Lo sabía por experiencia propia; cuando intentó atravesar una de las paredes tapiadas, se llevó como suvenir unas cuantas astillas clavadas en su fornido hombro.
Aunque lo que encontró al otro lado de la pared le sobresaltó de sobremanera, haciendo que retrocediera asustado. Sin embargo, la curiosidad le pudo y, al volver a bajar al subsuelo, siguió avanzando por los conductos hasta que llegó al final de aquel intrincado laberinto, donde se encontró frente a frente con una criatura hermosa pero oscura.
Cuando lo descubrió, se lanzó sobre él, mordiéndole la yugular; no lo desangró del todo, sino que lo convirtió en su eterna pareja.
Os preguntaréis qué había en la habitación que él abrió y que tanto le asustó. Era una sala de torturas donde los incautos que caían en el laberinto eran torturados y desangrados hasta morir a manos de ella, la única criatura oscura que quedaba sobre la faz de la tierra.
Bueno, ahora somos dos seres oscuros que nos amamos apasionadamente en la oscuridad eterna.
M. D. Álvarez
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