Él hábilmente levantó sin esfuerzo una enorme viga que había aplastado una pierna a uno de los transeúntes que pasaban por ahí. Ella lo miró con admiración, era un joven apuesto y fornido. Deposito la viga en una zona aledaña. Ella, mientras tanto, le practicó un torniquete al transeúnte que, con cara desencajada, no daba crédito a lo que acababa de acontecerle.
Él siguió levantando cascotes y vigas hasta que ya no quedaba nadie bajo ellos, solo los fallecidos.
Gracias al enigmático joven y a la altruista doctora solo murieron dos personas.
M. D. Álvarez
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