Aquella pelea tenía algo de retorcido, pues a ella le gustaba coser y curar sus heridas. Siempre le metía en líos que terminaban en auténticas batallas. Sin embargo, aquella vez estuvo a punto de perder. La pelea fue con machetes y puños americanos; su agilidad y destreza evitaron daños mayores, y el otro recibió una paliza de campeonato.
Se conocieron en un encontronazo a la salida del metro. Ella chocó con él, quien, caballerosamente, la ayudó a levantarse, la invitó a tomar un té y comenzaron a hablar de lo divino y de lo humano, terminando en el tema que a ella le gustaba: las peleas. Ella adoraba cuidar de los luchadores. Él tenía muy buena planta como luchador; ella le pidió un favor: que peleara por ella.
Él la miró fijamente, enarcando una ceja. "¿Me pides que pelee por ti?" dijo él, pensativo. "Si acabamos de conocernos hace unos minutos."
"Pero creo que congeniamos," dijo ella con una sonrisa pícara.
Eso lo provocó y le dijo: "¿A quién tengo que zurrar?"
"Al individuo que te está mirando con cara de pocos amigos," dijo ella.
"Retírate, no tardaré nada," dijo mientras se giraba. El individuo era un auténtico armario ropero de 1,90 metros.
Él cogió una de las jarras de cerveza de un litro y se la rompió en la cabeza, dejándolo atontado. "No te levantes si sabes lo que te conviene," le dijo al oído.
El individuo trató de levantarse, pero él ya se había hecho con un taco de billar y se lo partió en la cabeza, dejándolo inconsciente.
Ella lo observó detenidamente mientras él se acercaba a la barra. Su mirada era intensa, casi hipnótica. Tenía unos ojos del color del cielo azul, profundos y enigmáticos. Su cuerpo era el de un atleta, musculoso y ágil. Era evidente que había pasado muchas horas en un gimnasio. Sin embargo, había algo más en él, una oscuridad que se adivinaba tras su apariencia de hombre fuerte. Ella sonrió, intrigada. Este encuentro prometía ser interesante.
M. D. Alvarez
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