Ahora estaba solo en el mundo, sin nadie que controlara su mal carácter. Sus amigos lo miraban con recelo, preguntándose por qué no había llegado antes.
No sabían nada de su vida, se debía al bien común, aunque también se debía a ella y le había fallado. No se lo perdonaría jamás. Dedicaría lo que le quedara de vida a descubrir a los asesinos de su amada.
M. D. Álvarez
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