Ella era estudiante de Artes Visuales con orientación en Escultura. Su pasión eran las gárgolas; había visto un bloque de caliza donde solo ella podía ver una escultural gárgola con forma de hombre lobo. Sus formas musculosas y atléticas serían su trabajo de fin de carrera.
Cuando concluyó su obra, se sintió tentada a besarlo; era perfecto. Se fue a dormir y soñó con su creación, que tomaba vida y la poseía plácidamente, lamiendo todo su cuerpo con ternura. Súbitamente, se despertó y fue corriendo a su taller; no estaba, había desaparecido.
Se sintió avergonzada por tener pensamientos libidinosos sobre su obra, pero deseaba encontrar su gárgola. Desesperada por encontrarlo, decidió regresar al taller al amanecer. La luz del sol se filtraba a través de las ventanas, iluminando su obra con un brillo cálido. La caliza, aún fresca, parecía susurrarle secretos anhelantes. Se acercó al lugar donde estaba la hermosa figura en la que había trabajado, y el eco de sus sueños la envolvió.
Esa noche, exhausta pero emocionada, se quedó dormida en el taller. En sus sueños, vio a su gárgola materializarse ante ella, tan real como nunca antes. Esta vez, no solo la miraba; extendía sus brazos y la envolvía en un abrazo cálido. Ella podía sentir el latido de su corazón tallado en piedra, y en ese instante comprendió que había creado algo más que una escultura: había dado vida a su deseo más profundo.
Al despertar, sintió una mezcla de tristeza y esperanza. Pero cuando abrió los ojos, allí estaba él: su gárgola, no solo como una figura esculpida, sino con un brillo en sus ojos que reflejaba su propia pasión y anhelo. Ella sonrió, comprendiendo que no era solo una obra de arte; era parte de ella misma.
Decidió que no podía dejarlo ir nuevamente. Así que lo abrazó con fuerza y le susurró: "No te perderé otra vez". En ese momento mágico, ambos se sintieron completos: ella como artista y él como su creación viviente.
M. D. Álvarez
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