Lo habían inculpado de algo que jamás habría hecho. Lo juzgaron con acusaciones falsas y no tuvieron en cuenta que era un hombre modélico, amigo de sus amigos y un baluarte para la comunidad. Lo encerraron en una prisión inexpugnable, donde seguramente se encontraría con los más aterradores asesinos, violadores, ladrones y pederastas. Pero ninguno osó tocarlo; sabían a qué se enfrentarían si alguien alzaba su mano contra él.
Llevaba 9 meses encerrado y comenzaba a desesperarse. Solo ella iba todas las semanas a verlo; le contaba cómo iba el recurso, pero le ocultó que estaba embarazada. No quería que sufriera por no poder estar con ella cuando más lo necesitaba.
Por fin llegó el día en que quedó libre. Se sintió excitado; por fin estaba libre. Pero al salir, ella no estaba. Uno de sus muchos amigos lo fue a recoger y lo llevó a casa.
—¿Por qué no ha venido ella? —preguntó, visiblemente triste.
—¿No lo sabes? Bueno, será mejor que te lo explique ella —dijo su amigo, deteniendo el vehículo frente a su casa.
Llamó a la puerta y esperó, al cabo de unos minutos que le parecieron una eternidad. Ella abrió; su rostro estaba marcado por unas ojeras y muy demacrado.
Cuando lo vio delante de la puerta, lo abrazó y besó apasionadamente.
—Mi vida, ¿estás bien? —preguntó él, preocupado.
—Ahora que estás tú aquí, sí. Ven, siéntate; quiero contarte algo que debí decirte mucho antes —dijo ella con ternura. —¿Recuerdas la última noche que pasamos juntos?
—¿Cómo no voy a acordarme? —dijo él, pensativo.
Ella se levantó y desapareció unos minutos, y volvió con un precioso bebé de ojos azules.
—Este es el resultado de aquella noche —dijo ella con rostro compungido.
—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó él, notoriamente feliz. Se levantó y cogió a aquel hermoso bebé. —Siéntate, ahora me toca a mí cuidar de los dos —dijo, mirándola a los ojos; vio que estaba cansada. Desde aquel día no dejó de amarla, cuidarla y consentir todo lo que deseara, tanto a ella como a su hijo.
Los días pasaron y la pequeña familia comenzó a adaptarse a su nueva vida juntos. Él encontró un trabajo que le permitía estar cerca de casa y ayudar con el bebé. Cada noche, después de cenar, se sentaban juntos en el sofá, disfrutando de la tranquilidad que tanto habían anhelado.
Una tarde, mientras paseaban por el parque, él se detuvo y la miró a los ojos.
—Gracias por no rendirte nunca —dijo él, con voz emocionada.
Ella sonrió y le tomó la mano.
—Siempre supe que volverías a nosotros —respondió, con una mirada llena de amor y esperanza.
M. D. Álvarez
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