Con una rama y parte de su chaqueta enrollada, fabricó una antorcha que les sirvió para iluminar aquella gruta. Les había alcanzado una tromba; ella llevaba una caja de cerillas que mantuvo secas.
Él la guió hacia una de las cuevas que hacía un par de días había descubierto y explorado. Ella le entregó las cerillas y él prendió la tea, se la entregó y le dijo: "Espera un momento aquí", y se adentró en la cueva, donde había una gran cantidad de ramas secas. Volvió cinco minutos después con varias ramas robustas y ramitas.
Primero hizo un pequeño montoncito de ramas y las encendió con la antorcha. Cuando el fuego prendió, puso cuatro troncos sobre las llamas. Ella estaba helada.
"""Será mejor que te quites la ropa mojada y te calientes cerca del fuego", dijo él con una leve sonrisa. Él llevaba en su mochila una gran manta que colocó a modo de cortina para que ella dispusiera de algo de intimidad. Preparó una cama con paja y puso seis piedras lisas bajo las brasas. Cuando estuvieron calientes, pero no lo suficientemente calientes para quemarla, las puso bajo el lecho de paja.
"Puedes coger la manta y acostarte aquí; yo haré la guardia." Ella aprovechó el momento, se recostó sobre el lecho que él había preparado, se cubrió con la manta y se durmió; pero no fue un sueño apacible, sino que se despertó sobresaltada.
Él seguía haciendo guardia. Ella no pudo reprimir un deseo y se acercó a él, envolviéndose juntos en la manta. Comenzó a besarlo y a acariciarlo dulcemente.
Él sabía que los seguían y que, si los encontraban, los matarían. La besó con ternura, la llevó de nuevo al lecho, la cubrió con la manta y le dijo: "Nos siguen, pero no permitiré que te hagan daño." Se volvió y arrojó un par de leños más a la hoguera y continuó con la vigilancia. A la mañana siguiente, las lluvias habían terminado; el sol lucía en lo alto cuando ella se despertó.
En la hoguera había una cafetera y una taza al lado, pero no había rastro de él. Se preocupó; casi abandonaba la seguridad de la cueva, pero algo la mantenía dentro: él volvería por ella. Oyó ruidos, permaneció dentro; un crujido y los pasos cesaron. Apareció él en la entrada. "Debemos irnos, se acercan", dijo al verla. Ella le sirvió un café y se dio cuenta de que, al lado de la taza, había una gran cantidad de frutos silvestres, dulces como la miel.
"Es tu desayuno. Tómate el café y come. Cuando hayas terminado, nos iremos", dijo él tranquilamente.
Cuando terminó de desayunar, se dirigió a la entrada de la cueva.
—¿Dónde vas? —preguntó él.
—¿No nos vamos? —preguntó ella.
—Sí, pero no por ahí. He explorado estas cuevas y están intercomunicadas. Iremos por aquí; había fabricado diez antorchas.
Se adentraron en las profundidades de la gruta, iluminada con una antorcha que no reflejaba la hermosura que guardaba. Él se detuvo y apagó la tea.
"Mira", le dijo, y le mostró una maravillosa luminosidad azul.
Por eso, esta cueva recibe el nombre de "Cueva Azul". Sus dimensiones eran inmensas; la gruta estaba abovedada con enormes estalagmitas y estalactitas de las que manaba una tenue luminosidad azul.
"Es una preciosidad", dijo ella, maravillada.
Siguieron avanzando entre recovecos y oquedades hasta que él localizó el ramal por donde lograría ponerla a salvo.
Mientras exploran la cueva azul, la pareja se encuentra con una enorme serpiente con escamas iridiscentes que brillan con la luz azul. La serpiente, una criatura ancestral conocida como una serpiente arcoíris, es la guardiana de la cueva.
Al principio, la serpiente se muestra hostil, pero después de un enfrentamiento, la pareja logra comunicarse con ella telepáticamente. La serpiente les revela que la cueva es un portal hacia otro mundo y que ellos han sido elegidos para cumplir una profecía.
M. D. Álvarez
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