jueves, 29 de enero de 2026

El hijo de Atenea.

Desde muy pequeño, no lo tenían en consideración. Quizás su aspecto angelical, con sus dulces ojos azules y su cabellera llena de bucles, hacía que no supieran qué pensar de él. No creían que tras aquellos ojos azules ardía un fulgor tan abrasador que, si lo hubieran descubierto, tal vez su vida habría sido más tranquila y amorosa. A medida que se fue haciendo mayor, su apariencia no cambió mucho; solo su cuerpo se hizo más musculoso y robusto. Su rostro seguía siendo angelical, pero su mirada continuaba teniendo un fuego irresistible.

Un buen día conoció a una preciosa joven de ojos verdes y pelo rizado que descubrió su gran poder al mirarlo fijamente a los ojos.

—¿No te han dicho que es de mala educación mirar tan fijamente a los ojos? —refirió él con aquella sonrisa tan angelical.

—Sabes que tus ojos encierran un secreto —dijo ella con aquella mirada que hechizaba.

Él no podía dejar de mirarlos, como si se perdiera en ellos..

—Eres capaz de detener una manada de fieras hienas con tan solo posar tus garzos ojos sobre ellas —dijo ella, retirando momentáneamente su mirada de él.

Él sintió como si algo se desbloqueara en su mente; sus ojos los había heredado de su madre. Hacía tiempo que no pensaba en ella; debía ir a visitar su tumba. Al día siguiente, se dirigió al mausoleo de su familia, presidido por la efigie de su adorada madre.

Desde tiempos remotos, los dioses se apareaban con mortales; solo una deidad permaneció casta y pura: la venerada diosa de la guerra y la sabiduría, la muy noble Atenea. En el transcurso de los siglos, batalló y peleó ferreamente, sin necesidad de sentir los deseos de ser madre. Pero hubo un día en que algo en su interior la hizo detenerse y escuchar la naturaleza. Se quedó pensativa y observó las poblaciones que habían ido creciendo a pasos agigantados y dejando de venerar a las deidades. Fue entonces cuando algo en su áurea cabeza comenzó a preocuparla: debía escoger si seguir siendo la diosa guerrera, sin tacha y sin hijos, o debía plegarse a las circunstancias de que un día dejaría de existir sin ningún legado.
Buscó por todos los rincones un padre sin igual para concebir un hijo sin tacha. Ninguno de los dioses le parecía adecuado, y ningún mortal sería lo suficientemente fuerte como para engendrar un semidiós.. Así que siguió buscando entre las criaturas de la noche, y he aquí que, bajo un claro de luna, un aterciopelado licántropo se le apareció. Su pelaje era dorado como el oro y sus intensos ojos verdes se asemejaban a las verdes praderas de su amado Olimpo.  
"¡Tú serás mi reproductor!", dijo ella para sí.

Bien entrada la noche, ella hizo brotar una dulce niebla que sumió en un cálido sueño al joven licántropo. Mientras él dormía, ella yacía y amaba con visible pasión a la hermosa criatura de la noche. Nueve meses después nació un ser entre divino y sombrío que encerraba en sus rasgos angelicales un gran poder.

Su divina madre le ocultó su naturaleza divina y oscura por muy buenas razones; debía labrarse un gran porvenir sin hacer uso de sus dones. Pero ante la efigie de su augusta madre, se arrodilló y pidió perdón por no haber sido un buen hijo.

La divina diosa oyó el llanto de su amado hijo y se presentó cual efigie viviente, y le apaciguó diciendo: "Tú jamás serás un mal hijo; eres mi amado retoño, del cual me vanaglorio y me siento orgullosa. Tu porte es semejante al de tu padre y tus preciosos ojos garzos encierran todo el saber de la humanidad. Siempre estaré a tu lado, hijo mío; tu valor será ensalzado por los sabios y tu destino será más grande que todos los dioses juntos. Ahora ve y sé feliz; un día llegará el momento de tu gran despertar."

Continuará...

M. D. Álvarez 

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