A pesar de su apariencia temible, el hombre lobo de los pantanos tenía un profundo respeto por todas las criaturas que habitaban su territorio. Conocía cada rincón del pantano, cada sendero oculto entre los manglares y cada escondite de las criaturas más esquivas. Su aguda percepción le permitía detectar cualquier cambio en el ambiente, ya fuera el movimiento sigiloso de un caimán o el susurro de una serpiente deslizándose entre las hojas.
Una noche, mientras la luna llena se reflejaba en las aguas oscuras del pantano, el hombre lobo sintió una perturbación. Algo extraño estaba ocurriendo. Los animales estaban inquietos, y el aire parecía cargado de una energía desconocida. Decidió investigar, moviéndose con la agilidad y el sigilo que solo un ser de su naturaleza podía poseer.
Al llegar a una pequeña laguna rodeada de manglares, vio algo que nunca había visto antes: una figura humana, envuelta en una capa oscura, estaba de pie junto al agua. La figura parecía estar realizando algún tipo de ritual, murmurando palabras en un idioma antiguo y desconocido. El hombre lobo se acercó con cautela, sus sentidos en alerta máxima.
No hace falta que te ocultes, guardián —dijo la figura encapuchada, girándose hacia él. Su rostro, apenas imperceptible, era níveo; el reflejo de la luz de la luna sobre su nácarado rostro le hacía parecer una imagen espectral, casi fantasmagórica. Ella, con un gesto, le dijo que se aproximara. Lo que estaba haciendo en la laguna era un conjuro de limpieza.
Continuará...
M. D. Álvarez
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