Cuando se la encontró tirada en el salón del cuartel general, el corazón le dio un vuelco. Estaba amarilla; la cogió en brazos y la llevó al hospital, donde le dijeron que tenía una insuficiencia hepática y que, si no recibía un trasplante inmediatamente, moriría. Pero su grupo sanguíneo era de los más raros: era Rh nulo o sangre dorada.
—Pues están de suerte, yo soy un donante universal, puedo donarle parte de mi hígado —dijo él.
Se acercó a la cama donde ella dormía, le colocó el mechón de pelo y la besó tiernamente en los labios.
Le dijo: —Estaremos eternamente unidos.
Al concluir la operación, los pusieron a ambos en la misma habitación. Ella se despertó asustada; al verlo, se tranquilizó.
Sintió una punzada en el abdomen, recordó que estaba en el salón del cuartel general y un dolor espantoso la hizo perder el conocimiento. Él debió encontrarla y traerla al hospital, pero desconocía que tuviera el mismo grupo sanguíneo. ¿Él tenía su mismo grupo sanguíneo? Pensó para sí.
- Descansa o se te saltarán los puntos -dijo él, observándola con ternura desde su cama.
- ¿Somos compatibles? -quiso saber ella.
- Desconocía tu grupo sanguíneo hasta que me fijé en que eras Rh negativo; no había tiempo para despertarte y te doné parte de mi hígado. Deberías haberme dicho que estabas enferma -dijo él con melancolía.
- Si hubieras sabido que estaba enferma, ni te habrías acercado a mí -dijo ella.
- Ni mucho menos, te tendría en palmitas; hubiera cuidado de ti en todo momento -dijo él, incorporándose con cuidado. Se bajó de la cama y se acercó a ti.
- Descansa, todavía estás muy débil -dijo, sentándose en el sillón.
Se pasó tres días a su lado, cuidando de que no se moviera, y cuando tuvo permiso para caminar, la sacó cogida de su brazo.
Ella parecía radiante; espectacular a su lado, parecía incluso orgullosa y, a la vez, muy excitada. Lo amaba por todo lo que era y ahora sabía que sería el único que pondría su vida en juego por ella.
Se decidió que, en cuanto les dieran el alta, ella lo llevaría a su casa, donde desatará su pasión desbordante por él.
M. D. Álvarez
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