jueves, 2 de enero de 2025

El cinturón.

Sus piernas largas y torneadas rodearon mi cintura como un anillo abrasador. Habíamos realizado los preliminares con tanta pasión que estábamos a cien.

Sus labios besaban dulcemente mi cuello. Casi logró que perdiera el control cuando llevó su mano más abajo de la cintura hacia el monte de Venus. ¡Qué desilusión cuando se percató de que llevaba un cinturón de castidad!

¿Y la llave? - pregunté entre jadeo y jadeo. - Al cuello de mi amada - respondió sudorosa.

- ¿Y dónde se encuentra tu dueña? - pregunté cada vez más enojada.

Yo, mientras tanto, la acariciaba suavemente en lugares donde nadie más la había tocado, llevándola a una explosión de éxtasis.

Estaba seguro de que ningún hombre podría satisfacerla tanto como yo.

Sin embargo, su cara reflejaba, además de puro gozo y satisfacción, un gesto de mal humor por no poder quitarme el cinturón. Ni siquiera se percató de que llevaba una pequeña llave al cuello. 

Todas las mañanas, sin falta, se queda dormida y cuando se despierta, se ducha y me deja sola. No regresa hasta la noche.

Os parecerá triste, pero yo la amo desde lo más profundo de mi ser.

M. D. Álvarez

Nota: Este relato es pura ficción y no tiene ninguna conexión con personas reales
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