martes, 21 de enero de 2025

Herencia salvaje.

Sus delicadas orejas peludas se movían con desesperación; trataba de localizar a su madre. Aquella preciosa cría de lince africano gruñía con angustia sin descanso desde su guarida. De pronto, oyó algo que se aproximaba; sus orejas atentas apuntaban hacia adelante.

Corrió al verla aparecer; ella lo había oído gruñir lastimosamente. Lo lamió con ternura y limpió su tierna barriguita mientras él mamaba con fruición. Estaba hambriento y asustado hasta que la vio aparecer. Era una superviviente y una madre anegada; si su cachorro sobrevivía, era gracias a ella.

Siguió lamiéndolo hasta que estuvo segura de que su benjamín estaba limpio de olores, mientras el pequeñín seguía alimentándose.

Lo que no sabía aquel pequeño era que su madre era la última de su especie en libertad y que sus cuatro hermanitos serían el último vestigio salvaje de aquel continente desde el cual partió el primer ser humano a poblar el resto del mundo. Su expansión se hizo tan brutal que llevaría a la extinción a millares de especies, entre las que se encuentra la de nuestro bello caracal, sus cuatro hermanitos y su anegada madre.  

La madre lince observó a su cachorro dormir, su pequeño pecho subiendo y bajando con cada respiración. Una lágrima resbaló por su mejilla, mezclándose con la tierra húmeda. Sabía que su lucha era en vano, que la extinción era inevitable. Pero mientras su cachorro estuviera a salvo, ella seguiría luchando, seguiría siendo la última guardiana de su especie.

M. D. Álvarez

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