En aquel impresionante castillo se hallaba oculto el mayor tesoro de todos: el corazón más puro y apasionado de todos los habitantes de Lurghan.
Estaba siendo atacado para conquistar el premio: la princesa de corazón puro, quien, al casarse con ella, gobernaría el mundo de Lurghan. Pero ella contaba con un gallardo y valiente guardián que la protegería de ser secuestrada.
Ella era su bastión; desde que era pequeño, lo modelaron para ser un fiero guardián, pero para ella era algo más: era su amigo y protector, manso y servicial con ella, aterrador para los que trataban de conquistar el castillo.
Cada noche, cuando todo el mundo dormía, él se dedicaba a sabotear las filas de catapultas y a diezmar las tropas enemigas, pues para él no había más honor que el de proteger a su princesa.
Ella lo curaba cuando él llegaba herido de las escaramuzas. Limpiaba y cosía sus heridas con ternura y dedicación. Si no hubiera nacido noble, él sería su pareja perfecta.
De pronto, una idea pasó por su cabeza y se propuso llevarla a cabo. Se reunió con sus padres y les propuso renunciar a su título. Ellos, en un principio, se negaron, pero sabían que era la decisión correcta. Era lo suficientemente inteligente para buscar una pareja acorde a su nueva posición; así lograría mantener su mundo a salvo.
Ella ya tenía a su futura pareja en ciernes y se lo comunicó a sus padres.
—¿El guardián? —rugió su padre.
Ella lo calmó diciendo que no la había tocado de forma indecorosa e inapropiada; siempre había cuidado de ella.
La reina le dio su bendición diciéndole: "Sé feliz, hija mía. Él es alguien muy peculiar; fue criado para protegerte y estoy segura de que te hará feliz. Te colmará de atenciones y sabrá satisfacer tus anhelos y necesidades."
Ella hizo una reverencia a sus padres y fue a buscar a su amado guardián. Lo encontró en los jardines, tumbado sobre el césped. Lo besó con ternura y pasión.
—Ya está hecho, mi amor. Somos libres para vivir juntos —dijo ella con dulzura.
M. D. Álvarez
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