo su padre abrazándolo—. Y esto es solo el comienzo de tus aventuras.

Esa noche, mientras miraba las estrellas desde su ventana, Luno sintió que algo grande estaba por venir. Con cada nuevo día, se daba cuenta de que no solo era un lobito; era parte de algo mucho más grande: una historia llena de magia, amor y valentía que apenas comenzaba a escribirse.

M. D. Álvarez 

jueves, 5 de febrero de 2026

La unión de dos especies.

Frente a aquel caudaloso río nació el más dulce retoño, engendrado por un hermoso licántropo y la más dulce y noble doncella. Acompañada de su férreo amante, dio a luz a su hermoso bebé, un lindo lobito de ojos azules y férrea determinación. Ella lo cogió con dulzura y lo amamantó, mientras su amado jugueteaba con el tierno rizo de su benjamín. El chiquitín asió la garra de su padre con firmeza y no parecía querer soltarlo. Su padre, sorprendido por la fuerza de su recién nacido príncipe, colocó su gran garra sobre su tierna cabecita, augurándole un gran reinado.

A medida que los días pasaban, el pequeño lobito creció rodeado de amor y aventuras. Su madre, con su dulzura infinita, le enseñaba sobre las maravillas del mundo que lo rodeaba: el murmullo del río, el canto de los pájaros y la danza de las hojas al viento. Su padre, con su fuerza y sabiduría, le mostraba los secretos del bosque, donde cada sombra escondía un misterio y cada rayo de sol iluminaba la belleza de la naturaleza.

El pequeño, al que llamaron Luno por el brillo especial en sus ojos azules, era curioso y valiente. Un día decidió aventurarse más allá de los límites seguros de su hogar. Con paso firme y corazón palpitante, se adentró en el bosque, sintiendo la emoción burbujear en su interior.

Mientras exploraba, Luno encontró un claro bañado por la luz del sol. En el centro, había un lago cristalino que reflejaba el cielo azul. Al acercarse al agua, vio su propio reflejo: un pequeño lobito con pelaje dorado que brillaba como el oro. Pero lo que más le llamó la atención fue una figura etérea que danzaba sobre las aguas. Era una criatura mágica, con alas iridiscentes que parecían hechas de luz.

—¡Hola, pequeño! —saludó la criatura con una voz melodiosa—. Soy Seraphina, guardiana de este bosque. He estado observándote y siento que tienes un gran destino por delante.

Luno se sintió intrigado y un poco asustado a la vez.

—¿Un gran destino? —preguntó él—. Solo soy un lobito.

Seraphina sonrió con ternura.

—Precisamente por eso. Tu corazón es puro y valiente. Tienes la capacidad de cambiar el curso de muchas vidas si te atreves a seguir tu camino. Pero recuerda siempre: el amor es tu mayor poder.

Inspirado por sus palabras, Luno decidió regresar a casa para contarles a sus padres sobre su encuentro mágico. No solo era un lobito; era parte de algo más grande, algo lleno de promesas y aventuras.

A partir de aquel día, Luno se comprometió a explorar no solo el mundo exterior sino también los misterios que habitaban dentro de él. Con cada paso que daba al lado de su madre y su padre, sabía que estaba uniendo sus fuerzas para forjar su propio destino.

Continuará...

M. D. Álvarez 


miércoles, 4 de febrero de 2026

Un imperio desconocido.

Aquel imperio cayó en el olvido cuando se descubrió una cripta subterránea en la que se escondían las atrocidades que aquel sátrapa había cometido con su pueblo. Los había matado de hambre y torturado en celdas repletas de cadáveres. 

Ella descubrió los desmanes de su emperador al encontrar a su prometido atado como a un perro y ofrecido en sacrificio al dios más aterrador, Khurthon, dios de los infiernos. 

Cada día eran inmolados cuatro aguerridos jóvenes, y aquel día su prometido era uno de aquellos jóvenes a los que ofrecerían en sacrificio. Ella suplicó por su vida y el soberano, viendo lo bella y deseosa que era, le propuso una reunión privada donde le ofrecería la vida de su prometido a cambio de algo... Ella sabía que el soberano era un salvaje, pero amaba con desesperación a su pareja y accedió a verse con el villano.

Aquel salvaje la forzó brutalmente, tras lo cual cumplió su promesa y le entregó a su compañero, a quien no pudo ocultar lo ocurrido. Él la amaba más que a su vida y se las ingenió para derrocar, destrozar y defenestrar al más brutal y salvaje de los reyes de aquel imperio del que no ha quedado constancia ni siquiera en los libros de historia.

M. D. Álvarez 

martes, 3 de febrero de 2026

De cordero a lobo.

De por sí, era de buen carácter; si se sabía cómo tratarlo, era tierno y dulce. Pero si veía algo que no estaba bien, entonces será mejor que corráis, pues también tiene su lado salvaje. Y creedme cuando os digo que es mejor quitarse de en medio si no queréis salir mal parados.

Aquel día, él era especialmente tierno con ella, lo que se dice un tierno corderito, pero algo le llamó la atención: su oído hiperdesarrollado captó una señal de auxilio; al parecer, unos vándalos trataban de abusar de una encantadora señorita.

"¿Me disculpas un momento?" le dijo suavemente. Y salió disparado hacia el lugar de los hechos. 

Su cuerpo había empezado a experimentar unos cambios morfológicos: sus manos se habían convertido en aterradoras garras, sus piernas eran auténticos resortes musculados, su torso espectacular y su rostro del más puro furor lobuno. 

Pobres incautos no sabían lo que se les venía encima: una fiera de más de 200 kilos de puro músculo y casi dos metros de altura que no atendía a razones, sino a hechos. 

Lo que aquellos salvajes estaban a punto de hacer no estaba bien; no se lo consentiría. Alejó a la jovencita y se encaró con aquellos vellacos que, por lo visto, no sabían que tenían que salir corriendo en cuanto lo vieron aparecer. 

Me ahorraré las escenas gore y os diré que no dejó ni uno con vida. Una vez resuelto el conflicto, volvió junto a su amada, quien había tejido una guirnalda de flores que colocó alrededor de la adorada cabeza de su manso corderito.

M. D. Álvarez 

lunes, 2 de febrero de 2026

El hambre de la luna.

Él era el primero en levantarse, pero últimamente llegaba tarde a todas partes y nadie lograba sonsacarle el motivo.

El cambio no fue drástico, sino una erosión lenta. Marcus, el hombre cuyo despertador biológico parecía ajustado al primer rayo de sol, empezó a perderle el pulso al reloj. Primero fueron diez minutos, luego una hora, hasta que las disculpas en el trabajo se convirtieron en silencios hoscos.

​Cuando sus amigos le preguntaban qué pasaba, él simplemente se rascaba el cuello —donde la piel empezaba a verse extrañamente grisácea— y desviaba la mirada.

​Una noche, su hermano decidió que ya era suficiente y usó su copia de la llave para entrar en el apartamento. El aire pesaba; olía a humedad estancada y a algo dulzón, como fruta podrida en el fondo de un cajón.
​Lo encontró en el dormitorio, pero Marcus no estaba durmiendo. Estaba de pie frente al espejo, completamente rígido.

​—Marcus... ¿qué es esto? —susurró su hermano, estirando la mano.

​Marcus giró la cabeza. El movimiento fue demasiado amplio, un giro de 180° que hizo crujir sus vértebras como ramas secas. Sus ojos eran ahora dos pozos de aceite negro.

​—No llego tarde —dijo con una voz que parecía vibrar en los huesos de quien la escuchaba—. Es que el tiempo aquí afuera corre demasiado rápido... y a ella le gusta saborear cada segundo antes de dejarme salir.

Steven retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta. El crujido del cuello de su hermano no había sido accidental; era el sonido de una anatomía reescribiéndose.
​—¿A ella? —logró articular Steve, con el pulso martilleando en sus sienes—. ¿De quién hablas, Marcus?

​Marcus no respondió con palabras. En su lugar, empezó a desabotonarse la camisa con una lentitud exasperante. Bajo la tela, la piel grisácea no era solo color: era una textura rugosa, similar al cuero viejo, que ondulaba como si algo hirviera debajo.
​—La Luna no es una luz, Steven... es un hambre —susurró Marcus.

​De repente, los músculos de su espalda se tensaron y estallaron. No hubo el aullido cinematográfico que Steven esperaba, sino un siseo húmedo. Los huesos de Marcus comenzaron a alargarse, rompiéndose y soldándose en ángulos imposibles en cuestión de segundos, aunque para Marcus parecía estar pasando una eternidad de agonía deliciosa.

Marcus cayó a cuatro patas. Su rostro se proyectó hacia adelante, el maxilar se desencajó y se extendió en un hocico negro y brillante. Los ojos de aceite negro se clavaron en Steven. Ya no había rastro de su hermano, solo una masa de músculo plateado y garras que arañaban el parqué, dejando surcos profundos.

​—Por eso... llego... tarde —gruñó la bestia, cuya voz ahora era un coro de mil lobos—. Porque un minuto de tu vida... son mil años de mi banquete.

​La bestia saltó. Pero no fue un ataque rápido. Steven vio, con horror absoluto, cómo el aire alrededor de la criatura se volvía denso, como si el espacio-tiempo se curvara para darle paso. Marcus flotaba en el aire, acercándose con una parsimonia depredadora, saboreando el terror en el rostro de su hermano, estirando ese segundo de miedo hasta convertirlo en una eternidad de pesadilla.

​Steven comprendió entonces por qué Marcus se rascaba el cuello: no era irritación, era el deseo de la bestia por romper la crisálida de carne humana.

M. D. Álvarez 

domingo, 1 de febrero de 2026

Sus lágrimas.

No podía verla llorar, y menos por aquellos desalmados. Lo había empotrado con un tanque de ochocientos kilos, pero al oírla llorar, algo en su interior se activó. Apartó el tanque, sacando su bestia interior a pasear. Se desembarazó de aquel vehículo pesado de un plumazo y se encaró con aquellos brutos, que, al ver el tamaño de aquella bestia, salieron corriendo.

Ella adoraba cuando él se ponía brutote y se acercó dulcemente mientras se secaba las lágrimas y rascaba suavemente su barbilla, mientras él la cogía por la cintura y lamía suavemente sus mejillas. Tal era la devoción que sentía por ella.

Ella sonrió entre lágrimas, sintiendo cómo la calidez de su abrazo la envolvía. La fuerza que él había desplegado para protegerla la hacía sentir segura, como si el mundo exterior pudiera desmoronarse, pero mientras estuvieran juntos, todo estaría bien.

—¿Quiénes eran? —preguntó ella, apartándose un poco para mirarlo a los ojos. Su expresión era una mezcla de preocupación y admiración.

—No lo sé, pero no volverán a acercarse —respondió él, su voz grave resonando con determinación. La furia que había sentido aún ardía en su interior, pero ahora estaba más centrado en ella. —¿Estás bien?

Ella asintió lentamente, sintiendo la adrenalina disminuir. Sabía que él haría lo que fuera necesario para mantenerla a salvo. Sin embargo, también había algo más que pesaba en su corazón.

—No quiero que te lastimen por mi culpa. No vale la pena arriesgarte —dijo ella, con un tono de súplica en su voz.

Él frunció el ceño, sintiendo cómo la preocupación se transformaba en una necesidad imperiosa de protegerla aún más. 

—Eres lo único que realmente importa para mí. Si no te cuido a ti, no tengo nada —declaró, acercándose más y colocando su frente contra la suya.

—Debemos pensar en un plan —dijo ella, rompiendo el silencio tenso entre ellos. —Si están dispuestos a atacarte así, podrían volver.

Él asintió, comprendiendo que no podían dejarse llevar solo por el amor y la devoción; necesitaban ser astutos también. 

—Juntos podemos hacerlo —respondió ella con firmeza, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a florecer nuevamente en su pecho.

M. D.Álvarez 

sábado, 31 de enero de 2026

Resolviendo los desacuerdos en el cuarto oscuro.

Encerrados en aquel cuarto oscuro, jugueteaba con la jugosa boca de su novia. Sus deseos eran cada vez más ardientes; los habían encerrado para que limaran asperezas. Mientras la pasión ganaba intensidad, recordaron por qué habían sido encerrados en aquel cuarto: debían hablar de lo que les molestaba del uno y del otro.

"Sabes lo que me molesta de ti", dijo ella, rompiendo el hielo. "Que no te defiendas cuando se meten contigo", añadió con delicadeza..

"Y lo que me molesta a mí es que no soporto que los demás devoren con la mirada tus voluptuosas formas", refirió él con cierto resquemor.

Ella lamentaba que su novio se muriera de celos por las miradas lascivas de los amigotes.

Él le explicó por qué no se defendía contra los abusones. Le dijo que en cierta ocasión vio cómo se metían con un niño pequeño y se interpuso entre aquel niño y los gamberros. Creyeron que podían amedrentarlo, pero, debido a la paliza que les dio, los mandó al hospital. Desde aquel día, no volvió a utilizar la violencia. 

Ella escuchó con atención la explicación y comprendió cuán tierno era con ella, y se propuso matar de celos a los que se hacían llamar amigos de él. 

Dulcemente se aproximó con suavidad hacia él y, con su jugosa boca, se lo comió a besos mientras él se dejaba querer.

M. D. Álvarez 

viernes, 30 de enero de 2026

El hijo de Atenea. 2da parte.

Mientras se alejaba del mausoleo, el corazón del joven latía con fuerza. Las palabras de su madre resonaban en su mente, llenándolo de esperanza y determinación. Era el momento de descubrir quién era realmente y qué significaba llevar la sangre de una diosa.

Los días pasaron y, aunque aún sentía la presión del mundo que lo rodeaba, comenzó a experimentar atisbos de su poder. A veces, cuando se concentraba lo suficiente, podía sentir cómo su mirada podía influir en las criaturas que lo rodeaban. Un día, mientras paseaba por el bosque, un grupo de ciervos se acercó a él con curiosidad, como si reconocieran en él algo divino. Con solo un parpadeo, pudo calmar sus corazones asustados y hacer que se acercaran sin temor.

Sin embargo, no todo era paz. En las sombras, fuerzas oscuras comenzaban a moverse. Los rumores sobre un joven con ojos que podían detener a las fieras habían llegado a oídos equivocados. Una antigua secta que adoraba a seres oscuros estaba decidida a capturarlo para usar su poder en sus propios rituales.

Una noche, mientras se encontraba con la joven de ojos verdes en un claro iluminado por la luna, sintió una presencia inusual. El aire se volvió denso y frío, y un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Sientes eso? —preguntó ella, mirando alrededor con preocupación.

—Sí —respondió él—. Algo no está bien.

De repente, surgieron figuras encapuchadas de entre los árboles. Sus ojos brillaban con una luz siniestra y sus murmullos resonaban como ecos lejanos.

—El hijo de Atenea ha llegado —dijo uno de ellos, su voz grave cargada de desdén—. Venimos por ti.

El joven sintió cómo su sangre hervía al escuchar esas palabras. No solo debía protegerse a sí mismo; también debía proteger a la joven que había entrado en su vida y había despertado en él sentimientos profundos.

—Debemos irnos —dijo él, tomando la mano de ella y preparándose para correr.

Pero antes de que pudieran moverse, los encapuchados levantaron sus manos y comenzaron a murmurar encantamientos oscuros. La tierra tembló ligeramente bajo sus pies y sombras comenzaron a arremolinarse alrededor del joven.

En ese instante, recordó las palabras de Atenea: "Tu valor será ensalzado por los sabios". Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y dejó que el fulgor dentro de él emergiera. Cuando los abrió nuevamente, sus ojos garzos brillaban intensamente como faros en la oscuridad. 

Un estallido de energía pura radiaba desde su ser, empujando las sombras hacia atrás y haciendo temblar a los encapuchados. La luz era tan intensa que iluminó el bosque como si fuera día. Los encapuchados retrocedieron aterrorizados.

—¡Regresen! —gritó el líder—. ¡No podemos enfrentarlo!

Aprovechando la confusión, el joven tomó la mano de la chica y corrieron juntos hacia el bosque profundo, sintiendo cómo la energía aún chisporroteaba en su interior.

—¿Qué fue eso? —preguntó ella mientras corrían.

—No lo sé —respondió él—. Pero ahora sé que tengo un poder dentro de mí que no puedo ignorar.

Al llegar a un claro más seguro, se detuvieron para recuperar el aliento. El joven miró a la chica a los ojos y vio la admiración reflejada en ellos.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella con voz suave.

—Debemos encontrar respuestas sobre mis poderes y quiénes son esos encapuchados —dijo él con determinación—. Y tal vez sea hora de buscar a mi madre nuevamente... pero no solo para pedirle perdón; también para pedirle ayuda.

La noche era oscura pero llena de promesas inciertas. Con un nuevo propósito en su corazón y una compañera a su lado dispuesta a afrontar lo desconocido, se adentraron en el bosque en busca del destino que les aguardaba.

M. D. Álvarez 

jueves, 29 de enero de 2026

El hijo de Atenea.

Desde muy pequeño, no lo tenían en consideración. Quizás su aspecto angelical, con sus dulces ojos azules y su cabellera llena de bucles, hacía que no supieran qué pensar de él. No creían que tras aquellos ojos azules ardía un fulgor tan abrasador que, si lo hubieran descubierto, tal vez su vida habría sido más tranquila y amorosa. A medida que se fue haciendo mayor, su apariencia no cambió mucho; solo su cuerpo se hizo más musculoso y robusto. Su rostro seguía siendo angelical, pero su mirada continuaba teniendo un fuego irresistible.

Un buen día conoció a una preciosa joven de ojos verdes y pelo rizado que descubrió su gran poder al mirarlo fijamente a los ojos.

—¿No te han dicho que es de mala educación mirar tan fijamente a los ojos? —refirió él con aquella sonrisa tan angelical.

—Sabes que tus ojos encierran un secreto —dijo ella con aquella mirada que hechizaba.

Él no podía dejar de mirarlos, como si se perdiera en ellos..

—Eres capaz de detener una manada de fieras hienas con tan solo posar tus garzos ojos sobre ellas —dijo ella, retirando momentáneamente su mirada de él.

Él sintió como si algo se desbloqueara en su mente; sus ojos los había heredado de su madre. Hacía tiempo que no pensaba en ella; debía ir a visitar su tumba. Al día siguiente, se dirigió al mausoleo de su familia, presidido por la efigie de su adorada madre.

Desde tiempos remotos, los dioses se apareaban con mortales; solo una deidad permaneció casta y pura: la venerada diosa de la guerra y la sabiduría, la muy noble Atenea. En el transcurso de los siglos, batalló y peleó ferreamente, sin necesidad de sentir los deseos de ser madre. Pero hubo un día en que algo en su interior la hizo detenerse y escuchar la naturaleza. Se quedó pensativa y observó las poblaciones que habían ido creciendo a pasos agigantados y dejando de venerar a las deidades. Fue entonces cuando algo en su áurea cabeza comenzó a preocuparla: debía escoger si seguir siendo la diosa guerrera, sin tacha y sin hijos, o debía plegarse a las circunstancias de que un día dejaría de existir sin ningún legado.
Buscó por todos los rincones un padre sin igual para concebir un hijo sin tacha. Ninguno de los dioses le parecía adecuado, y ningún mortal sería lo suficientemente fuerte como para engendrar un semidiós.. Así que siguió buscando entre las criaturas de la noche, y he aquí que, bajo un claro de luna, un aterciopelado licántropo se le apareció. Su pelaje era dorado como el oro y sus intensos ojos verdes se asemejaban a las verdes praderas de su amado Olimpo.  
"¡Tú serás mi reproductor!", dijo ella para sí.

Bien entrada la noche, ella hizo brotar una dulce niebla que sumió en un cálido sueño al joven licántropo. Mientras él dormía, ella yacía y amaba con visible pasión a la hermosa criatura de la noche. Nueve meses después nació un ser entre divino y sombrío que encerraba en sus rasgos angelicales un gran poder.

Su divina madre le ocultó su naturaleza divina y oscura por muy buenas razones; debía labrarse un gran porvenir sin hacer uso de sus dones. Pero ante la efigie de su augusta madre, se arrodilló y pidió perdón por no haber sido un buen hijo.

La divina diosa oyó el llanto de su amado hijo y se presentó cual efigie viviente, y le apaciguó diciendo: "Tú jamás serás un mal hijo; eres mi amado retoño, del cual me vanaglorio y me siento orgullosa. Tu porte es semejante al de tu padre y tus preciosos ojos garzos encierran todo el saber de la humanidad. Siempre estaré a tu lado, hijo mío; tu valor será ensalzado por los sabios y tu destino será más grande que todos los dioses juntos. Ahora ve y sé feliz; un día llegará el momento de tu gran despertar."

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 28 de enero de 2026

Triple hélice.

Aquella muestra que le tomaron fue su perdición. Cuando la analizaron, descubrieron que su código genético tenía triple hélice, lo que le confería un gran potencial: era más fuerte, más ágil y más inteligente que el resto de la humanidad. Lo llamaron por teléfono y lo citaron en la consulta del especialista para darle los resultados del análisis.

Al día siguiente, se presentó en la consulta, donde el especialista le dijo que era un sujeto muy interesante para un estudio en el que cada día los sujetos de estudio son sometidos a pruebas de ingeniería genética. Era un nuevo sistema de experimentación que estaba muy bien pagado, le refirió el especialista con cara de ansiedad; parecía querer meter mano a su ADN.

Él le dijo que se lo pensaría y ya le daría una respuesta, y salió con viento fresco, esperando que no lo siguieran. El especialista llamó al grupo de contención para que lo retuvieran, pero para cuando llegó el grupo, él ya había desaparecido. Tocaba mudarse de ciudad, y si te despistas de planeta, quizás ya era hora de volver a su planeta natal, donde nadie ponía en duda su origen.

M. D. Álvarez 

martes, 27 de enero de 2026

Desde las alturas 2da parte.

La pelirroja lo miró con ojos curiosos, intentando descifrar las intenciones del joven licántropo. 

—¿Vigilas a las personas? —preguntó, incrédula—. ¿Eres un guardián o algo así?

El joven lobo sonrió con una mezcla de orgullo y misterio.

—En cierta forma, sí. Mi deber es proteger a los que no pueden defenderse. Hay muchas cosas en este barrio que pueden ser peligrosas al caer la noche.

Ella asintió, sintiendo una extraña combinación de miedo y admiración por él.

—No sabía que había seres como tú por aquí —dijo, su voz temblando ligeramente—. Pensé que solo eran leyendas.

—Las leyendas tienen algo de verdad —respondió él, con un tono suave—. La gente suele olvidar que hay más en el mundo de lo que se ve a simple vista.

Decidieron caminar juntos por las calles poco iluminadas, la pelirroja sintiéndose más segura con la presencia del joven lobo a su lado. Mientras avanzaban, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida en las alturas.

—¿Qué es lo que ves desde allí arriba? —preguntó ella con curiosidad genuina.

—Todo —respondió él—. Las luces de la ciudad brillan como estrellas caídas y los secretos de la noche se revelan en cada rincón. A veces, me siento solo, pero también hay belleza en esa soledad.

La pelirroja se sintió atraída por su forma de ver el mundo. 

—Me encantaría ver eso algún día —dijo ella, soñadora—. Escapar de esta rutina y ver las cosas desde otra perspectiva.

El joven lobo se detuvo y la miró fijamente, como si estuviera considerando algo importante.

—Si quieres, puedo llevarte a mi base algún día —ofreció él—. Desde allí arriba, todo se ve diferente. Prometo que te sentirás libre.

Ella sonrió ante la idea, pero al mismo tiempo sentía un pequeño temor ante lo desconocido.

—Me encantaría… pero tengo miedo —confesó—. No sé si estoy lista para dejar atrás lo familiar.

Él se acercó un poco más, su mirada llena de comprensión.

—Lo entiendo. A veces, dar el primer paso es lo más difícil. Pero recuerda, no tienes que hacerlo sola. Estoy aquí para ayudarte.

La pelirroja sintió cómo su corazón latía con fuerza ante sus palabras. Había algo reconfortante en la promesa del joven lobo: una posibilidad de aventura y descubrimiento que nunca había imaginado antes.

Mientras continuaban su camino bajo el manto estrellado del cielo nocturno, ella supo que estaba empezando a escribir un nuevo capítulo en su vida; uno lleno de misterios y tal vez incluso magia.

M. D. Álvarez 

lunes, 26 de enero de 2026

Promes en las profundidades. 2da parte.

​Ella asintió con la mirada empañada por las lágrimas, confiando ciegamente en el hombre que acababa de desafiar a la muerte una decena de veces. Se colocó la boquilla del regulador y, tras una última bocanada de aire compartido, ambos se sumergieron en el caos de metal y sombras en que se había convertido el pasillo principal.
El barco lanzó un quejido metálico aterrador; la estructura cedía bajo la presión del océano. La succión empezaba a ser violenta. Él la sujetó con fuerza de la cintura, usando su brazo libre para impulsarse contra las paredes que ahora estaban en posición vertical. No quedaba tiempo para seguir el camino convencional; debían atravesar el salón de baile, cuyo techo de cristal era ahora la única frontera entre ellos y la libertad.

​Bajo el agua, el silencio era absoluto, roto solo por las burbujas rítmicas de ella y el latido ensordecedor en las sienes de él. Sus pulmones ardían. El frío calaba hasta los huesos, ralentizando sus movimientos, pero la visión de la silueta de su prometida, iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba desde la superficie, le daba la fuerza necesaria para seguir braceando.
​Justo cuando alcanzaron el gran ventanal, un mamparo estalló a pocos metros, lanzando una corriente de agua turbia que los desorientó. Él la aferró con más fuerza, negándose a soltarla. Con un último esfuerzo sobrehumano, utilizó una pesada silla de bronce que flotaba a la deriva para golpear el cristal. Al tercer impacto, el vidrio estalló.
​El flujo los expulsó hacia el exterior como si fueran parte de una exhalación del propio gigante de acero.
Salieron a la superficie jadeando, rodeados de una oscuridad salpicada por los restos del naufragio. A lo lejos, las pequeñas luces de los botes salvavidas parpadeaban como estrellas caídas. El crucero terminó de hundirse con un rugido sordo, dejando tras de sí un remolino que los zarandeó, pero ambos se mantuvieron unidos, flotando sobre un resto de madera del mobiliario.

​—Te dije que volvería —susurró él, con la voz quebrada por el cansancio y el frío, mientras la estrechaba contra su pecho.

Ella, aún temblando, solo pudo responder apretando su mano. No necesitaban palabras; el horizonte empezaba a teñirse de un rosa pálido, anunciando un nuevo amanecer para ambos.

M. D. Álvarez

domingo, 25 de enero de 2026

Promesas en las profundidades.

Tenía que pensar rápido si quería salvarlos a todos. Dentro de aquel crucero se encontraban al menos 50 personas, entre las que estaba su prometida. Habían sido alcanzados por un torpedo y no había suficientes botes salvavidas, pero él fue distribuyendo a las mujeres y niños en los cuatro botes que habían quedado. Vio con estupor cómo ella no subía al bote, cediendo el sitio a una dulce ancianita. Izó los botes a pulso y los arrojó con mucho esfuerzo, pero cuando estuvieron los cuatro botes en la mar, les dijo que se alejaran si no querían ser succionados por el barco cuando se hundiera.

Llevo al resto del pasaje a la proa, ya que allí quedaría más aire según se fuera hundiendo el barco.

"Espérame aquí", le dijo a ella. "Volveré a buscarte", y se zambulló en las gélidas aguas. Volvió al cabo de 15 minutos; traía una serie de bombonas de buceo y las fue sacando una a una. Él buceaba a pulmón mientras los pasajeros se servían de las bombonas. Ya solo faltaba ella; se volvió a sumergir y la encontró aterrorizada. 

"Tranquila, te dije que me esperaras y ya estoy contigo. Ahora coge el respirador y sígueme, te llevaré sana y salva ahí afuera."

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 24 de enero de 2026

Suprema bondad..

La calma llegaba a raudales, en ondas constantes que ella le otorgaba. En cada beso imprimía una calma inusitada, justo lo que él necesitaba para calmar su visible estado de frustración. No había llegado a tiempo y su furia se desató con todo aquel que le salía al paso. Por eso, sus amigos no se atrevían a cruzarse en su camino si no querían ser fulminados sin mediar palabra.

Ella conocía sus estados de ánimo y, con solo verlo, supo que no podría controlarlo con dulces palabras. Por eso, se acercó con cautela y lo besó plácidamente, con toda la calma del mundo. Con cada beso, ella notaba cómo se iba calmando, hasta que se arrodilló ante ella, abrazado a su vientre. Ella sonrió dulcemente, sintiendo que la frustración de él se iba disipando. Con un gesto delicado, acarició su cabello; lo quería con sus defectos y virtudes.  

—¿Qué sucede, mi vida? —preguntó con un susurro. Él levantó la mirada, todavía perdida en las sombras, pero el mero hecho de verla a ella terminó de disipar sus dudas.  

—No lo sé —dijo en un hilo de voz. No logro contener mi furia; con cada provocación, pierdo más y más mi naturaleza bondadosa, dando paso a una furia indómita.  

—Mi amor, debes recordar lo especial que eres para mí; yo siempre te ayudaré a retornar a tu estado de suprema bondad —respondió con suma dulzura.

M. D. Álvarez 

viernes, 23 de enero de 2026

La cadete.

Sus dotes de paciencia se estaban agotando con aquel grupo de cadetes; no había ninguno que se salvara, bueno, ninguno. No había una joven cadete de familia militar que ponía todo su empeño en acatar las órdenes. La llamó a parte y la informó de que entraba a formar parte de una selección de jóvenes cadetes. Ella saludó marcialmente y se situó tras él.

Él se dirigió al resto de cadetes, que no habían dado ni una. Su rostro serio y enojado los hizo temerse lo peor.  
—Caballeros, he de deciros que no pasáis a la siguiente prueba; seréis carne de cañón —refirió enojado—. Tan solo la cadete Angie logró lo que ninguno de ustedes ha sabido cumplir. Reticente.

—Cadete Angie, acompáñame; le voy a presentar a sus nuevos compañeros —refirió él, comandante del nuevo grupo Punta de Lanza.

Ella sentía admiración por su superior; él no había mostrado preferencias, los había tratado a todos por igual y la había escogido entre los cadetes más preparados. Debió de ver algo en ella que la distinguiera de todos los demás..

Adelante, pasa. A ver, cadetes, os presento a la última integrante del grupo. Sed unos caballeros, que os conozco. Rugió desde la entrada un grupo de diez cadetes de variopintas nacionalidades se cuadraron al oírlo entrar.

Uno de los primeros reclutados la miró de arriba a abajo y esbozó una leve sonrisa que su superior vio. 

—¿Qué le parece tan gracioso, cadete? —rugió a dos centímetros de su cara. 

—Nada, mi comandante, solo que es una mujer. 

—Ya puedes borrar esa sonrisa de tu cara si no quieres que te la borre yo. Ahí donde la ves, esto va también para vosotros: es la mejor cadete que he visto, incluso mejor que ustedes. Así que trátala con la consideración debida, y al que ponga en duda su valía, que venga si se atreve a decírmelo a mí. ¿Queda claro? —rugió, furibundo. 

El resto de cadetes respondió al unísono: —Sí, mi comandante.

Aquella versión de su comandante y líder no la habían visto jamás. Su ferocidad y dedicación al nuevo grupo de aspirantes a formar parte de la élite de soldados iba más allá de lo que se esperaba de él, pero tenía buenos motivos para moldearlos a su gusto. No así, era el mejor entre los mejores.

M. D. Álvarez 

jueves, 22 de enero de 2026

El lobo y la pantera.

Aquella ciclo génesis era un mundo de posibilidades, por lo menos para los de su especie, seres terrenales pero fantásticos. Los mitad lobo y mitad hombre se dedicaban a cazar y correr por los prados; los mitad tigres y mitad hombres cazaban en la jungla, a pesar de los fuertes vientos. 

Os voy a contar una extraña historia entre un hombre lobo y una mujer pantera. Él, bajo lluvias torrenciales, se divertía corriendo y brincando por la estepa y riscos escarpados. Era feliz corriendo en solitario; siempre conservaba su parte humana al respetar la naturaleza y sus criaturas. Su nobleza como lobo lo llevaba a cazar a las criaturas enfermas y, muy de vez en cuando, rezaba a otras criaturas de mayor envergadura, solo para medirse. 

Un buen día, mientras corría feliz, un olor le llegó desde las selvas del sur: un olor a almizcle que lo atraía. Varió la dirección de su carrera y descendió a la gran selva esmeralda. 

Era un territorio virgen para él; debía andar con cuidado, no conocía qué criaturas poblaban aquel lugar, pero el aroma lo atraía con verdadera satisfacción. De pronto, se paró en seco; había visto dos ojos verdes entre la maraña de lianas. El perfume venía de allí. 

Se acercó con cautela y descubrió a una hermosa mujer pantera que lo miraba curiosa, escrutándole como tanteando si tenía posibilidades bajo aquel aguacero torrencial y los vientos huracanados, sopesando la posibilidad de que aquel ser del norte fuera capaz de vencer a los hombres leopardo y hombres tigre para unirse a ella en aquella vorágine de elementos.

M. D  Álvarez 

miércoles, 21 de enero de 2026

Bajo los hielos de Europa. 2da parte.

Mientras se abrazaban, el bullicio de la base Edward se desvanecía a su alrededor. Todo lo que él podía sentir era la calidez de su presencia, un refugio en medio de la frialdad del vasto espacio. Sin embargo, la alegría del regreso pronto se vio ensombrecida por una inquietud palpable.

—¿Qué encontraste allá abajo? —preguntó ella, separándose un poco para mirarlo a los ojos, buscando respuestas en su expresión.

Él dudó por un momento, recordando las maravillas que había visto y las sombras que también había sentido en las profundidades. Sabía que debía ser cuidadoso con sus palabras.

—Encontré cosas increíbles, pero… —su voz se volvió seria—. No todo es lo que parece. Hay más vida de la que imaginábamos, pero también hay algo más… algo desconocido.

Ella frunció el ceño, su preocupación creciendo. 

—¿Desconocido? ¿Te sentiste en peligro?

Él tomó aire y asintió lentamente. 

—Había una presencia extraña. No era hostil, pero tampoco parecía amistosa. Las criaturas que vi eran hermosas, pero había algo en las profundidades que me observaba… como si estuviera siendo estudiado también.

El rostro de ella palideció un poco al escuchar sus palabras. La idea de que no estaban solos en ese océano helado era inquietante.

—¿Y qué haremos ahora? —preguntó ella con determinación.

Él sonrió débilmente, admirando su valentía. 

—Debemos investigar más. No podemos quedarnos con solo lo que vi; hay demasiadas preguntas sin respuesta. Y necesito tu ayuda.

Ella levantó la barbilla, decidida.

—Siempre estaré a tu lado. Desde la guardería hasta aquí, siempre he creído en ti y en tus sueños. Juntos podemos descubrir qué hay debajo de esos hielos.

Así fue como decidieron formar un nuevo equipo; ella se convertiría en su científica asistente y exploradora personal. Comenzaron a planear su próxima misión: equipar una nueva expedición para descender nuevamente a las aguas de Europa, esta vez con tecnología avanzada y un equipo preparado para enfrentar cualquier eventualidad.

A medida que pasaban los días preparando el viaje, él sentía cómo crecía su conexión con ella. Cada risa compartida y cada mirada cómplice reforzaban un vínculo que iba más allá de la amistad; era una promesa de aventura mutua y descubrimiento.

Finalmente, llegaron al día del lanzamiento. Mientras abordaban la nave, él tomó su mano y le dijo:

—No importa lo que encontremos allá abajo, sé que juntos podemos enfrentar cualquier cosa.

Ella apretó su mano con fuerza y sonrió, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo.

—Entonces vamos a descubrirlo. Por Europa y más allá.

Con los motores rugiendo a su alrededor y la inmensidad del espacio frente a ellos, se lanzaron hacia lo desconocido, listos para enfrentar los secretos ocultos bajo el hielo de Europa y explorar no solo las profundidades del océano, sino también los misterios de su propia relación.

M. D. Álvarez 

martes, 20 de enero de 2026

Bajo el hielo de Europa.

Lo recibieron con vítores y alaracas; había logrado regresar de una de las expediciones más peligrosas del mundo: su expedición a una de las lunas de Júpiter, Europa. 

Sus posibilidades eran inmensas; bajo su superficie helada había todo un océano de oportunidades. Él era el único astronauta cualificado para realizar las prospecciones necesarias para descubrir si Europa estaba habitada bajo los hielos. 

Su naturaleza de híbrido le confería unas aptitudes necesarias para zambullirse en las heladas aguas de la blanca Europa. Sus ojos azules tenían la suficiente sensibilidad como para adaptarse a las oscuras aguas. 

Se sumergió en las aguas primordiales de Europa; su denso pelaje lo protegía del frío y su capacidad pulmonar le permitía aguantar la respiración hasta un máximo de una hora. 

Las profundidades tenían una extraña luminiscencia que le permitió observar criaturas hermosas que lo miraban con curiosidad. Una de aquellas dulces criaturas se aproximó hasta casi rozarle, y no esquivó el encuentro. Nadaba a la par de aquella preciosa criatura que lo observaba con cuidado; era como si lo estudiase. Lo acompañó hasta los límites de su reino de agua. Lo vio salir de un salto y sacudirse como un perro para librarse del exceso de agua. Subió a su nave y envió un informe de los hallazgos bajo la superficie de hielo: las maravillosas formaciones de sílice y las hermosas criaturas que surcaban los vastos océanos de Europa. Accionó los motores y regresó con muestras. Aterrizó en la base Edward, donde lo esperaban todos sus amigos, y ella, la única que creía en él, lo había cuidado y mimado desde que lo conoció. Eran amigos desde la guardería; ella lo defendía ante los que lo ninguneaban por su aspecto lobuno.
Corrió a su encuentro y lo abrazó como si no hubiera un mañana.  

—Has vuelto —dijo ella con un hilo de voz.  

—Claro que he vuelto, te prometí regresar y lo he hecho —dijo él con voz profunda mientras acariciaba su mejilla.

M. D. Álvarez 

lunes, 19 de enero de 2026

El despertar del cosmos.

Llevaba eones dormido y sin contacto con sus criaturas; solo ella velaba su sueño y cuidaba de que nada lo despertara ni lo molestara. Conocía el mal despertar de su bienamado. Si se despertaba de buen talante, todo fluiría con calma y sosiego; pero, ay, si se despertaba de mal humor, ella era la única que podía calmarlo. Sin embargo, si no lo lograba, destruiría todo el cosmos que con tanto trabajo y esfuerzo le había costado crear para el deleite de su adorada y deseada esposa, a la que consentía todos sus deseos, por muy complicados que fueran; él se lo conseguía todo, deseaba agradarla y calmarla con atenciones. 

Su última petición fue especialmente divertida; adoraba cuando ella se ponía juguetona. 

—¿Quieres un mundo lleno de color y de criaturas etéreas en simbiosis con tus deseos? —dijo él, viendo la dulce mirada anhelante de ella. 

—Sí, corazón mío, eso es exactamente lo que deseo —dijo ella, acercándose sinuosa y divertida.

Él se puso manos a la obra, aglutinando las más variopintas materias: tierras de tonos celestes y añiles para su mundo, piedras de delicados colores para sus montañas, aguas de tornasolados colores para sus mares y las diversas materias orgánicas de delicados tonos para sus adorables criaturas de hermosas formas etéreas. Ella aplaudía cada logro con verdadero entusiasmo y admiración; sabía que su apuesto compañero le concedería lo que quisiese, pues ella era la única que lograba calmar sus apetitos. Aquella sería una de las muchas noches que ella aplacaria sus deseos carnales.

M. D. Álvarez 

domingo, 18 de enero de 2026

El regreso a casa.

Su cabello negro azabache ondeaba al viento mientras trataba de localizar desde dónde les disparaban. Vio un fogonazo y el sonido hueco de una detonación se ocultó.

—Ya lo he localizado. Espérame aquí, voy a neutralizarlo y regreso. Él fijó la mirada en su compañera; su expresión mostraba una pizca de terror. Ella lo cogió del brazo, tratando de retenerlo, pero él, delicadamente, le dijo:

—Tengo que ir; si no, nos tendrán situados sin poder avanzar. ¿Lo entiendes?

Levantó la manta de camuflaje con cautela para no ser descubierto y la dejó cubriéndola. Avanzó, resguardándose en el terreno abrupto. Debía rodear la colina desde la que aquel francotirador le impedía avanzar. 

El viento estaba de su parte; soplaba en dirección a él, su olor no podría ser detectado por ningún sabueso. Desde el otro lado de la colina, pudo trepar por las rocas hasta el puesto de vigía. Cuando se hubo deshecho tanto del francotirador como de su observador, regresó junto a ella, que, al verlo aparecer, sintió que estaban a salvo.

—Ahora podemos continuar —dijo él con gran determinación—. Estamos a no más de 20 kilómetros del puesto base de nuestro grupo y te juro que no dejaré que nos atrapen —dijo, visiblemente ofuscado por no haber podido salvar al resto de su comando.

M. D. Álvarez 

sábado, 17 de enero de 2026

Entre dos naturalezas.

Tenía un buen corazón; bajo aquella apariencia de lobo gruñón, había un ser apacible, amigo de sus amigos, con una fortaleza inquebrantable y un salvajismo sin cuartel. Pero nunca utilizaría su fuerza y salvajismo contra ninguno de ellos. Aquellos que se atrevieran a meterse con sus seres queridos no sabían la tormenta que se les venía encima.

Un día, mientras disfrutaba de un merecido descanso en el claro del bosque, algo llamó su atención: una joven lo observaba con visible interés. No la había visto por aquellos parajes, pero algo en ella transformaba su feroz exterior en un dulce cachorrillo que, manso como un cordero, se acercaba hacia ella. Era su perfume floral o su magnetismo; sus ojos verdes, como los prados frescos de Escocia, lo cautivaban.

Ella lo miró risueña. "Por fin te muestras tal y como eres", dijo mientras acariciaba sus orejas con delicadeza. "Te he estado buscando por las agrestes crestas y los prados verdes, y ahora te encuentro aquí, disfrutando de una tarde de suave calidez sin atisbo de tu natural fiereza. ¿Cuál es tu excusa, noble híbrido?"

Él sintió un tono de calma en sus palabras y respondió con dignidad: "Me has hallado en mi estado más sereno. No te había visto antes por aquí porque es la primera vez que vengo a descansar de mis deberes como líder de mi equipo."

"Tu nobleza te honra. Tu porte altivo desaparece al contemplar mi naturaleza divina. Eres mi criatura favorita y he de darte mi bendición. Tu parte humana es fruto de mi génesis, pero tu parte salvaje y brutal fue forjada en un aterrador combate donde fuiste separado de mí. Solo cuando tus dos naturalezas están en calma logras ver más allá de tus orígenes", dijo ella con voz suave y melodiosa.

Se fue retriran hacia el oscuro bosque, dejándolo pensativo.

—Espera, ¿cuál es tu nombre? —quiso saber él.

—Mi nombre ya lo conoces; está grabado a fuego en tu corazón —respondió el eco de su voz.

—¿Te volveré a ver? —preguntó él al eco que iba desapareciendo entre la espesura del bosque.

—Siempre estaré en tu corazón, mi noble y dulce licántropo —susurró el eco lejano.

Mientras el eco se desvanecía, él sintió que algo dentro de él despertaba. La calidez del sol sobre su piel era reconfortante, pero el vacío que dejó su presencia era palpable. Se levantó, decidido a encontrar respuestas.

—Si realmente eres parte de mí ser, entonces debo aprender a reconciliar mis dos naturalezas —murmuró para sí mismo, mirando hacia el bosque oscuro donde ella había desaparecido.

Con cada paso hacia la espesura del bosque, el aire se volvía más fresco y las sombras parecían cobrar vida a su alrededor. Una mezcla de temor y emoción lo invadía; sabía que debía enfrentar lo desconocido para descubrir quién era realmente.

Mientras se adentraba en la penumbra del bosque, recordó sus palabras: "Solo cuando tus dos naturalezas están en calma logras ver más allá de tus orígenes."

—¿Quién soy realmente? —preguntó al silencio del bosque.

De repente, un suave susurro como el viento le respondió: "Eres tanto luz como oscuridad; no temas abrazar ambas."

Él sonrió ante la sabiduría del bosque y siguió avanzando, cada vez más decidido a encontrarla y comprenderse a sí mismo en el proceso.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 16 de enero de 2026

El regreso del forastero.

Ninguno de sus antiguos compañeros lo había reconocido. Se había retirado a las montañas para pensar en cómo debía afrontar la pérdida de su brazo izquierdo, pero ella creyó ver algo más en aquel joven con barba poblada pero bien cuidada. Vestía como un leñador y cubría su cabeza con un gorro negro de invierno. Descubrió que se ocultaba en las sombras; no quería ser descubierto y tener que dar explicaciones. Se dio cuenta de que ella lo había descubierto y lo siguió.

—Espera, te conozco —preguntó ella.  
—Tanto he cambiado —dijo él, mirándola directamente. 

Aquellos ojos no podía ser; había desaparecido hacía meses. 

¿Cómo es posible que estés vivo? —dijo ella, corriendo hacia él y abrazándolo. Fue entonces cuando se percató de que le faltaba el brazo izquierdo.

Ella retrocedió un paso, aún sin poder creer lo que veía. Él la miró con una mezcla de tristeza y alivio.

—Fue un accidente —dijo él, señalando el vacío donde antes estaba su brazo—. Pero sobreviví, gracias a la ayuda de unos lugareños.

—¿Por qué no volviste? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos.

—No podía enfrentarme a todos así. Necesitaba tiempo para aceptar lo que me había pasado.

Ella asintió, comprendiendo el dolor y la lucha interna que él había vivido. 

—Lo importante es que estás aquí ahora —dijo ella, tomando su mano derecha—. Y no tienes que enfrentarlo solo.

Él sonrió por primera vez en meses, sintiendo una chispa de esperanza.

—Gracias —susurró—. No sabes cuánto significa esto para mí.

M. D. Álvarez 

jueves, 15 de enero de 2026

Una noche para soñar.

Era su noche y no se la iban a chafar. Ella llegaba de un largo viaje y él le tenía una sorpresa. Antes de ir a recibirla al aeropuerto, hizo una reserva en el mejor restaurante de la ciudad y compró cosas especiales: velas, flores y aceites esenciales.

Se duchó y se puso su mejor traje, aquel que le gustaba a ella, y se dirigió en su Maserati GT rojo a recogerla al aeropuerto. La vio salir; estaba arrebatadora, casi le dio un vuelco el corazón. Ella lo vio; estaba verdaderamente elegante y apuesto. Corrió hacia él, lanzándose al cuello, y lo besó con dulzura. 

—"¿Qué haces aquí?" preguntó ella en un susurro casi imperceptible.  

—"Tengo una sorpresa para ti," respondió él con una alegre sonrisa. —"Pero antes de nada, vamos a casa y te cambias."  

Había comprado el vestido que a ella le gustaba y lo había puesto amorosamente sobre la cama. En cuanto ella lo vio, lo adoró aún más de lo que ya lo hacía. Así que le siguió la corriente, se duchó y se puso aquel espectacular vestido palabra de honor rojo. Cuando salió de la habitación, ella estaba radiante.  

—"Y ahora vamos, tengo una reserva en el Domenicos," dijo casi sin aliento.  

En el restaurante, en el que casi no había sitio pero que curiosamente aquel día estaba vacío, le confesó sus sentimientos hacia ella.  

Ella lo escuchaba con ternura; sabía que era parco en palabras, pero no en hechos. Había logrado sorprenderla y, muy agradablemente, lo vio luchar contra sus miedos y le dijo que ella también lo quería.  

Entre platos de pasta y vino tinto, la noche transcurrió en calma, entre risas y susurros. Los dos confesaron el amor que se profesaban el uno al otro.

M. D. Álvarez 

miércoles, 14 de enero de 2026

Bajo los cascotes.

Sus amigos se asustaron al ver los destrozos de su espalda, pero no se quejó; había evitado que los cascotes cayeran sobre ella. Seguía recostada y dormida, no supo lo cerca que estuvo de morir aplastada. El equipo trabajó como un conjunto, quitando los cascotes de su espalda. Cuando al fin se vio libre del peso, se bajó delicadamente de la cama donde ella seguía dormida. Tenía que trasladarla a otra estancia, así que la cogió con suavidad en brazos y la trasladó ante las miradas atónitas de sus amigos; no comprendían cómo se mantenía en pie.

Mientras avanzaba con cuidado, el peso de su amiga en brazos era un recordatorio constante del sacrificio que había hecho para protegerla. 

—¿Estás bien? —preguntó uno de sus amigos, acercándose un poco.

Él asintió, aunque sabía que las palabras no eran suficientes para transmitir lo que sentía. En su mente, revivía el momento en que los cascotes comenzaron a caer, el estruendo ensordecedor y su instinto de lanzarse hacia ella sin pensarlo dos veces.

Cuando finalmente llegó a una habitación más segura, dejó a su amiga suavemente sobre un sofá desgastado. El silencio era ensordecedor; solo se escuchaba el ligero susurro de su respiración mientras permanecía dormida, ajena al peligro que había enfrentado.

Sus amigos se agruparon alrededor, mirándola con preocupación. Uno de ellos se agachó para verificar su pulso.

—Está viva —dijo, aliviado—, pero necesita atención médica urgentemente.

Él sintió un nudo en el estómago al pensar en lo cerca que habían estado de perderla. Se quedó observando mientras uno de sus amigos buscaba ayuda, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a desvanecerse y dejaba paso a una ola de agotamiento.

De repente, ella se movió ligeramente y abrió los ojos lentamente. Al principio pareció confundida, pero cuando vio su rostro familiar frente a ella, una chispa de reconocimiento iluminó su mirada.

—¿Qué pasó? —murmuró con voz débil.

—Estabas en peligro —respondió él, sintiendo cómo su corazón se aceleraba—. Pero estoy aquí... te prometo que estaré siempre aquí para protegerte.

Ella sonrió débilmente antes de volver a cerrar los ojos, como si supiera que estaba a salvo ahora.

Mientras sus amigos comenzaban a organizarse para buscar ayuda médica, él se sentó junto a ella, sintiéndose más decidido que nunca. Sabía que su conexión iba más allá del simple compañerismo; había algo especial entre ellos que había sobrevivido incluso al caos más aterrador.

M. D..Álvarez 

Su mejor y más leal amigo.

Desde su trono, ella lo observaba todo: tanto lo bueno como lo malo. Tenía un favorito al que adoraba sobre todos los demás; era su mejor y más leal amigo. 

Nunca lo perdía de vista, y aquello no pasaba desapercibido para la corte, que comenzó a murmurar y cuchichear sobre los gustos mundanos de la joven reina. Él era el blanco de sus burlas y asechanzas. 

En cuanto ella descubrió un ápice de molestia por las burlas en el rostro de su amigo, lo llamó a su lado y le susurró unas palabras que lo llenaron de orgullo y determinación: era algo más que su favorito, y todos y cada uno de los que se reían de él serían justamente sancionados. 

Ella sería entronizada en dos días, tras lo cual haría justicia sobre su más que mejor amigo.

M. D. Álvarez 

martes, 13 de enero de 2026

El más mono.

Como desde los noventa, pienso que su look era atrevido e informal. Era el chico más mono de toda la clase; su pelo alborotado y sus inquietantes ojos azules le daban un magnetismo animal que volvía locas a las chicas. 

Sin embargo, él tan solo tenía ojos para una preciosa pelirroja de ojos verdes que no le quitaba los ojos de encima. 

Sus amigos lo consideraban un Don Juan, pero nada de eso; él no había estado con ninguna chica y estaba nervioso. 

Uno de sus amigos le dijo: "Será mejor que te lances, te la quitarán". Se lanzó y la invitó a salir, consiguiéndola.

M. D. Álvarez 

lunes, 12 de enero de 2026

Delicada.

Él solo quería sentirse útil e indispensable, pero ya lo era para ella. Sabía que él la adoraba y quería cuidar de ella. No había nadie más en el mundo que le importara más que solo ella, y se sentía inútil cada vez que ella enfermaba. Su salud era delicada y, más en su estado, él no soportaba no hacer nada, pero ella lo consolaba con mimo. Sabía que la vida hubiera sido diferente si no lo hubiera encontrado; él era su mirlo blanco del que no deseaba separarse..

Cada día que pasaba, él se sentía más ansioso por su bienestar. Se despertaba antes del amanecer, preparaba el desayuno y se aseguraba de que todo estuviera a su alcance. La fragilidad de ella lo mantenía en un estado constante de alerta, pero ahora había una nueva vida creciendo dentro de ella, lo que aumentaba aún más su preocupación.

Una tarde, mientras la lluvia caía suavemente contra la ventana, él se sentó junto a ella en el sofá. Ella acariciaba su vientre con ternura, y él no pudo evitar sonreír al ver cómo esa pequeña vida parecía responder a su toque. "¿Sientes algo?", preguntó con un brillo de emoción en sus ojos.

"Sí", respondió ella, "es como si supiera que estás aquí". 

Él suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad que se avecinaba. "No puedo evitar preocuparme por ti y por el bebé. Quiero hacer más por los dos". 

Ella le miró con esos ojos que parecían comprenderlo todo. "Lo que más necesito es tu amor y tu compañía. Cada momento a tu lado me llena de vida, no solo a mí, sino también a nuestro pequeño". 

Y así, en medio de la tormenta, él comprendió que su amor era el mejor remedio de todos. Decidió que, aunque no pudiera cambiar su salud delicada, podía ser su refugio y el protector del nuevo ser que estaban trayendo al mundo. 

Con cada día que pasaba, la esperanza crecía en sus corazones. La idea de convertirse en padres les daba fuerzas para seguir adelante. 

M. D. Álvarez 

domingo, 11 de enero de 2026

Un celestial.

Con sus puños desnudos, machacó aquellas máquinas que habían enviado a matarle a él y a su pareja. Su furia era incontenible cuando trataban de matar a su novia, y todo por hacerse con un nombre. Él era un celestial; todas las noches volvía herido y ella curaba sus heridas. Aquella vez casi perdió las manos. 

—Mi vida, tienes que tener más cuidado. Si sigues peleando a pecho descubierto, te harás daño —dijo ella, vendando sus doloridas manos.

—"No les dejaré que te hagan daño", dijo él con una determinación férrea. —"Además, mi piel es muy dura y quiero hacerles creer que pueden vencerme para luego ver su desesperación al notar que no consiguen arredrarme y el terror en sus ojos cuando ven mi furia desatada en mi mirada", refirió con resolución. 

Pasadas un par de semanas, sus manos ya estaban recuperadas y la llevó a dar una vuelta por el parque, pensando que, al ser un lugar público, estarían fuera de peligro. Sin embargo, nada de eso los esperaba en un pequeño templete. Él los percibió antes de entrar en el parque y le dijo: "No te separes de mí". Ella le agarró de la mano y lo siguió. Él conocía aquel parque como la palma de su mano; conocía los puntos ciegos y le pidió: "Espérame aquí", dijo, llevándola a uno de esos puntos ciegos. "Vuelvo enseguida". 

Su cabello ondeaba al viento cuando aquellas máquinas se abalanzaban sobre él. Se fue deshaciendo de todas y cada una de ellas, hasta la última que le preguntó:  

—¿Qué eres tú?  

—Yo, un híbrido: mitad humano y mitad divino. No tenéis poder sobre mí, pero yo sí tengo poder sobre vosotros —refirió, aplastándole la cabeza con su puño.

Se lavó el rostro y las manos en una fuente cercana al lugar donde la había dejado. Ella se encaminó al lugar y la cogió por la cintura, acercándola hacia él.  

—Ya estoy aquí y creo que ya no nos molestarán más —dijo, besándola con dulzura.

M. D. Álvarez 

sábado, 10 de enero de 2026

Ternurita. 2da parte.

Los cazadores se miraron entre sí, confundidos por la valentía de la pequeña. Uno de ellos, con un ceño fruncido, dio un paso adelante.

—Esa criatura es peligrosa —dijo con voz grave—. No podemos permitir que ande suelta. Podría atacar a cualquiera.

La niña, sintiendo el miedo en el aire, respiró hondo y levantó la cabeza con determinación.

—No es peligroso si no le hacen daño —replicó, su voz firme a pesar de su juventud—. Él solo quiere ser amigo.

El licántropo se sentó, mostrando su gran cuerpo peludo, pero sus ojos reflejaban un brillo suave y protector. Se acercó un poco más a la niña, como si le diera fuerza.

Los cazadores dudaron. Nunca habían visto a un ser tan imponente tratar con tanta ternura a una niña tan pequeña. El líder del grupo, un hombre de barba gris y mirada dura, frunció el ceño mientras contemplaba la escena.

—¿Y si decide atacarte? —preguntó, pero su voz carecía de convicción.

La chiquilla sonrió y dio un paso hacia el licántropo.

—Nunca lo haría —dijo con confianza—. Él sabe que yo lo quiero. Solo está asustado porque ustedes vienen con armas.

El silencio se hizo presente en el bosque mientras los cazadores consideraban sus palabras. La atmósfera se volvió pesada; el sonido del viento parecía susurrar secretos antiguos entre los árboles.

Finalmente, uno de los cazadores más jóvenes, quien había estado observando todo desde atrás, dio un paso adelante. 

—¿Y si le damos una oportunidad? Quizás no sea lo que pensamos —sugirió tímidamente.

El líder frunció más el ceño, pero algo en su interior comenzó a cambiar. La valentía de la niña había sembrado una semilla de duda en su corazón. 

—Está bien —respondió al fin—. Démosle una oportunidad... pero si algo pasa...

La niña asintió con entusiasmo mientras abrazaba al licántropo con fuerza.

—No pasará nada —aseguró—. Solo necesitamos mostrarles que él es nuestro amigo.

Con eso, se giró hacia el bosque sombrío y comenzó a cantar una canción suave y alegre sobre la amistad y la valentía. El licántropo se unió a ella con suaves aullidos melódicos, creando una armonía inesperada que resonó en todo el lugar.

Los cazadores se quedaron paralizados ante aquel espectáculo inusual: una niña y una bestia salvaje compartiendo un momento de conexión pura. La atmósfera tensa comenzó a desvanecerse mientras las flores en las guirnaldas brillaban bajo la luz del sol filtrándose entre las hojas.

M. D. Álvarez