Aquella diminuta criaturita lo observaba con ojos de admiración. Sabía que en su silencio había algo más que bondad; él era su padre y ahora debía decidir cómo proceder.
Las dos estaban en peligro, no podía ocultar su terror, no podía escoger; adoraba a las dos.
Se enfrentaba a una horrible decisión: o caía él y salvaba a las dos, o caerían todos. Su corazón sufría desgarradoramente; las amaba más que a su vida.
La pequeña comprendió el dilema de su padre y comenzó a hacer pucheros, extendiendo sus dulces bracitos hacia él.
—Mi vida, no tengas miedo, yo siempre estaré aquí —dijo él, señalando su corazoncito de la pequeña.
La chiquitina se abrazó a su madre, que hasta el momento había permanecido en silencio. Comprendía el cariz que estaba tomando la situación.
Él se agachó con ternura y la besó. Al punto, se erguió y salió a la empalizada, donde le esperaban las más espantosas criaturas.
Luchó con bravura y tesón, pero no logró sobrevivir a las heridas que le infligieron, aunque consiguió que ninguna de aquellas alimañas cruzara los muros de su campamento.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario