Si era voluble, ¿y qué? Le gustaba cambiar de opinión sobre sus andanzas con las chicas, pero aquella preciosidad le había tocado el corazón hasta tal punto que no comentaba ninguno de sus líos amorosos en su presencia.
Sus amigos estaban gratamente sorprendidos por su cambio de actitud. Lo vieron transformarse de un don Juan a un manso corderito que la seguía a todas partes.
El parque estaba bañado por la luz dorada del atardecer. Los árboles susurraban secretos al viento, y las hojas crujían bajo los pies de los paseantes. Allí, en medio de la naturaleza, se encontraron de nuevo.
Ella estaba sentada en un banco, absorta en la lectura de un libro. Su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban con una inteligencia cautivadora. Él se acercó tímidamente, sintiendo el corazón latir con fuerza en su pecho.
—Hola —dijo ella, levantando la vista del libro—. ¿Te gustan los atardeceres?
—Sí, mucho —respondió él, nervioso—. Son como momentos mágicos en los que todo es posible.
Ella sonrió, y en ese instante, algo cambió dentro de él. Ya no era el don Juan que coqueteaba con todas las chicas. Ahora solo quería coquetear con ella.
M. D. Álvarez
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