viernes, 21 de febrero de 2025

El parque 2da parte.

Él se quedó sin palabras, su mente viajando a aquellos días de infancia. Recordaba los juegos en el parque, las risas compartidas y los secretos susurrados bajo el viejo roble. 

—¿De verdad te acuerdas? —preguntó él, su voz apenas un susurro.

Ella asintió, sus ojos brillando con una mezcla de nostalgia y algo más profundo.

—Nunca te olvidé —dijo ella, tomando su mano—. Siempre supe que volveríamos a encontrarnos.

Él sintió una calidez recorrer su cuerpo, como si el tiempo no hubiera pasado. Se acercó un poco más, sus miradas entrelazadas.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó él, con una sonrisa tímida.

Ella sonrió, apretando su mano con suavidad.

—Vivamos el presente —respondió—. Y veamos a dónde nos lleva.

Pasaron unos minutos en silencio, disfrutando del helado y de la compañía mutua. El parque estaba tranquilo, con el sol de la tarde bañando todo con una luz dorada.

—¿Recuerdas cuando solíamos jugar a las escondidas aquí? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

Él asintió, riendo suavemente.

—Sí, y siempre te encontraba detrás del roble —dijo él, señalando el árbol que aún se erguía majestuoso en el centro del parque.

Ella sonrió, sus ojos llenos de recuerdos.

—Era mi escondite favorito —admitió—. Pero siempre sabías dónde buscar.

Él la miró, sintiendo una conexión profunda que nunca había desaparecido.

—Siempre supe dónde encontrarte —dijo él, su voz llena de sinceridad.

Ella se acercó un poco más, sus manos entrelazadas.

—Y ahora que nos hemos encontrado de nuevo, no pienso dejarte ir —dijo ella, su voz firme pero dulce.

Él sintió una oleada de emociones, su corazón latiendo con fuerza.

—Yo tampoco —respondió él, apretando su mano con suavidad.

Se quedaron así, disfrutando del momento, sabiendo que el destino los había reunido una vez más.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. La brisa fresca del atardecer les acariciaba el rostro mientras caminaban juntos por el parque, recordando viejos tiempos y compartiendo nuevas historias.

—¿Qué has estado haciendo todos estos años? —preguntó él, curioso por saber más sobre su vida.

Ella sonrió, mirando al horizonte.

—He viajado mucho —dijo—. He conocido lugares increíbles y personas maravillosas. Pero siempre sentí que me faltaba algo.

Él la miró, sintiendo una conexión aún más fuerte.

—¿Y qué era eso? —preguntó, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

Ella se detuvo y lo miró a los ojos.

—Tú —dijo simplemente—. Siempre supe que tenía que encontrarte de nuevo.

Él sintió una oleada de emociones, su corazón latiendo con fuerza.

—Yo también te he echado de menos —admitió—. Nunca dejé de pensar en ti.

Ella sonrió, sus ojos brillando con lágrimas de felicidad.

—Entonces, hagamos que este reencuentro valga la pena —dijo ella, tomando su mano con firmeza.

Él asintió, sintiendo una nueva esperanza y alegría en su corazón.

—Sí, hagámoslo —respondió él, decidido a no dejar escapar esta segunda oportunidad.

M. D. Álvarez 

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