Desde hace unos días, no había bajado a ejercitar sus katas en el río que había sido represado por dos presas tradicionales. El agua lo cubría por completo; él se sentaba en el fondo, concentrándose, y lograba aguantar 20 minutos bajo el agua. Sus movimientos debían ser precisos y controlados. Cuando lograba controlar su técnica, era cuando salía a la superficie y ella lo esperaba con una toalla. Pero hacía varios días que no bajaba y ella se preocupó; dudaba si ir a buscarlo o esperar a que apareciera.
Prefirió subir a buscarlo. En su casa, lo encontró inconsciente, tirado en la cama. Llamó a una ambulancia que llegó enseguida y lo acompañó al hospital, donde le dijeron que no debía forzar tanto los pulmones. Si seguía efectuando los entrenamientos bajo el agua, no se hacían responsables de que sobreviviera.
Ella permaneció a su lado mientras estuvo entubado e inconsciente.
Después de varios días en el hospital, él finalmente abrió los ojos. La luz blanca y brillante de la habitación lo cegó momentáneamente, pero pronto enfocó su mirada en ella, que estaba sentada a su lado, con los ojos llenos de lágrimas de alivio.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz ronca.
—Te encontré inconsciente en casa. Los médicos dijeron que no deberías forzar tanto tus pulmones —respondió ella, tomando su mano con suavidad.
Él asintió lentamente, recordando sus entrenamientos bajo el agua. Sabía que había llevado su cuerpo al límite, pero no se había dado cuenta de lo peligroso que era.
—Lo siento —murmuró—. No quería preocuparte.
—Lo importante es que estás bien ahora —dijo ella, acariciando su mejilla—. Pero tienes que prometerme que no volverás a hacer algo tan arriesgado.
Él la miró a los ojos y asintió.
—Lo prometo.
Con el tiempo, él encontró nuevas formas de entrenar que no pusieran en riesgo su vida. Aunque extrañaba la sensación de estar bajo el agua, sabía que su salud y su vida eran más importantes. Y ella siempre estuvo a su lado, apoyándolo en cada paso del camino.
M. D. Álvarez
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