No hacían más que provocarle tirándole piedras y escupitajos. Solo ella los ahuyentaba y trataba de calmarlo y limpiarlo. Ella siempre estaba pendiente, cuidando de él.
Aquella fue la última vez que les permitiría que se burlaran de él; ella era la única que se atrevería a acariciar su peluda cabeza y limpiar su sedoso pelaje.
Estuvo dos años ausente, perdido en el bosque, fortaleciendo su cuerpo. Aunque era pequeño, cuando regresó había pegado un estirón y su cuerpo, antes endeble, se había convertido en un aguerrido y atlético joven hombre lobo.
Estaba exultante de vitalidad; lo primero que hizo fue ir a verla a ella. Cuando lo vio aparecer por el camino del bosque, lo reconoció al instante y corrió hacia él, abrazándolo y besándolo.
Él la cogió de la cintura y la alzó con dulzura, lamió suavemente su mejilla y la depositó suavemente de nuevo en el suelo.
—¿Dónde has estado? —preguntó ella, conmocionada por el gran estirón que había pegado.
—He ido a fortalecer mi cuerpo para que tú no tengas que cuidar de mí, mi dulce guardiana.
Sus orejas se movieron hacia atrás; había detectado un leve crujido y un zumbido que era una piedra que le habían lanzado. Él la cogió y la arrojó en la misma dirección, alcanzando a uno de aquellos que antes se metían con él, acertándole en la misma sesera y dejándolo inconsciente. El resto de los que antes lo humillaban y golpeaban salió corriendo sin mirar atrás.
Mientras, él gruñía de placer cada vez que ella lo acariciaba con mimo y ternura. Deseé que aquel día los dos se divvertian juntos.
M. D. Álvarez
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