Cuando apareció, su presencia iluminó el lugar. Con una sonrisa cálida, empezó a tocar una melodía suave que hizo vibrar los corazones de las jóvenes. Cada nota era un susurro de libertad, un recordatorio de que la vida estaba llena de belleza más allá de los muros del convento.
—Espero que hayan disfrutado del concierto,— dijo, viendo sus caras de éxtasis. La música las escitaba con cada nota del violonchelo; las elevaba místicamente.
M. D. Álvarez
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