Su amor era resistente, no dejaría que aquella inmisericorde estrella la abrasara viva. Ella calmaría sus quemaduras y le daría fuerzas para continuar su periplo por aquel joven planeta. Un día, cuando él estaba al límite de sus fuerzas, encontraron una pequeña gruta.
Ella la inspeccionó y vio que era segura, luego lo ayudó a tenderse de espaldas para curar sus graves quemaduras que cubrían su ancha espalda. Ella estaba preocupada por su compañero, sin él estaba perdida. Los rayos de la joven estrella eran abrasadores de por sí, pero lo peor de todo era la radiación que iba minando la fortaleza de su compañero, al que adoraba y amaba.
En aquella cueva se obró un milagro: ella exploró la gruta mientras él se recuperaba, para saber si tenía otra salida, pero descubrió un mundo interior que les proporcionaría la seguridad y estabilidad que necesitaban. Ahora era ella quien lo guiaba a través de los recovecos y galerías.
M. D. Álvarez
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