viernes, 3 de enero de 2025

La estrella más minúscula.

Él la había llevado al tejado, donde se tendieron y observaron las estrellas. Él le señaló una muy chiquitina y le dijo que había venido de aquella minúscula y casi imperceptible puntito de luz. 

Ella lo miró sorprendida; sabía que era un joven extraño, pero amable y cortés con ella.

Él siguió hablando de cómo había tenido que abandonar su hogar y viajar por el espacio profundo hasta localizar un mundo semejante al suyo en el que rehacer su vida. 

En uno de los muchos mundos en los que percibió vida semejante a la suya, la encontró a ella. Y supo que no tendría que seguir buscando un nuevo hogar; ella sería su hogar. 

M. D. Álvarez 

jueves, 2 de enero de 2025

En las escaleras de caracol.

En aquella escalera de caracol que se dirigía al ático fue donde él se le declaró, y de eso habían pasado ya casi tres meses. Habían fijado la boda para el verano. Se acercaba el gran día y no se le ocurrió a su tío que se casaran en el campanario. Ella, siempre complacida con su querido tío, tuvo que desistir de aquella petición porque en el campanario estaba prohibido oficiar misas.

La víspera de la boda, la niebla se espesó alrededor del campanario. Los lugareños murmuraban sobre el espíritu de una novia despechada, atrapada en el tiempo. 

Aquella noche, él subió la escalera de caracol, decidido a enfrentar el misterio. En la cima, la figura etérea se materializó: la novia abandonada. Sus ojos tristes revelaron secretos oscuros: traiciones, amores prohibidos y promesas rotas. 

El corazón de él se apretó al escuchar la historia. Al bajar, miró a su futura esposa con determinación. No permitiría que su amor sufriera el mismo destino. La boda en el campanario sería su redención. 

M. D. Álvarez  


El cinturón.

Sus piernas largas y torneadas rodearon mi cintura como un anillo abrasador. Habíamos realizado los preliminares con tanta pasión que estábamos a cien.

Sus labios besaban dulcemente mi cuello. Casi logró que perdiera el control cuando llevó su mano más abajo de la cintura hacia el monte de Venus. ¡Qué desilusión cuando se percató de que llevaba un cinturón de castidad!

¿Y la llave? - pregunté entre jadeo y jadeo. - Al cuello de mi amada - respondió sudorosa.

- ¿Y dónde se encuentra tu dueña? - pregunté cada vez más enojada.

Yo, mientras tanto, la acariciaba suavemente en lugares donde nadie más la había tocado, llevándola a una explosión de éxtasis.

Estaba seguro de que ningún hombre podría satisfacerla tanto como yo.

Sin embargo, su cara reflejaba, además de puro gozo y satisfacción, un gesto de mal humor por no poder quitarme el cinturón. Ni siquiera se percató de que llevaba una pequeña llave al cuello. 

Todas las mañanas, sin falta, se queda dormida y cuando se despierta, se ducha y me deja sola. No regresa hasta la noche.

Os parecerá triste, pero yo la amo desde lo más profundo de mi ser.

M. D. Álvarez

Nota: Este relato es pura ficción y no tiene ninguna conexión con personas reales
.

miércoles, 1 de enero de 2025

El pasado y el presente convergen en Tamajón.

Dos monedas de oro eran lo único que tenía de mi abuelita y no iba a dejar que se las quitaran, mucho menos aquellos sabelotodos que decían que eran falsas. Mi abuelita me había dicho que las habían encontrado en un yacimiento prehistórico. 

Cuando me hice mayor, me dediqué al estudio de los fósiles y me olvidé de las dos monedas, pero un buen día, en un enigmático yacimiento, encontré lo que parecía un cofre de plata; sin embargo, no era posible, ya que el yacimiento estaba datado en el jurásico. 

Rebusqué en los papeles de mi abuela para ver de dónde había sacado las monedas; era muy organizada y tenía todo organizado por archivadores. Encontré un archivador que decía "cretácico". 

Hojeé sus apuntes y descubrí dónde encontró las dos monedas de oro: fueron halladas en el mayor yacimiento de fósiles y huellas del cretácico en la ciudad de Tamajón, en Guadalajara, España. 

Me propuse descubrir cómo habían llegado aquellas monedas a aquel yacimiento y, del mismo modo, cómo había podido aparecer un precioso cofre de plata en mi yacimiento del jurásico. 

Mientras exploraba el yacimiento de Tamajón descubrí una fisura en el tiempo , pero no era una grieta cualquiera; es una abertura que conecta el Cretácico con el Jurásico. El aire cambia, y sientes la electricidad en el ambiente.

De repente, aparecen dos figuras: un paleontólogo del Cretácico y un cazador de fósiles del Jurásico. Sus ropas son distintas, y sus expresiones reflejan asombro y confusión. 

El paleontólogo del Cretácico, Dr. Ignacio Velasco, sostiene una libreta de cuero llena de dibujos de dinosaurios. Sus ojos brillan al ver las huellas de cocodrilos y terópodos. “¡Esto es increíble!”, exclama en su antiguo idioma. “Nunca imaginé que vería estas criaturas en vivo”.

El cazador de fósiles del Jurásico, Elena Montenegro, lleva una mochila con herramientas de excavación. Su cabello está lleno de polvo de hueso y su mirada es audaz. “¿Dónde estamos?”, pregunta en su dialecto ancestral. “Esto no se parece a ningún yacimiento que haya explorado”.

Yo, como testigo atemporal, me debato en si es mejor que lo descubran por ellos mismos. Fue entonces cuando me descubrieron. ¿Crees que nos entenderá? —preguntó en lo que parecía un antiguo dialecto norteño.

Hola, soy Estuar Draier —dije en lo que yo creí que se aproximaba a su dialecto.

Se quedaron anonadados. El paleontólogo se acercó temeroso, estudió mi atuendo y mis facciones. Parece que la evolución sigue su curso. "Tenemos que regresar", dijo apesadumbrado.  

—¿Esto les pertenece? —pregunté, mostrándoles las dos monedas de oro y el cofre de plata.  

Sus ojos convergieron en los dos objetos.  
—¿Dónde los encontraste? —preguntó ella, visiblemente emocionada.  

—Aquí, en este mismo yacimiento. Los encontró mi abuela.  

—¿Estás seguro? —preguntó ansiosa.  
—Son las dos que le di a Ana —dijo ella entre dientes.  
Al oír el nombre, me di cuenta de que mi abuela era parte del equipo de estudiosos del pasado. En una de las muchas incursiones, conoció a mi abuelo y se enamoró; no pudo volver.  

—¿Qué le ocurrió a Ana? —preguntó él.  

—Se casó con mi abuelo. Nunca nos dijo de dónde había sacado las monedas. Murió cuando yo era un chiquillo, pero antes de dejarnos, me dijo que las había hallado en un yacimiento prehistórico. Ella sabía que yo descubriría su origen.  

El pasado y el presente convergen en Tamajón, y yo soy el vínculo entre dos mundos.

M. D. Álvarez

martes, 31 de diciembre de 2024

La hierba alta.

Tras haber logrado huir de aquella bestia asesina, volvió con cuidado a la hierba alta donde había dejado ocultos a sus pequeños, que esperaban aterrorizados sin moverse.

En aquel momento, ni se había percatado de la herida que le había hecho aquella cruel criatura; lo percibió cuando se recostó para amamantar a sus bebés. Una punzada de dolor la atravesó de parte a parte.

Tenía que encontrar otro lugar donde ocultar a sus pequeños. Cuando sus chiquitines terminaron de alimentarse, se levantó e hizo que la siguieran. Caminaron dos horas por entre la hierba alta y divisó un gran peñasco con oquedades donde poder descansar y tal vez instalarse.

Cuando llevaban dos meses, oyeron un bramido aterrador; la criatura había vuelto a cobrarse su pieza y no podía permitir que encontrara a sus pequeños; por suerte, ya comían solos. Así que se encaminó a su destino. La fiera la esperaba fuera de la hierba alta, fue misericordiosa y terminó con su dolor: de un certero mordisco le destrozó la tráquea.

M. D. Álvarez

La pasión oculta.

Cuando le regaló aquel libro, no sabía el tipo de efecto que tendría en ella. Él era un lector compulsivo y aquel libro marcó su vida; por eso se lo regaló a la mujer que deseaba. 

El título del libro era "La pasión oculta de Jennifer Adkings". En él se narran las pasiones de dos protagonistas que alcanzan a tocar el corazón de su respectiva pareja. Él había sentido esa misma pasión por ella; sentía que su corazón estallaba de emoción cuando la veía.

Ella se sorprendió cuando él le regaló uno de sus libros favoritos. Lo devoró y, cuando terminó, supo cuánto la quería. Ella llevaba tiempo deseando hablar con él, pero nunca era buen momento, hasta que llegó a la última página del libro. Él había escrito sus sentimientos por ella. Se decidió y fue hasta su casa, llamó y él le abrió la puerta. 

"No sabía que tenías sentimientos tan profundos por mí", dijo ella, ruborizándose. 

"Pasa y charlamos un poco", dijo él, tendiéndole la mano e invitándola a pasar. La invitó a un café. 

Mientras charlaban, fueron surgiendo sentimientos que habían tratado de reprimir; los dos, sus corazones latían al unísono y parecían estallar de júbilo cada vez que se veían. 

Terminaron una agradable velada cuando él la acompañó a su casa. Ella le besó apasionadamente y le invitó a entrar; él cortésmente declinó su invitación.

 "Mejor lo dejamos para otro día", dijo él con una pícara sonrisa.


Después de aquel apasionado beso en la puerta de su casa, ella sonrió y asintió. "Otro día, entonces", dijo con complicidad. 

Él se alejó, pero no sin antes mirarla una última vez, como si quisiera grabar su imagen en su mente.

Los días siguientes fueron una mezcla de ansiedad y emoción. Se enviaron mensajes, compartieron más libros y pasearon juntos por el parque. 

Cada encuentro era como un capítulo nuevo en su historia. Descubrieron que tenían más en común de lo que imaginaban: la música, las películas, incluso sus sueños más profundos.

Una tarde, mientras caminaban junto al río, él la tomó de la mano y la miró a los ojos. "¿Sabes?", dijo, "este libro que te regalé... también habla de segundas oportunidades". Ella sonrió, sabiendo que él se refería a ellos dos.

Se detuvieron en un puente de piedra, el sol poniéndose detrás de ellos. Él la abrazó y sus labios se encontraron en un beso dulce y apasionado. El mundo desapareció a su alrededor, y solo existían ellos dos.

Desde entonces, cada página de su historia estaba escrita con letras de amor. Se convirtieron en cómplices, amantes y amigos. 

El libro que los unió se convirtió en su tesoro más preciado, y su pasión, en un fuego que nunca se extinguiría.

Y así, entre risas, lágrimas y aventuras compartidas, su historia continuó. Porque a veces, los libros no solo nos transportan a otros mundos, sino que también nos guían hacia el amor verdadero.


M. D. Álvarez 

Misterio en el bosque sombrío.

Tan solo lo habían perdido de vista una fracción de segundo y no se percataron de su desaparición hasta dos horas después, cuando ella fue a llevarle algo de comer.

Volvió corriendo donde los demás para avisarles y comenzar la búsqueda de su líder. Desandaron el sendero por el que los había guiado sin encontrar sus huellas. Ella sabía que algo le había pasado; no era normal que los abandonara en medio de una misión.

Decidieron separarse para inspeccionar más terreno. Ella se adentró en el bosque, donde halló un claro sombrío. Cuando se dio la vuelta, un dantesco e infernal hombre lobo la observaba con mirada furiosa.

Cuando ella intentó echar a correr, aquel bestial hombre lobo se lanzó contra ella, pero en el último segundo su compañero se interpuso entre ella y aquel salvaje licántropo.

Lucharon los dos; él fue herido de un mordisco en el hombro, pero logró zafarse y, con las dos manos, desencajó las mandíbulas de tan aterradora criatura. Después, le destrozó la yugular de un certero mordisco y arrojó al espeluznante hombre lobo lejos.  

—¿Estás bien?—preguntó él al ver la expresión de terror de ella.  

—Estás perdiendo mucha sangre—dijo ella cuando se percató de que le ofrecía su mano para levantarla.

La sangre manaba de la herida en su hombro, y él luchaba por mantenerse en pie. A pesar del dolor, su mente seguía aferrada a la extraña criatura que habían enfrentado. ¿Un hombre lobo? No, eso era demasiado simplista. Había algo más, algo que desafiaba las leyes naturales.

Ella lo ayudó a sentarse en una roca cercana. Su mirada se desvió hacia el claro sombrío donde habían combatido al monstruo. Los árboles parecían retorcerse, como si estuvieran susurrando secretos ancestrales. El viento soplaba con una cadencia inquietante, como si llevara consigo ecos de otro mundo.

—¿Qué era eso? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.

Él apretó los dientes, tratando de ignorar el dolor. Había estudiado criptozoología durante años, pero nada en sus libros se parecía a lo que habían enfrentado. La criatura tenía garras afiladas como cuchillas, ojos amarillos que parecían arder con una inteligencia maligna y una fuerza sobrenatural.

—No lo sé —respondió él—. Pero no es natural. No puede serlo.

Ella frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?

—Las leyes de la biología no se aplican aquí —dijo él—. La anatomía de esa criatura... no tiene sentido. Sus músculos, sus huesos, todo está fuera de lugar. Como si hubiera sido diseñada por alguien, algo.

Ella se estremeció. —¿Diseñada? ¿Por quién?

Él miró a su alrededor, como si esperara encontrar respuestas en las sombras. —No lo sé. Pero hay algo más en juego aquí. Algo que va más allá de nuestra comprensión.

La sangre seguía fluyendo, y él sabía que no tenía mucho tiempo. Debían encontrar respuestas antes de que la criatura regresara. Pero, ¿cómo? ¿Dónde buscar?

—Tenemos que volver al campamento —dijo ella—. Contarles lo que hemos visto.

Él asintió. Pero mientras se ponía de pie, una idea se formó en su mente. Una idea que lo llenó de temor y fascinación.

—Hay un lugar —dijo—. Un antiguo monasterio en las montañas. Allí estudian fenómenos inexplicables. Tal vez puedan ayudarnos.

Ella lo miró con ojos decididos. —Entonces vamos. Pero no podemos permitir que nadie más se enfrente a esa criatura. No sabemos qué es capaz de hacer.

Asintieron en silencio y se adentraron en el bosque, siguiendo el rastro de sangre que marcaba su camino. Detrás de ellos, el claro sombrío parecía latir con una vida propia, como si estuviera esperando su regreso.

El misterio los envolvía, y la ciencia se mezclaba con la superstición. Pero estaban dispuestos a descubrir la verdad, aunque eso significara enfrentarse a lo inimaginable.

Siguiendo el rastro de la aterradora criatura, los llevó a otro claro en el bosque, donde encontraron el cuerpo sin vida de la dantesca criatura, con las mandíbulas desencajadas y el mordisco en la yugular que él le dio. Su pérdida de sangre terminó por aniquilar a aquella bestia. 

Ella había logrado restañar las heridas con un pequeño rayo láser. 

Él, aún dolorido, se agachó junto a la pavorosa criatura, observó los rasgos lóbulo y sus férreas garras; efectivamente, era un hombre lobo, pero no seguía las leyes que rigen a los hombres lobo, ya que los atacó de día, sin el influjo de la luna llena.

Observó más detenidamente y descubrió serias heridas parecidas a las que le infligió a él. Había algo aterrador en aquella enigmática bestia y en él sufría una aterradora transformación en una salvaje criatura. No podía permitir que nadie estuviera cerca de él. Sintió que algo iba mal; su hombro palpitaba y en su interior algo se debatía por salir. Tenía que alejarse de ella cuanto antes. Debía advertirla.  

"Será mejor que vuelvas al campamento", dijo él sin girarse. "Yo me encargaré de sepultar a esta bestia."  

"Pero has perdido mucha sangre y apenas has comido", arguyó ella, sabiendo que su compañero pasaba por un momento crítico.  

"He dicho que vuelvas. Me reuniré con vosotros en breve", atajó secamente.  

"Bueno. No tardes mucho, esta anocheciendo", se resignó ella.

Al sepultar al hombre lobo, él sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. El cuerpo de la criatura aún emanaba un calor extraño, y sus garras, afiladas como navajas, parecían clavarse en su piel. Una sensación de hormigueo se apoderó de él, extendiéndose desde el hombro herido hasta todo su cuerpo. Los latidos de su corazón se aceleraron, y sus ojos comenzaron a brillar con una luz amarillenta. Luchó contra la transformación, pero era en vano. Con un rugido gutural, se dejó llevar por la oscuridad, adentrándose aún más en lo más profundo del bosque, saciando su sed de sangre con ciervos y osos. 

De pronto, percibió un olor que lo atraía inexorablemente en dirección al campamento donde estaban sus compañeros y ella. Era su olor lo que lo atraía. Luchaba por resistirse, pero su cuerpo obedecía a un deseo ancestral y atávico.

De vuelta en el campamento Ella esperó, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. A medida que el sol comenzó a descender, proyectando largas y espeluznantes sombras sobre el bosque, su ansiedad creció. Como él aún no había regresado, decidió salir a buscarlo. 

El bosque parecía volverse más oscuro y amenazador con cada paso que daba. Ella gritó su nombre y su voz resonó entre los árboles. No hubo respuesta. Sólo el inquietante aullido de un lobo en la distancia. 

Un escalofrío recorrió su espalda. Ella conocía ese sonido. Fue él. Se apresuró a regresar al campamento, con la mente acelerada. Tenía que advertir a los demás. Pero antes de que pudiera alcanzar a los demás, lo vio. 

Estaba parado en el borde del claro, sus ojos brillaban con un color amarillo amenazador. Sus dientes estaban al descubierto en un gruñido salvaje. Ella gritó y corrió, pero él era demasiado rápido. Él la atrapó y la arrojó al suelo. 

Cuando se abalanzó sobre ella, los demás corrieron en su ayuda. Lucharon valientemente, pero no fueron rival para la criatura. Uno a uno, cayeron y sus gritos resonaron en la noche. 

Justo cuando parecía que se había perdido toda esperanza, una figura surgió de las sombras. Era un anciano, vestido con una larga túnica negra. Llevaba un bastón que brillaba con una luz de otro mundo. Levantó su bastón y apuntó al hombre lobo. La criatura aulló de dolor y se retiró a la oscuridad. 

"¿Quién eres?" ella jadeó. 

"Soy el guardián de este bosque", respondió el anciano. "Lo he estado vigilando durante siglos. He visto muchas criaturas como ésta. Son producto de magia antigua, una fuerza oscura que busca corromper el mundo". 

"¿Puedes ayudarnos?" ella suplicó. 

"Puedo intentarlo", dijo. "Pero no será fácil. Esta criatura es poderosa y antigua. Se necesitarán todas nuestras fuerzas para derrotarla". 

El anciano los llevó a un templo escondido en lo profundo del bosque. Allí descubrieron textos antiguos que contaban la historia de los hombres lobo y la profecía que predijo su regreso. 

Según la profecía, sólo un elegido podría derrotar al rey hombre lobo. Mientras leían los textos, se dieron cuenta de que el rey hombre lobo no era sólo un monstruo, sino una figura trágica. Había sido maldecido por un poderoso hechicero y condenado a vivir como una bestia. 

Con renovada determinación, se propusieron encontrar al rey hombre lobo y romper la maldición. Pero sabían que su viaje estaría lleno de peligros. El bosque estaba lleno de oscuros secretos y el rey hombre lobo no era la única amenaza a la que se enfrentaban.

Se aventuraron más profundamente en el bosque, con los textos antiguos agarrados con fuerza en sus manos. El aire se volvió espeso por la humedad y las nudosas ramas de los árboles parecían extenderse como dedos esqueléticos. 

Tembló, no sólo por el frío sino por un presentimiento que la carcomía. El bosque se sentía diferente ahora, lleno de una energía malévola. El anciano, su guía y protector, se detuvo abruptamente. Levantó una mano, silenciándolos. Señaló un claro más adelante, donde se encontraba una figura solitaria bañada por la luz de la luna. Era el rey hombre lobo. Era más alto y más musculoso que cualquier criatura que hubieran visto jamás. Su pelaje era del color de la noche y sus ojos brillaban con una luz infernal. Volvió la cabeza hacia ellos y un gruñido grave salió de su garganta. El suelo tembló bajo sus pies. Ella sabía que esto era todo. 

Pero desde la espesura del bosque salió él con una furia salvaje y, aún en inferioridad de condiciones, le hizo frente lanzándose en un ataque brutal y casi suicida. Había logrado controlar su cuerpo; ahora era uno con el lobo y nada podría detenerlo. Su pelea fue épica y salvaje, aunque le doblaba en estatura y musculatura, él era más rápido y más inteligente. El anciano la alejó de allí; sabía que sería una batalla dantesca y brutal y que solo quedaría uno vivo. Ella se resistió a dejarle solo, pero accedió a alejarse, sabía que él era mucho más fuerte y rápido. 

Por todo el bosque se oían los aullidos y gruñidos a cada embestida de las dos criaturas. El rey hombre lobo parecía inagotable, pero él luchaba con una determinación inquebrantable; nada lo detendría. En el último golpe logró desequilibrarlo y arrojarlo al suelo, destrozándolo con sus garras y arrancándole la garganta de un poderoso mordisco.

Sintió que le invadía una serenidad indescriptible, pero sus heridas eran demasiado graves y cayó rendido. Un sueño lo invadió, pero antes de quedarse dormido, la vio correr en su dirección.  

El anciano y ella lo transportaron al templo donde, a pesar de la gravedad de sus heridas, lograron mantenerlo con vida. Había derrotado al rey hombre lobo y su naturaleza humana regresó.

Después de una larga convalecencia, el protagonista se recuperó por completo de sus heridas. Sin embargo, algo había cambiado en él. Una conexión profunda con el bosque y sus criaturas lo había marcado para siempre. Con la ayuda del anciano y ella, fundaron un santuario en el corazón del bosque, un lugar donde humanos y criaturas sobrenaturales pudieran coexistir en armonía.

El santuario se convirtió en un refugio para aquellos que buscaban sanación y conocimiento. Los antiguos textos del monasterio, junto con la sabiduría del anciano, fueron estudiados y traducidos, revelando secretos sobre la magia y las criaturas que habitaban el bosque. El protagonista, ahora un líder respetado, dedicó su vida a proteger este lugar y a comprender las fuerzas que lo habían moldeado.

Con el tiempo, se descubrió que la maldición del hombre lobo era solo una parte de un ciclo mucho más antiguo y complejo. El bosque mismo era una entidad viviente, con una historia que se remontaba a los albores de los tiempos. Y él, en su búsqueda de respuestas, se convirtió en un puente entre el mundo humano y el mundo natural.

M. D. Álvarez