Acercó delicadamente su enorme garra, y la dulce criaturita se trasladó a su gran garra. La observó con sorpresa y admiración.
Aquella preciosa mariposa no se asustó de su aspecto; parecía ver su noble corazón. Su naturaleza salvaje no le impedía admirar la belleza de la naturaleza.
Sus dominios estaban llenos de criaturas, pero solo aquella belleza se había atrevido a posarse en su ocio.
De aquí a un rato, que él estuvo absorto observándola, ella echó a volar y desapareció en la floresta. Él sabía que su belleza era efímera y merecía ser admirada.
Siguió haciendo su ronda por su reino, que ocupaba la totalidad del bosque. Quién sabe si volvería a cruzarse de nuevo con la bella mariposa; adoraba las tiernas criaturas de su magno reino..
M. D. Álvarez
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