sábado, 8 de febrero de 2025

Rescate en la jungla esmeralda.

Sus increíbles ojos azules lo abarcaban todo. Tenía un solo deseo: encontrarla a ella. Se había perdido en la inmensa jungla de apabullante y sofocante humedad. Las gigantescas hormigas rojas subían por los árboles, persiguiendo a víctimas para llenar su despensa. Los distintos tonos de verde eran exagerados. 

Sabía que lo observaban; había percibido un leve movimiento detrás suyo. Exquibó un pequeño dardo que se clavó en uno de los gigantescos árboles. Su naturaleza salvaje e indómita hizo que agarrara al que lo había atacado: era un homínido de corta estatura que, presa del pánico, se desmayó. 

Percibió el olor a ella en aquella criatura, la ató y esperó a que se despertara. Su aspecto cambió; dejó de ser aquella fiera salvaje. Cuando aquel homínido se despertó y lo vio a él, buscó a aquella fiera. 

Él le mostró una fotografía de ella y él pareció reconocerla. Lo guió hacia un descampado donde se veía humo y cabañas. Todo parecía en calma, pero su naturaleza indómita le advirtió. Su transformación fue... casi instantánea. Dando un susto de muerte al pequeño primate, lo dejó atado y amordazado, y se adentró en el pequeño poblado. 

Vio las cosas de ella en una de las chozas, pero ella no estaba. Vio huellas que se alejaban del poblado y las siguió; lo condujeron a un altar donde estaba ella, ferreamente atada, pero algo iba mal: no había ni rastro de los pequeños homínidos. 

El altar al que estaba encadenada era de tamaño ciclópeo; la estaban ofreciendo como sacrificio, pero a que no iba a esperar a averiguarlo, destrozó las cadenas con sus garras. Ella se agarró a su cuello y comenzó una huida frenética. 

Algo de grandes proporciones se acercaba, derribando los árboles. Él era ágil, iba saltando, esquivando obstáculos hasta que llegó al pequeño poblado. 

Prefirió rodearlo; sus sentidos estaban disparados. Detectó cien homínidos ocultos en las chozas. No tenía ganas de lidiar con aquellos primates; además, seguro que lo que le seguía daría buena cuenta de aquellas satánicas. Ella seguía férreamente agarrada a su cuello. Llegó al lugar de extracción y la dejó suavemente en el suelo.  

—Espérame aquí —dijo él.  

Se adentró en la frondosidad de la jungla, que antes era bulliciosa; ahora no se oía nada en absoluto, solo el retumbar de su corazón y la caída de los árboles desgajados de raíz por un ser del que emanaba un olor nauseabundo. 

Parecía dirigirse al punto de encuentro; debía pararlo o no lograría rescatarla. De pronto, frente a él apareció una criatura pavorosa que era cuatro veces su tamaño. 

No se arredró y le hizo frente; por muy fuerte que fuera, aquella criatura era muy lenta. Su aspecto era del todo aterrador: cuerpo de hormiga roja, patas de tarántula y cabeza de mantis religiosa. 

Él era más ágil y esquivaba todos los ataques, buscando la forma de cercenar la cabeza, hasta que pareció cansarse, cosa que él aprovechó para desgarrar el cuello de la criatura y arrancárselo de cuajo. Terminó con aquel monstruo de pesadilla. Ya podía volver con ella; lo estaba esperando donde él le dijo. Diez minutos después, fueron recogidos por un helicóptero y llevados a la costa.

M. D. Álvarez 

viernes, 7 de febrero de 2025

Una fé férrea. (R. E.C.)

Las obras del convento se iban alargando en el tiempo casi estaban en invierno, sin calefacción ni agua corriente. Las hermanas iban a pasarlo muy mal, pero se negaban a abandonar su amado monasterio. La hermana más joven había recibido la llamada, y si el te llama acudes. 

Mientras tanto, el convento estaba hecho un desastre y la salud de las siete hermanas preocupaba a la madre abadesa. Las ventas de las yemas más deliciosas no daban para pagar las reparaciones. 

Algo se le ocurriría; debía cuidar de su rebaño y de la novicia, que parecía de salud quebradiza, pero de una fe ferrea.

M. D. Álvarez 

El insecto hoja y el gibón.

Aquel hermoso insecto hoja era una verdadera joya de la naturaleza y lo sabía; iba pavoneándose por todos los rincones. Sus vivos colores lo hacían resaltar sobre las demás hojas de verde esmeralda.

Él era un insecto hoja muy especial: sus alas de un vivo color naranja, sus patas de un amarillo chillón y su cabecita de un verdadero color rojo fuego.

Tanto pavonearse, que no se percató de que era observado por un gran gibón que, relamiéndose de gusto, en cuanto pasó cerca de él, lo agarró con alevosía y se lo llevó a la boca; de dos mordiscos lo devoró. Ahí terminó la vida de aquella preciosa joya de la naturaleza, devorada por no ver por dónde iba.

M. D. Álvarez 

jueves, 6 de febrero de 2025

El contendiente.

Aquella pelea tenía algo de retorcido, pues a ella le gustaba coser y curar sus heridas. Siempre le metía en líos que terminaban en auténticas batallas. Sin embargo, aquella vez estuvo a punto de perder. La pelea fue con machetes y puños americanos; su agilidad y destreza evitaron daños mayores, y el otro recibió una paliza de campeonato.

Se conocieron en un encontronazo a la salida del metro. Ella chocó con él, quien, caballerosamente, la ayudó a levantarse, la invitó a tomar un té y comenzaron a hablar de lo divino y de lo humano, terminando en el tema que a ella le gustaba: las peleas. Ella adoraba cuidar de los luchadores. Él tenía muy buena planta como luchador; ella le pidió un favor: que peleara por ella.

Él la miró fijamente, enarcando una ceja. "¿Me pides que pelee por ti?" dijo él, pensativo. "Si acabamos de conocernos hace unos minutos."

"Pero creo que congeniamos," dijo ella con una sonrisa pícara.

Eso lo provocó y le dijo: "¿A quién tengo que zurrar?"

"Al individuo que te está mirando con cara de pocos amigos," dijo ella.

"Retírate, no tardaré nada," dijo mientras se giraba. El individuo era un auténtico armario ropero de 1,90 metros.

Él cogió una de las jarras de cerveza de un litro y se la rompió en la cabeza, dejándolo atontado. "No te levantes si sabes lo que te conviene," le dijo al oído.

El individuo trató de levantarse, pero él ya se había hecho con un taco de billar y se lo partió en la cabeza, dejándolo inconsciente.

Ella lo observó detenidamente mientras él se acercaba a la barra. Su mirada era intensa, casi hipnótica. Tenía unos ojos del color del cielo azul, profundos y enigmáticos. Su cuerpo era el de un atleta, musculoso y ágil. Era evidente que había pasado muchas horas en un gimnasio. Sin embargo, había algo más en él, una oscuridad que se adivinaba tras su apariencia de hombre fuerte. Ella sonrió, intrigada. Este encuentro prometía ser interesante.

M. D. Alvarez 

Amor y redención.

Lo habían inculpado de algo que jamás habría hecho. Lo juzgaron con acusaciones falsas y no tuvieron en cuenta que era un hombre modélico, amigo de sus amigos y un baluarte para la comunidad. Lo encerraron en una prisión inexpugnable, donde seguramente se encontraría con los más aterradores asesinos, violadores, ladrones y pederastas. Pero ninguno osó tocarlo; sabían a qué se enfrentarían si alguien alzaba su mano contra él.

Llevaba 9 meses encerrado y comenzaba a desesperarse. Solo ella iba todas las semanas a verlo; le contaba cómo iba el recurso, pero le ocultó que estaba embarazada. No quería que sufriera por no poder estar con ella cuando más lo necesitaba.

Por fin llegó el día en que quedó libre. Se sintió excitado; por fin estaba libre. Pero al salir, ella no estaba. Uno de sus muchos amigos lo fue a recoger y lo llevó a casa.

—¿Por qué no ha venido ella? —preguntó, visiblemente triste.  

—¿No lo sabes? Bueno, será mejor que te lo explique ella —dijo su amigo, deteniendo el vehículo frente a su casa.  

Llamó a la puerta y esperó, al cabo de unos minutos que le parecieron una eternidad. Ella abrió; su rostro estaba marcado por unas ojeras y muy demacrado.  

Cuando lo vio delante de la puerta, lo abrazó y besó apasionadamente.  

—Mi vida, ¿estás bien? —preguntó él, preocupado.  

—Ahora que estás tú aquí, sí. Ven, siéntate; quiero contarte algo que debí decirte mucho antes —dijo ella con ternura.  —¿Recuerdas la última noche que pasamos juntos?  

—¿Cómo no voy a acordarme? —dijo él, pensativo.  

Ella se levantó y desapareció unos minutos, y volvió con un precioso bebé de ojos azules.  
—Este es el resultado de aquella noche —dijo ella con rostro compungido.  

—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó él, notoriamente feliz. Se levantó y cogió a aquel hermoso bebé. —Siéntate, ahora me toca a mí cuidar de los dos —dijo, mirándola a los ojos; vio que estaba cansada. Desde aquel día no dejó de amarla, cuidarla y consentir todo lo que deseara, tanto a ella como a su hijo.

Los días pasaron y la pequeña familia comenzó a adaptarse a su nueva vida juntos. Él encontró un trabajo que le permitía estar cerca de casa y ayudar con el bebé. Cada noche, después de cenar, se sentaban juntos en el sofá, disfrutando de la tranquilidad que tanto habían anhelado. 

Una tarde, mientras paseaban por el parque, él se detuvo y la miró a los ojos. 

—Gracias por no rendirte nunca —dijo él, con voz emocionada. 

Ella sonrió y le tomó la mano. 

—Siempre supe que volverías a nosotros —respondió, con una mirada llena de amor y esperanza.

M. D. Álvarez 

miércoles, 5 de febrero de 2025

El pato mandarin.

El patito seguía a su madre como un perrillo a su dueño, con admiración y fascinación. Ella lo llevaba con mimo y ternura hacia aguas tranquilas, donde le mostraba cómo bucear para conseguir las más tiernas larvas. 

También le enseñó que, bajo el musgo fresco y húmedo, se encontraban las más gustosas larvas de insecto. El pequeñín fue creciendo bajo los atentos cuidados de su adorada madre. 

Cuando llegó el día en el que debía abandonar el nido, ella lo guió hasta la misma laguna, donde le enseñó a bucear y le mostró lo hermoso que era. Él se vio reflejado por primera vez; vio su suntuoso plumaje de vivos colores. Era la viva imagen de su padre, un verdadero pato mandarín macho.

El patito, ahora consciente de su espléndido plumaje, sintió una mezcla de emoción y nerviosismo. Mientras su madre lo animaba a sumergirse en el agua, él dio un pequeño salto y se zambulló. Al principio, el agua lo envolvió como un abrazo fresco, pero pronto comenzó a sentir la libertad de moverse con gracia.

Buceando bajo la superficie, descubrió un mundo lleno de colores vibrantes y criaturas fascinantes. Los peces danzaban en cardúmenes y las plantas acuáticas se mecián suavemente con el vaivén del agua. Cada vez que emergía, sentía cómo la confianza crecía en su interior.

Un día, mientras exploraba un rincón más profundo de la laguna, se encontró con un grupo de patos mandarines que jugaban alegremente. Intrigado por sus risas y juegos, decidió acercarse. Al instante, se sintió acogido por ellos, como si fueran viejos amigos.

"¡Hola! ¿Eres nuevo aquí?" le preguntó una hermosa patita de brillantes plumas anaranjadas.

"Sí," respondió el patito con timidez. "Estoy aprendiendo a bucear y a disfrutar de este hermoso lugar."

Los nuevos amigos le mostraron trucos para bucear más profundo y cómo jugar en la superficie. Juntos exploraron cada rincón de la laguna, creando recuerdos inolvidables.

Sin embargo, en su corazón siempre llevaba consigo las enseñanzas de su madre: el amor por la naturaleza y la importancia de cuidar de los demás. Así que decidió que siempre compartiría sus aventuras con ella.

M. D.  Álvarez 

domingo, 2 de febrero de 2025

Rh nulo.

Cuando se la encontró tirada en el salón del cuartel general, el corazón le dio un vuelco. Estaba amarilla; la cogió en brazos y la llevó al hospital, donde le dijeron que tenía una insuficiencia hepática y que, si no recibía un trasplante inmediatamente, moriría. Pero su grupo sanguíneo era de los más raros: era Rh nulo o sangre dorada. 

—Pues están de suerte, yo soy un donante universal, puedo donarle parte de mi hígado —dijo él. 

Se acercó a la cama donde ella dormía, le colocó el mechón de pelo y la besó tiernamente en los labios. 

Le dijo: —Estaremos eternamente unidos.

Al concluir la operación, los pusieron a ambos en la misma habitación. Ella se despertó asustada; al verlo, se tranquilizó. 

Sintió una punzada en el abdomen, recordó que estaba en el salón del cuartel general y un dolor espantoso la hizo perder el conocimiento. Él debió encontrarla y traerla al hospital, pero desconocía que tuviera el mismo grupo sanguíneo. ¿Él tenía su mismo grupo sanguíneo? Pensó para sí.

- Descansa o se te saltarán los puntos -dijo él, observándola con ternura desde su cama.

- ¿Somos compatibles? -quiso saber ella.

- Desconocía tu grupo sanguíneo hasta que me fijé en que eras Rh negativo; no había tiempo para despertarte y te doné parte de mi hígado. Deberías haberme dicho que estabas enferma -dijo él con melancolía.

- Si hubieras sabido que estaba enferma, ni te habrías acercado a mí -dijo ella.

- Ni mucho menos, te tendría en palmitas; hubiera cuidado de ti en todo momento -dijo él, incorporándose con cuidado. Se bajó de la cama y se acercó a ti.

- Descansa, todavía estás muy débil -dijo, sentándose en el sillón.  

Se pasó tres días a su lado, cuidando de que no se moviera, y cuando tuvo permiso para caminar, la sacó cogida de su brazo. 

Ella parecía radiante; espectacular a su lado, parecía incluso orgullosa y, a la vez, muy excitada. Lo amaba por todo lo que era y ahora sabía que sería el único que pondría su vida en juego por ella.

Se decidió que, en cuanto les dieran el alta, ella lo llevaría a su casa, donde desatará su pasión desbordante por él.

M. D. Álvarez