lunes, 16 de diciembre de 2024

El periplo.

Los dos se alejaron en aquel inhóspito bosque. Él la llevaba sobre su espalda para que no sufriera las inclemencias del lugar. Encontró un claro donde podían acampar, encendió una fogata y se dispuso a ir de caza. A la media hora, volvió con un jabalí de 150 kilos sobre sus hombros. 

Lo despellejó y troceó, ensartó una buena porción de carne y la puso al fuego. Cuando estaba en su punto, se la ofreció a ella, que, con mirada de aceptación, la tomó y comió. Con él no tenía de qué preocuparse; cuidaría de ella mientras durara aquella prueba. 

Calentó piedras planas al fuego y, cuando estaban templadas, preparó un lecho donde ella podría dormir plácidamente y cálidamente. A medianoche, ella se levantó y fue a buscarlo. Él estaba haciendo guardia y la oyó llegar. Le tendió la mano para ayudarla a subir a su atalaya. 

—¿No puedes dormir? —le preguntó él. 

—No, sin ti —se recostó a su lado. A la mañana siguiente, ella había ido a recoger frutos silvestres mientras él descansaba.. 
Se acercó a su lado y lo besó dulcemente para que despertara. Debían continuar su camino. Él la llevó sobre su espalda, junto con las provisiones necesarias para alcanzar el siguiente punto.

Tocaba ascender al pico más inexpugnable de aquella maldita cordillera. Él cargó sobre sus espaldas las suficientes provisiones y la subió a ella con mimo y cuidado. Llevaba ascendiendo dos horas cuando llegó a un gran saliente donde poder montar un vivac y pasar la noche. Durmieron abrazados; él la protegía del frío con su cuerpo. 

Al día siguiente tocarían la cumbre adjudicada, descansaría y disfrutaría de las extraordinarias vistas de la cordillera más aterradora de todas; seguidamente, comenzarían el descenso hasta un collado donde debían esperar el siguiente itinerario.

Tras recibir la siguiente ubicación, descendieron por cañadas cortantes, desfiladeros angostos y simas abismales. Él seguía transportando sobre su espalda, con mimo y ternura; cuidaba de ella y no permitiría que sus dulces pies se hirieran con la aridez de la naturaleza. Por fin, llegaron al emplazamiento fijado: era una maravillosa bahía de aguas prístinas, donde él le ofreció un cuenco de agua de las cristalinas aguas de un manso riachuelo que desembocaba en la ensenada.

Ella apuró el cuenco que él le había ofrecido y lo llenó para él, que lo tomó con cariño de sus manos. Después, se encargó de encender una fogata y asar los últimos trozos de jabalí que les quedaban.

 Cuando terminaron de cenar, le dijo: "Permanece cerca del fuego, voy a cazar. No tardaré mucho", dijo al ver la cara de preocupación de ella. 

Tardó tres horas, pero volvió con dos piezas: un ciervo de doce puntas y un gigantesco oso pardo. Él estaba herido, pero le quitó importancia diciendo: "No iba a dejar que me quitara la pieza". El enorme oso pardo lo había herido con sus gigantescas garras en la espalda y destrozado gran parte de su musculatura.. 

Ella fue a buscar hierbas medicinales, encontró cola de caballo en la ribera del regato, preparó un emplasto para evitar que su compañero sufriera una septicemia. Mientras ella preparaba el ungüento, él despellejaba al oso y ponía a secar la piel para hacer una manta calentita para la mujer de su vida; mientras tanto, el fuego era su aliado. 

—Ven aquí —le apremió ella.  
Él fue sumiso y dócil hacia donde ella se encontraba.  
—Siéntate —dijo seriamente.  
Él obedeció.  
—Y ahora no te muevas —dijo mientras colocaba una gran hoja de nenúfar con el embrocado sobre las heridas de su espalda, y para que no se moviera, lo vendó.  
Él se estremeció al notar sus cálidas manos sobre su cuello.
Estás muy tenso, ahora déjame cuidar de ti —dijo ella con tono de preocupación. Él aceptó, pero no iba a permitir que nada dañara su cálido y dulce cuerpo. 

A la semana, su espalda y hombro estaban casi curados y comenzó a construir una preciosa cabaña. Lo habían decidido: se quedarían en aquella ubicación. Ella estaba de acuerdo; mientras ella recogía frutos silvestres, él talaba grandes árboles y los transportaba sobre sus hombros. Tardó dos meses, pero al final terminó y se fue a buscarla. La encontró recogiendo bayas silvestres, le tapó los ojos y le dijo: "Acompáñame". La llevó con cuidado y cariño; al llegar, le mostró la cabaña más hermosa del mundo.

-¿Te gusta? —preguntó él.  
—Es preciosa, mi vida —le dijo, girándose, y le besó con ternura.  

Pero no solo había construido la cabaña, sino que la había dotado de todo lujo de detalles, enseres y muebles.  Sobre la cama estaba la gigantesca piel de oso pardo.  

—Ahora tú eres la reina y dueña de mi destino —dijo él, sumiso.  

Por la noche, después de cenar, él permanecía fuera.  

Ella lo llamó y le dijo:  —Sabes que no puedo dormir sin ti.  

Lo amaba y él también la quería; los dos sucumbieron a la pasión y a la ternura. Bajo aquella manta me concibieron a mí, uno de los últimos hijos de Europa, amada por un bello toro. 

Nuestro mundo, antaño viejo continente, se hallaba sumido en la oscuridad y tan solo el valor de mi padre y el amor de mi madre eran el último resquicio de esperanza.  

M. D. Álvarez

No hay comentarios:

Publicar un comentario