domingo, 22 de diciembre de 2024

El unicornio y su dama.

Aquel precioso unicornio con crines doradas, cuerno nacarado y unos vividos ojos azules era un intrépido y valiente ejemplar.

Su naturaleza salvaje lo mantenía fuera del alcance de las miras telescópicas de los ávidos cazadores.

Hasta aquel día, en una pradera de verde hierba, oyó un dulce cantar que provenía de una bella doncella que, con meloso canto, lo atrajo hasta su regazo.

Él, mansamente, reclinó su majestuosa cabeza sobre el regazo de ella. Con mimo, ella acarició su cabeza y supo que sería suyo. Pero alguien se interpondría entre ellos: un sediento cazador le disparó, pero solo lo hirió.

El bello unicornio se alzó y huyó, aún con el corazón encogido por tener que dejar a su bella dama.

Ella le dijo, antes de huir, que lo buscaría aunque tuviera que ir hasta el mismo infierno. Él se internó en el bosque con la esperanza de volver a encontrarla.

El cazador se lanzó en su persecución, pero perdió su rastro al entrar en la espesura del bosque; aquel era el reino de aquel majestuoso unicornio que conocía los recovecos donde poder ocultarse cuando había pasado el peligro salió de su escondite y volvió a la pradera, pero ella ya no estaba.

Su dolor se atenazó drásticamente al descubrir una guirnalda de flores tirada en medio del prado. Relinchó por si ella estaba cerca, agudizó el oído por si oía su canto; ni una brizna se movió, ni las chicharras cantaban; el silencio era abrumador. 

Aunque a lo lejos escuchó aquel bello son que lo atraía de nuevo al bosque, al galope regresó a su reino y la encontró en el claro más bello de su reino.

"Te dije que te encontraría aunque tuviera que bajar al mismo infierno" —dijo ella, tendiéndole la mano. Él acercó su hocico y grabó su olor para siempre.

M. D. Álvarez 

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