lunes, 10 de febrero de 2025

Salvajes.

Ella sabía que él volvería por ella y la rescataría de aquella caterva de maleantes. Tenía que resistirse, pero no sabía cuánto más podría soportar los abusos a los que la estaban sometiendo. Ella sabía que él se lo haría pagar a todos y cada uno que hubiera mancillado su cuerpo. Debía someterse si no deseaba que la maltrataran salvajemente.

Aquella mala bestia la golpeó, obligándola a ponerse a cuatro patas. Cuando iba a penetrarla, sintió que algo lo separaba.  

- Si le pones un dedo encima, te los corto -oyó cómo le decía, jalándolo de la cabeza y arrastrándolo lejos de ella. 

Había llegado, por fin, y no iba a dejar a ninguno vivo. Lo que ocurrió solo pudo imaginárselo, pues ella perdió el conocimiento. La furia desatada de él estaba más que justificada: destrozó, decapitó, arrancó miembros en un acto de brutalidad justificada. Ellos habían abusado de ella salvajemente. No merecían su perdón. 

De pronto, sintió cómo la recogía con mimo y ternura y la sacaba de aquel infierno.


Al despertar, se encontró en una cama suave, envuelta en una manta cálida. La habitación era sencilla pero acogedora, un refugio seguro. Su cuerpo dolía, pero su alma estaba en paz. Él estaba a su lado, acariciando su cabello con infinita ternura. Sus ojos, llenos de amor y preocupación, la miraban fijamente.

En ese momento, comprendió que había encontrado no solo a su salvador, sino al amor de su vida. Juntos, empezarían a sanar las heridas del pasado. Sin embargo, las pesadillas la atormentarían por las noches, recordándole la brutalidad a la que había sido sometida. 

Pero él siempre estaría allí para reconfortarla, para susurrarle palabras de aliento y hacerla sentir segura. Y aunque las cicatrices físicas y emocionales tardarían en desaparecer, el amor que compartían sería más fuerte que cualquier oscuridad.

M. D. Álvarez 

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