Había perdido las ganas de vivir; nada lo ataba a este mundo; solo la mera mención de su nombre le destrozaba. Sus amigos ya no sabían cómo animarle; intentaban sacarlo de su encierro, pero nada lo animaba.
Así que decidió abandonar el hogar donde tanto la amó y se adentró en la selva buscando terminar con su vida para reunirse con su amada al otro lado, donde sabía que lo esperaba anhelante.
Se sentó bajo una ceiba y esperó la muerte; añoraba su tacto y sus caricias. Cuando abandonó este mundo, allí estaba su adorada, su amada, esperándolo con los brazos abiertos.
M. D. Álvarez
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