Su gran estatura y su denso pelaje rojo lo definían como un impetuoso cazador y un aguerrido adversario. Nadie osaba enfrentarse con él, ya que era famoso por no dejar ningún enemigo vivo.
Sus profundos ojos ambarinos escrutaban a sus oponentes y su fino olfato olía el miedo en ellos.
Sus enfrentamientos eran épicos, arrasaba con montañas y ciudades enteras sucumbiendo ante los golpes que efectuaba.
No tenía parangón, nada se le igualaba, todo que se enfrentaba con él moría irremediablemente. Cuando ya no hubo más asaltantes que derrotar, se retiró a un gran y espeso bosque donde campó a sus anchas hasta el final de sus días.
M. D. Álvarez
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