Su madre, siempre alerta, descubrió que su pequeño no dormía y lo lamió con ternura inusitada, mientras el chiquitín manaba con satisfacción.
En aquel momento, era inmensamente feliz cuando su madre lo acicalaba con cariño.
Su padre desaparecía todas las noches y, a la mañana siguiente, volvía con ratoncitas que depositaba con ternura a los pies de su madre. Ella disfrutaba de las piezas que su macho le traía para alimentarla.
Hasta que un día no volvió y ella tuvo que aventurarse fuera de su madriguera para poder comer y así alimentar a sus pequeños, que fueron creciendo sanos y fuertes, incluso el más pequeño, que un día se decidió a salir con su madre a cazar.
Aprendiendo de ella, consiguió ser un gran cazador; él cuidaría de su madre ahora.
M. D. Álvarez
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