El pequeño huroncito, aún tembloroso, se aferró al pelaje de su madre mientras ella lo llevaba con cuidado hacia las tierras altas. Allí, entre las sombras de los altos pastizales, construyó un nido improvisado con hojas secas y musgo. La madre hurón vigilaba atentamente, protegiendo a su cría de cualquier peligro.
Los días pasaron, y el huroncito creció fuerte y curioso. Exploraba su pequeño mundo, saltando entre las rocas y persiguiendo mariposas. Su madre le enseñó a cazar ratones de campo, y juntos compartían sus presas al atardecer.
Una tarde, mientras el sol se ocultaba tras las colinas, el huroncito se aventuró más allá de los límites familiares. Descubrió un arroyo cristalino y se asombró ante los peces que nadaban en sus aguas. Su madre lo miró con cariño y le susurró al oído:
"Recuerda, mi pequeño, siempre regresa a casa. Aquí estaremos esperándote."
Y así, el huroncito aprendió a explorar el mundo sin alejarse demasiado. Cada noche, volvía al nido donde su madre lo esperaba con los ojos brillantes de orgullo. Juntos, compartían historias de aventuras y sueños de un futuro lleno de posibilidades.
La madre hurón sabía que su tiempo con él era limitado. Pero mientras el viento susurraba entre los pastizales y las estrellas brillaban en el cielo, se sentía agradecida por cada momento que compartían. El último de su camada, el pequeño huroncito, había encontrado su lugar en el mundo, y ella estaba dispuesta a protegerlo con todo su ser.
M. D.Álvarez
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