domingo, 1 de febrero de 2026

Sus lágrimas.

No podía verla llorar, y menos por aquellos desalmados. Lo había empotrado con un tanque de ochocientos kilos, pero al oírla llorar, algo en su interior se activó. Apartó el tanque, sacando su bestia interior a pasear. Se desembarazó de aquel vehículo pesado de un plumazo y se encaró con aquellos brutos, que, al ver el tamaño de aquella bestia, salieron corriendo.

Ella adoraba cuando él se ponía brutote y se acercó dulcemente mientras se secaba las lágrimas y rascaba suavemente su barbilla, mientras él la cogía por la cintura y lamía suavemente sus mejillas. Tal era la devoción que sentía por ella.

Ella sonrió entre lágrimas, sintiendo cómo la calidez de su abrazo la envolvía. La fuerza que él había desplegado para protegerla la hacía sentir segura, como si el mundo exterior pudiera desmoronarse, pero mientras estuvieran juntos, todo estaría bien.

—¿Quiénes eran? —preguntó ella, apartándose un poco para mirarlo a los ojos. Su expresión era una mezcla de preocupación y admiración.

—No lo sé, pero no volverán a acercarse —respondió él, su voz grave resonando con determinación. La furia que había sentido aún ardía en su interior, pero ahora estaba más centrado en ella. —¿Estás bien?

Ella asintió lentamente, sintiendo la adrenalina disminuir. Sabía que él haría lo que fuera necesario para mantenerla a salvo. Sin embargo, también había algo más que pesaba en su corazón.

—No quiero que te lastimen por mi culpa. No vale la pena arriesgarte —dijo ella, con un tono de súplica en su voz.

Él frunció el ceño, sintiendo cómo la preocupación se transformaba en una necesidad imperiosa de protegerla aún más. 

—Eres lo único que realmente importa para mí. Si no te cuido a ti, no tengo nada —declaró, acercándose más y colocando su frente contra la suya.

—Debemos pensar en un plan —dijo ella, rompiendo el silencio tenso entre ellos. —Si están dispuestos a atacarte así, podrían volver.

Él asintió, comprendiendo que no podían dejarse llevar solo por el amor y la devoción; necesitaban ser astutos también. 

—Juntos podemos hacerlo —respondió ella con firmeza, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a florecer nuevamente en su pecho.

M. D.Álvarez 

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