—Lo logramos —dijo él, con la voz llena de emoción. Miró a su compañera, cuyos ojos brillaban con una mezcla de miedo y emoción. Se habían enfrentado a la muerte juntos y su vínculo se había profundizado de una manera que ninguno de los dos había previsto.
Los otros dos miembros del grupo, aunque inicialmente aturdidos, se recuperaron rápidamente. Comenzaron a explorar su nuevo entorno, y su curiosidad despertó ante las extrañas y maravillosas vistas.
Él y ella los observaron, con el corazón lleno de una sensación de logro. A medida que los días se convirtieron en semanas, se adaptaron a su nuevo hogar. Aprendieron a cazar animales locales, recolectar plantas comestibles y construir un refugio. Él, con sus agudas habilidades de supervivencia, les enseñó a navegar por la densa jungla y evitar las peligrosas criaturas que acechaban en su interior.
Pero su idílica existencia pronto se vio interrumpida. Una nueva amenaza surgió de las profundidades de la jungla: una tribu de nativos hostiles, ferozmente protectores de su territorio. El grupo se vio atrapado en un conflicto que no había buscado y se vio obligado a defender su nuevo hogar.
El enfrentamiento fue feroz; la tribu era numerosa y no parecía desistir. Él, en un alarde de serenidad, alzó las manos y ordenó a sus acompañantes que depusieran las armas. Uno de los que estaba más cerca de él llamó a su líder. Era un guerrero grande y aterrador.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó ella, sabiendo lo que él estaba pertreñando.
—Lo voy a retar a un combate individual —dijo él, mirando fijamente a aquel mastodonte. Lo estudiaba con meticulosidad.
El gigante era grande y fuerte, pero muy lento. Utilizaría la velocidad y la inteligencia para derrotar a aquel monstruo. Tan solo le hizo falta dos movimientos y el guerrero estaba arrodillado y sometido a su voluntad.
El resto de la tribu se vio asustada ante aquel hombre que había logrado derrotar a su mejor guerrero.
El gobernante de la tribu decidió cederles una de las mejores regiones de su vasto territorio.
M. D. Álvarez
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