"Sé dónde golpear para no dejar marca", dijo mientras golpeaba a su víctima. Sin aliento, se negaba a delatar a su jefa. Le debía la vida y no la pondría en peligro.
Siguió aguantando los golpes hasta que aquel armario ropero se detuvo. Estaba agotado; golpearle era como golpear un yunque. Aprovechó para incorporarse y encararse con aquel matón del tres al cuarto. Era más hábil que él y lo dejó sin aire de un solo golpe en el plexo solar.
Salió y se dirigió al encuentro con su jefa. La llamó y le dijo que la buscaban. Ella le dijo que se reuniera con ella en la plaza Mayor, así que se dirigió hacia allí.
Continuará...
M. D. Álvarez
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